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Dependencia de ruta

Los humanos tenemos propensión a transitar por donde ya lo han hecho otros, y así es como hemos llenado la faz del mundo de caminos: superponiendo pasos y huellas. En nuestros trasiegos, lo que ya ha sucedido no solo tiene más probabilidades de volver a suceder, sino que de algún modo tira para hacerlo.


Reiteración y consistencia: lo hecho se convierte en precedente. En el caso de los triunfos, un logro abre paso al siguiente, y este a otro, hasta que la reincidencia rotura un camino bien marcado sobre la faz del mundo, y entonces ya casi se sigue solo, por la gravedad de lo fácil y la pura inercia de la rutina. La rutina es el triunfo del buen hábito; y de todo lo bueno, que es hábito en definitiva. Lamentablemente, la misma tendencia afecta a lo malo, que también nos atrapa en sus círculos viciosos. Por eso cambiar es tan difícil. 

La fuerza del hábito constituye un fenómeno prodigioso, la piedra filosofal que crea la cualidad a partir de la cantidad e instaura tendencias a partir del mero hacer. Los economistas lo han llamado dependencia de ruta. «La retroalimentación positiva —escribe R. González— se relaciona con esta y consiste en que cuando la base de usuarios instalada crece, más y más usuarios encuentran que vale la pena adoptar el producto. Eventualmente el producto alcanza la masa crítica y se inicia una escalada ascendente… Una vez un producto ha alcanzado una base de consumidores suficientemente grande o masa crítica, el mercado se construye a sí mismo en forma dinámica, entrando en un círculo virtuoso, también denominado mecanismo de auto reforzamiento y retroalimentación». La cita vale su amplitud. 
Masa crítica, pues, pero no necesariamente empírica: sobre todo psicológica. Porque esos círculos, virtuosos o viciosos, no se construyen solo con los hechos: la mera expectativa ya hace que algo cobre fuerza. Lo que ha sucedido una vez se inviste de probabilidades de volver a suceder, es algo que cabe esperar, detenta la contundencia incuestionable de estar ya impreso en el mundo. Nuestra naturaleza responde a esa ley con las tendencias a consolidarse uno mismo y a imitar a los otros. 

Cada cual se repite, o al menos procura confirmarse, oponiendo a la incertidumbre una apuesta por la consistencia ontológica del propio yo. La identidad implica precisamente eso: reafirmar tenazmente un parecido con uno mismo que nos defina como individuos. De ese impulso emanan pautas como la disonancia cognitiva y emocional: ansiamos sentirnos coherentes en nuestros actos, y por eso cada nuevo gesto nace con la voluntad de confirmar los anteriores. Los precedentes nos inspiran la seguridad de lo establecido (aquello de «más vale malo conocido que bueno por conocer»). 
 La imitación, por su parte, emana de nuestra condición social, y sostiene todos los usos compartidos, desde las modas hasta las tradiciones. Si lo hace todo el mundo, será verdad, o, mejor, será lo más seguro; la equivocación en masa reparte la responsabilidad, y en cierto modo la diluye: en cambio, el acierto solitario está expuesto al castigo, a la envidia, y en definitiva al descrédito en caso de acabar fracasando. La tribu presiona sobre el individuo para apuntalar su cohesión, y por eso nos sentimos más seguros haciendo lo que vemos, evitando los riesgos de la discrepancia. En los artistas, en los rebeldes, en los exploradores, admiramos el genio que les hace abrir nuevos senderos, pero también nos incomoda su nota disonante; sobre todo nos asombra su osadía para desmarcarse de la firmeza de lo establecido, que siempre cuestiona al heterodoxo y a veces lo hace sucumbir. 

Esta ley de inercia de lo implantado, esta dependencia de ruta marca todas las facetas de nuestra vida. Nos apelotonamos en todos los ámbitos, reacios a la novedad, que se nos aparece llena de amenazas, que solemos penalizar de un modo u otro, consagrando el rebaño. Lo nuevo tiene éxito mientras no sea demasiado nuevo; o más bien demasiado distinto: el aspecto, aquí, juega el papel principal; cuenta más lo que parece que lo que es. Inseguros o interesados, todos tenemos tendencia a ser más bien conservadores. 
Pero, manejada con inteligencia, esta prevalencia de lo mismo puede servirnos para sacar partido de lo establecido. Empezar es lo más difícil: luego, la inercia jugará a nuestro favor. Tal vez el mejor camino para sentirse valioso o feliz sea suponer que uno lo es: una cosa reforzará la otra. Los actos realizan las ideas, y las ideas se consolidan en los actos. Profecía autocumplida, círculo virtuoso entre la mente y el mundo que tiende a hacernos mejores solo por el hecho de creerlo: «Un producto que se espera llegue a ser el estándar probablemente lo sea… el feedback positivo hace que el fuerte crezca en forma más rápida y el débil lo haga más lentamente, entrando este último en un círculo vicioso hasta que su segmento de mercado se hace marginal». 
Mira por dónde los conceptos de la economía nos aportan elementos para ser más diestros administrando el capital en esa feria abigarrada, tumultuosa, que es la vida.

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