Uno de los principales méritos de Freud fue asomarnos a nuestras vastedades interiores. Un cenagal que, a diferencia del mundo que nos rodea, está poblado de instancias imaginarias (personajes, estampas) cargadas de emoción. Grumos de la actividad neuronal a menudo inconscientes, lo cual les confiere aún mayor fuerza y dramatismo. Pero el verdadero drama es este: vivimos a un tiempo en la realidad palpable, que percibimos y manipulamos, que conocemos y explicamos, y en esa dimensión paralela donde se libran misteriosos procesos y enconadas batallas al margen de nuestra voluntad; la una influye en la otra, existe un comercio entre ambas, pero —he aquí el drama— la dimensión oculta es la que manda.
Es en las profundas cavernas de nuestra psique, sumidas en la oscuridad, donde se escriben las claves de nuestra conducta y los hilos maestros de nuestro destino. La identidad, la voluntad, el sacrosanto sujeto cartesiano, consciente y dueño de sí mismo, se disipan, según sostiene este paradigma, tras la indescifrable niebla de lo irracional. Todo lo más, se les concede que sean la punta de un iceberg donde lo decisivo yace bajo la superficie. Pueden intentar influir en lo profundo, pero más bien suele suceder al revés.
Bien mirada, esta nueva vuelta de tuerca al sujeto no debería sobresaltarnos. En el fondo, el ser humano está acostumbrado a no ser dueño de sí mismo. Por supuesto, desde el punto de vista de la conciencia y la voluntad, nos resulta muy inquietante aceptar que tenemos tan poco margen de control. La libertad, que tanto nos asusta, también es nuestra esperanza, y no nos hace ninguna gracia verla tan mermada. Intentamos reafirmarnos en ella, darle forma en proyectos, tomar decisiones, hacer cualquier cosa deliberada —incluso equivocarnos— para sentirla.
Y, sin embargo, a cada instante nos topamos con nuestros límites. El principal es de tipo práctico: la libertad cansa; sopesar y decidir llena de inquietud; a veces recurrimos a determinismos como refugio: es lo que Adler, desafiando a Freud, nos negaba, y más tarde Sartre nos reprochaba: «Todo hombre que se refugia detrás de la excusa de sus pasiones, todo hombre que inventa un determinismo, es un hombre de mala fe». Amamos la libertad, pero solo cuando nos apetece: no la queremos como condena. Así que damos la bienvenida a todo aquello que se nos impone y nos alivia, aunque solo sea un poco, de la responsabilidad. El violento puede aducir que lo presionaron demasiado; el fracasado puede lamentarse de que se lo pusieron tan difícil que nadie, ni siquiera él, podría haber salido airoso; el pesimista puede recluirse en la impotencia, encogiéndose de hombros, y dar por imposible toda iniciativa bajo el argumento de que está enfermo. Siempre podremos echarles la culpa a fuerzas que nos sobrepasan: los dioses, los genes, una infancia infeliz, una arquitectura mental defectuosa o un mundo demasiado complejo.
Por debajo de estas razones alienta una convicción de tipo existencial: somos lo que somos, lo que hemos sido hechos, y no tenemos otra materia prima, no disponemos de otra base sobre la que cimentarnos ni otro territorio por el que viajar. Por lejos que intentemos ir, jamás podremos salir de las fronteras de nuestra naturaleza. Podemos, hasta cierto punto, negociar con nuestros deseos, consentirlos o resistirnos a ellos, pero nunca podremos hacerlo más que desde ese que desea, ese que elige, ese que lucha: ese que somos y que, sin embargo, no nos es dado conformar ni transformar. A menudo replicamos a Sartre: podemos elegir, pero no podemos elegir al que elige. La mala fe también podría ser un determinismo, y entonces no seríamos, al menos del todo, responsables de ella.
Esto nos lleva de vuelta a lo que Freud defendía: que somos vasallos de fuerzas ajenas a nuestra voluntad. Adler lo negaba rotundamente: solo hay circunstancias, características del material psíquico con el que trabajamos; pero, al final, todo depende de qué decidamos hacer con él. Para Freud, en cambio, la neurosis es un desarreglo, una ruptura de esa homeostasis o equilibrio al que estamos programados para intentar volver cuando el mundo constriñe o niega la satisfacción de nuestras pulsiones. La fuerza instintiva pugna por emerger y realizar sus objetivos, el entorno le pone cortapisas, y la psique se esfuerza por pergeñar una manera de sufrir menos, aunque sea imaginaria y en el fondo con-traproducente, aunque consista en otro sufrimiento tal vez mayor. Ello, Superyó, Yo.
En medio de ese torbellino permanente, la cuestión es salir del paso, encontrar un camino, por pedregoso y laberíntico que resulte. El neurótico, al menos, tiene una tarea, se siente en lucha, sucumbe con sentido. La filosofía de Nietzsche tiene mucho de esta idea del hombre como campo de batalla de fuerzas que le exceden: el superhombre sería aquel que se asume en todo ese misterio, en toda esa vorágine incontrolable, y la lleva hasta sus últimas consecuencias, incluido el dolor, incluida la autodestrucción. El único destino digno del hombre, para el filósofo de Zaratustra, es cumplirse a sí mismo sin preguntas, sin reticencias, dispuesto a lo que ello implique. No porque el hombre esté prisionero de esas fuerzas que le superan, sino porque es él mismo esas fuerzas, porque fuera de ellas no hay nada valioso ni auténtico. Nietzsche, profundamente neurótico, dignificaría probablemente la neurosis, no como una tara, sino como una de las versiones de la vida encarnada en cada individuo.
Frente a Freud, el principal mérito de Adler es que vindica el hecho de que la vida del individuo se despliega a partir no de fuerzas ciegas e inconscientes, sino de sus ideas y elecciones. «La conducta nace de la opinión», afirma, desde una postura muy propia de los estoicos, y hace suya una vieja divisa de Epicteto: «Lo que en nosotros influye no son los ‘hechos concretos’, sino tan solo nuestra opinión sobre ellos». El hombre, en efecto, parte de la impotencia (él lo llama complejo de inferioridad), y a partir de ahí tiene la oportunidad de elevarse hacia la realización.
La vida humana, entonces, se va construyendo desde la infancia, usando el material que nos aportan el cuerpo y la cultura, sí, pero manejándolo según las propias decisiones: de lo más o menos acertado de esas elecciones depende la felicidad de cada cual. La neurosis sería el resultado de elecciones muy poco afortunadas, particularmente en lo que atañe a su lugar en la sociedad y al modo de arreglárselas en esta. Se trata, pues, de identificar esos errores y rectificar, escoger otro «estilo de vida». La supuesta homeostasis de Freud no existe, no hay un equilibrio ideal y definitivo hacia el cual tender, la vida está llena de problemas y tensiones y no tenemos más remedio que ir capeándolos, sustituyendo unas situaciones de desequilibrio por otras; en lugar de homeostasis, el proceso psíquico responde más bien a una alostasis.
¿Cuál de las dos posturas —que, por otra parte, se mantienen en conflicto a lo largo de todo el siglo XX sin alcanzar una conclusión definitiva— tiene razón? ¿Determinismo o libertad? ¿Automatismo o responsabilidad? ¿Homeostasis o alostasis? Al depresivo que se rindió le iría bien que le recordaran que no está condenado por su enfermedad, que puede poner en marcha su criterio y su voluntad. Sin embargo, el depresivo contestará que ya le gustaría, pero no tiene fuerzas para hacerlo: las pierde constantemente en unas luchas internas que no controla y no puede evitar.
Es probable que nunca podamos dar una respuesta definitiva al dilema. Las fuerzas que nos impulsan ciegamente son un hecho, como los son los límites de nuestra voluntad; existen las pulsiones, existe el inconsciente; pero nuestra capacidad para afrontarlos con decisión y sentido común también es un hecho. Generalmente nos movemos entre los dos polos, la voluntad y los condicionamientos, trampeando entre ellos lo mejor que sabemos. Hay quien sale más o menos airoso y se las arregla bien con la vida. Y hay quien, por vulnerabilidad estructural o falta de destreza, por convicciones erróneas o miedo o pereza ante el cambio, se entrampa en rutas circulares, callejones sin salida, ciénagas de sufrimiento. Creo que entre estos nos contamos la mayoría: somos los neuróticos.
La neurosis parece perfilarse como una mala solución a un problema importante, un problema que no podemos soslayar y ante el que debemos responder; la urgencia, la falta de información, la confusión, las heridas, nuestra propia torpeza, hacen que elijamos mal. O, más bien, que elijamos lo que podemos o sabemos, teniendo en cuenta aquello de lo que disponemos. De hecho, la neurosis es una solución creativa, incluso poética, a un estado de cosas que no sabemos organizar mejor; es un intento de poner orden en el desorden. A su manera, tal vez acierte, tal vez sin ella todo podría ser peor. El neurótico inventa una pequeña locura para evitar, quizá, una locura catastrófica. Pergeña una estructura provisional, defectuosa, pero que al menos es una estructura. ¡Cuidado con salvarlo, si no se le puede ofrecer nada mejor! Es lógico que se resista a cambiar: en su sufrimiento neurótico encuentra una seguridad, dolorosa pero llevadera. Se aferrará a ella mientras no comprenda, y sobre todo sienta, que fuera de sus bucles no le espera el vacío y el caos, sino un orden mucho más favorable.
La neurosis, proceda de fuerzas indómitas o de elecciones erróneas, es lo único que tiene el neurótico. Llenará su vida de sufrimientos innecesarios que lo distraen de otros sufrimientos reales. Probablemente los primeros acaban por ser peores, pues son artificiosos, y la imaginación no tiene límites. La realidad, como decía Nietzsche, o nos mata o nos hace más fuertes; además, esa temida realidad suele ser mucho menos terrible de lo que la presienten los temores del que la elude: pocas cosas nos matan, tanto en sentido literal como figurado. El sufrimiento real puede terminar (terminará, como poco, en la muerte): el sufrimiento neurótico, en cambio, se realimenta constantemente, se rige por el principio de más de lo mismo y entra en bucle, hasta convertirse en una entidad que nos arrasa, y contra la que poco puede nuestra voluntad.
¿Atrapados, pues? Siempre nos queda la esperanza del cansancio: a veces, uno se harta de sus entuertos. Tal vez por desesperación, tal vez en un momento de ánimo o en un arrebato de la voluntad que se rebela. Entonces uno abre los ojos y, aun abrumado de miedo, manda las viejas malas soluciones a hacer puñetas. Se atreve a contravenirlas y a inventar otras nuevas. Y si no lo consigue, si le faltan fuerzas o convicción, si se considera demasiado deteriorado, al menos acepta, mira la realidad a la cara y sigue adelante, siquiera sea renqueando, aunque le cueste sudor y lágrimas, aunque implique perder viejos sueños o íntimos enemigos.
Tal vez, en el fondo, se trate de ser capaces de aquello que decía el maestro zen Deshimaru: «Sigo siendo neurótico, pero ya no me importa».

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