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Tres sombreros de copa

No se puede, en un comentario tan breve, hacer justicia a la densidad que Miguel Mihura cocina en su magistral Tres sombreros de copa. Aquí me limitaré a apuntar mis impresiones sobre el que me parece el tema de fondo de la obra: la precaria libertad, y probable capitulación, del individuo frente a las reglas sociales. Tratado, eso sí, con aquella mezcla de ingenio y ternura, de humor corrosivo y trágico, que caracterizaba al autor. La obra discurre con fluidez e intensidad, entretiene y agita, no hay risa que no duela, y es así como el drama de la vida se resuelve en comedia. O al revés. Pero, antes de entrar en materia y para situar al lector, empezaré por esbozar las líneas maestras del argumento.


Dionisio es un pobretón pusilánime que aprovechará la típica oportunidad de casarse con una muchacha rica. Está pasando la noche anterior a su boda en un hotel de tercera. Todo queda bien compuesto y ordenado en su destino cuando se va a dormir, pero de pronto se cuela en su habitación Paula, una bailarina de vida ligera. Luego sabremos que la entrada no ha sido inocente, sino parte de una comedia habitual para vaciar la cartera a los huéspedes solitarios. Tras ella irán entrando todos los componentes de la compañía, a cual más extravagante, que se amontonarán en la habitación de Dionisio como la marejada de un mundo exótico, pero que le atrae desde el principio y le enfrenta a las imposturas del suyo. Intrigado, ignora las insistentes llamadas telefónicas de su novia. 
Paula, por su parte, es en el fondo tierna e ingenua. Prendada de la mojigatería de Dionisio, tan ajena al turbio ambiente en el que vive atrapada, se resiste a timarle. Él, por su parte, le oculta que está a punto de casarse, seducido por la autenticidad y la libertad que jamás ha conocido en su estrecho mundo convencional. Ambos huérfanos, ambos rehenes de las vidas que se les han impuesto, vislumbran el uno en el otro la oportunidad de lo que les falta. Paula sueña con un hombre afectuoso con quien pasear y comer cangrejos. Dionisio, poco a poco, se contagia con esas promesas de dulzura. Se besan. 

Ese beso marca el punto álgido del hechizo, y el comienzo de su final. De repente irrumpen emisarios de esos mundos que estaban a punto de traicionar. Buby, el «empresario» y amo de Paula, corta por lo sano sus fantasías propinándole un golpe furtivo en la cabeza. Dionisio teme que esté muerta. Suena el teléfono: es su novia, que le avisa que estaban preocupados y que su padre ha ido a ver qué pasaba. Don Sacramento, en efecto, toca a la puerta y Dionisio, desorientado de terror, no tiene otra ocurrencia que ocultar el cuerpo inane de Paula. 
La conversación entre Don Sacramento y el novio es una brillante y mordaz crítica a la hipocresía burguesa; merecería un análisis que no le podremos dedicar aquí. Nos asomaremos, en cambio, tras el biombo, para descubrir que Paula ha escuchado la conversación y ahora sabe la verdad. «¡Te casas, Dionisio!», repite como para sí cuando se quedan solos: es la rúbrica de que, al final, la cruda realidad se impone. 
En un último, patético amago de audacia, Dionisio insiste en no casarse. Pero ella, más perspicaz, comprende ya que esa promesa jamás fue posible; que entre sus vidas se interpone un abismo insalvable, y que si han alimentado la ilusión de coincidir por una noche ha sido, únicamente, por un fatal malentendido, una penosa farsa. Se acerca la hora de acudir a la boda, y Paula ayuda a Dionisio a vestirse. Procura animarlo mientras él lloriquea, y al final le regala su sombrero de función, al comprobar que los de él yacen rotos por el suelo. Y con ese sombrero, que simboliza dramáticamente su condición de pelele, saldrá Dionisio por la puerta, arrastrado por el dueño del hotel, sin atreverse siquiera a despedirse de ella. 
Atención a la última escena. Paula se queda sola. Lanza un último adiós desde la ventana. Luego recoge los tres sombreros rotos. Concluye Mihura: Y, de pronto, cuando parece que se va a poner sentimental, tira los sombreros al aire y lanza el alegre grito de la pista: ¡Hoop! Sonríe, saluda y cae el TELÓN. 

Conmocionado, uno no sabe qué hacer con ese final. Todo el sentido de la obra se resume en ese último gesto, el cáustico guiño del autor. En el mismo punto donde acaba una farándula, empieza otra: la de la vida de cada espectador, de cada uno de nosotros. Porque, aunque procuremos olvidarlo, todos somos actores en una tragicomedia que nos han escrito, y vivimos tan prisioneros de ella como esas sombras chinescas que hemos visto deambular por el escenario. La vida sigue: apechugue cada cual con la suya, tal como la ha elegido, o tal como le ha venido dada, porque ¿cuánto nos pertenece en nuestras elecciones? 
Esta magnífica obra habría hecho las delicias del sociólogo Erving Goffman, que se dedicó a estudiar los comportamientos de la gente como si se trataran de una obra de teatro, revelándonos hasta qué punto nuestra vida en sociedad viene regida por guiones establecidos y roles estereotipados. Tal vez sin esa convención nuestro intercambio social resultaría mucho más arduo, si no imposible. La cultura nos imbuye un conjunto de papeles, significados y argumentos compartidos, y debemos respetarlos si queremos resultar descifrables, o al menos aceptables, para nuestros congéneres. Los actos en sociedad son performances, desempeños, con una fachada y un libreto cuya función es influir, según sean nuestras intenciones, en los demás, en ese público o audiencia al que van dirigidas las representaciones. Que una comedia sea eficaz para sus fines dependerá, en buena parte, de la fidelidad a los guiones predeterminados que le correspondan. He aquí cómo el teatro se convierte en metáfora de la vida real, abriendo una puerta entre ambos escenarios que es la misma que Mihura parece dejarnos inquietantemente abierta al final de sus Tres sombreros de copa
Al hilo de la perspectiva de Goffman, lo que creo que Mihura quiere enfatizar, o quizá lo que a mí más me perturba, es cómo ese gran teatro del mundo nos atrapa en sus papeles, hasta qué punto lo que creemos que somos en realidad resulta ser, mayoritariamente, algo impuesto y estereotipado. Algo, y he aquí lo más abrumador, de lo que difícilmente podemos escapar, en parte porque nos retiene, pero también, a menudo, porque ya constituye nuestra identidad, porque fuera de ello tampoco sabríamos entendernos. 
Paula y Dionisio se atreven a soñarse libres, capaces de adentrarse en una vida distinta a la que han habitado hasta ahora, un nuevo guion con la alegría que les falta en su monótona realidad. Sin embargo, escabullirse no es tan fácil, y ahí están Buby o Don Sacramento para echarles la red cuando se alejan demasiado. 

La más intrépida, qué duda cabe, es Paula, quien, con su olfato bien afinado por la vida mundana, detecta desde el principio que se halla ante un hombre distinto, un hombre tan mediocre que podría salvarla de ese destino aventurero tan expuesto, tan desabrigado, tan esclavo de los odiosos señores ricos con los que se ve obligada a flirtear. No en vano le pide a Dionisio que la abrace, que la bese, que la lleve, como si fuera una niña, a pasear junto al mar y a hacer castillos en la arena. «Es preciso que nosotros seamos buenos amigos... ¡Si supiese usted lo contenta que estoy desde que le conozco...! Me encontraba tan sola...¡Usted no es como los demás! Yo, con los demás, a veces tengo miedo. Con usted, no.» 
Dionisio se resiste, por timorato, pero también porque sabe que al día siguiente le esperan en la capilla, se enfrenta a un código que no comprende y le obliga a afrontar riesgos: «¡Yo tengo mucho miedo, señorita!», se lamenta frente a los elogios seductores de ella. La borrachera, por un momento, le da alas: «¡Pero soy feliz! ¡Yo nunca he sido tan feliz...! Yo soy el caballo blanco del gran Circo Principal!» Pero se debe al argumento prescrito, la oportunidad acariciada durante años, el mandato de la sensatez, y recula de nuevo y sale huyendo: «Yo no la conozco a usted... Yo no conozco a nadie... ¡Adiós, buenas noches!» Paula, por fin, consigue embelesarle con sus dulzuras de amistad adolescente y baños en la playa, y se rinde a ella en el beso que precede al desastre. 
Conste que no habían faltado avisos por parte del ladino Buby, que le insistía a la muchacha en que ese amor no era para ella, que entre ambos mundos se interponía un muro infranqueable. «¡Ay, mi Paula...! —le avisa con cinismo, pero también con un dejo de pena—. Los caballeros os quieren a vosotras, pero se casan con las demás...» El curtido truhán la acuchilla con palabras de hierro. Las cartas quedaron echadas mucho antes, ella no está hecha de esa madera, su condición social se lo impide: «A alguna cosa se tienen que dedicar las bonitas muchachas soñadoras cuando no quieren pasarse la vida en el taller, o en la fábrica, o en el almacén de ropas… Sería triste que te enamorases de él. Las muchachas como vosotras no deben enamorarse de aquellos hombres que no regalan joyas ni bonitas pulseras para los brazos... Perderás el tiempo». Y la propia Paula lo suscribe en algún momento de resignación, entre sueño y sueño, cuando reconoce que «hay que vivir con la gente, porque si no una no podría beber nunca champaña, ni llevar lindas pulseras en los brazos…» 
Y el lúgubre Don Sacramento, por su parte, se nos presenta, más que como un futuro suegro, como un acreedor que viene a recordar a Dionisio, por si no le han quedado claros, los compromisos que deberá cumplir si quiere ser aceptado en su casta de las «personas decentes», que se retratan con uniforme y cuelgan cuadros de niños de primera comunión, y desayunan huevos fritos aunque no les gusten. 

Dionisio es tan apocado que no se plantea en serio escapar con Paula hasta que esta, enterada de sus planes, ya se va haciendo a la idea de renunciar a él. «Ahora veo que en mi novia no está la alegría que yo buscaba… Yo no sabía tampoco que había mujeres como tú, que al hablarnos no les palpita el corazón, pero les palpitan los labios en un constante sonreír... Yo no sabía nada de nada. Yo sólo sabía pasear silbando junto al quiosco de la música... Yo me casaba porque todos se casan siempre a los veintisiete años… Pero ya no me caso, Paula... ¡Yo no puedo tomar huevos fritos a las seis y media de la mañana...!» 
Demasiado tarde. Paula ya ha abierto los ojos, ya ha comprendido que a veces el destino nos sorbe como una aspiradora, y no hay manera de escapar de él, porque tampoco podemos escapar de nosotros mismos. Y de nada sirve que ahora sea él el que sueña, el que propone viajes increíbles y huidas maravillosas. Al final, pobre, hay que decírselo crudamente, y quizá sean las dos líneas más sombrías de la obra: 

«DIONISIO. (Triste.) Entonces es que tú no quieres venir conmigo. PAULA. No. Realmente yo no quisiera irme contigo, Dionisio...» 

Será entonces el desolador momento de adecentarlo, y vestirlo, y ponerle un sombrero de copa, aunque sea ridículo, bien compuesto para la inmolación. Y decirle adiós por la ventana mientras él se deja arrastrar…, porque nadie dudaba, y menos Paula, que se dejaría arrastrar. Dionisio, qué le vamos a hacer, no es precisamente un héroe, como no lo somos, admitámoslo, la mayoría de los que asistimos a su capitulación, que tantas veces habrá sido y será la nuestra. 
Pero la vida sigue, señores, el espectáculo continúa: esa vida que tira de nosotros, ese espectáculo en el que nos toca representar un sino que, en buena parte y casi siempre, nos encontramos grabado en piedra como una ley antigua, y del que los frágiles sueños no van a rescatarnos. 
¿O sí?

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