La confianza implica la expectativa de que el otro se comportará como amigo o, al menos, no se conducirá con nosotros como enemigo. Proyecta en la otredad una dimensión benévola, prolongándola como presunción al futuro, es decir, atribuyéndole una condición estable. Esta idea de estabilidad es crucial, ya que nos permite contar con una cierta previsibilidad tranquilizadora en el inquietante caos del mundo. Y es, a la vez, lo que hace la confianza problemática, tanto para el que confía como para el que es investido de esa cualidad.
Por parte del primero, la confianza implica una apuesta, una entrega a cierto grado de probabilidad que, sin embargo, no conlleva garantía. Es, por tanto, una decisión íntima basada en la imaginación. Conlleva el riesgo de verse defraudada; más que riesgo: una alta probabilidad, puesto que la naturaleza humana es inconsistente y volátil. Sin embargo, la necesitamos: no podemos vivir en una perpetua prevención. Y por eso no dejamos de persistir en ella, aun viéndola decepcionada una y otra vez, aun sabiendo que la realidad es demasiado compleja para reducirla a una ingenua simplificación.
El hecho de que necesitemos confiar no significa que lo hagamos con cualquiera. Eso sería estupidez. Forma parte de la confianza el aplicarse de forma selectiva, escoger entre la multitud de candidatos con los que nos relacionamos. Solo algunos de ellos nos parecerán merecedores de esa apuesta por su bondad. En esto discurre paralela al amor, de hecho cabría considerarla una modalidad de amor, y desde luego no hay amor sin confianza.
Decimos, pues, que no se adjudica al azar: reclama la superación de algunas pruebas que, en buena parte, son meramente simbólicas, ya que su núcleo es el afecto; confiamos en quien nos cae bien, o sea, en quien nos apetece confiar. Desde el afecto se proyecta en el otro una suposición de dignidad, de consistencia y, sobre todo, de reciprocidad: syn, convergencia, pathéia, afección; la con-fianza implica una simpatía recíproca. Esta confluencia entre afecto (amor) y confianza resulta clave para comprenderla en sus abundantes contradicciones: su irracionalidad surge de ese carácter básicamente emocional.
Desde este punto de vista, las pruebas, por más que suelan solicitarse, parecen secundarias; más bien una justificación de la predisposición emocional. Más tarde, cuando la decepción la socave y termine por disolverla, aquellas pruebas iniciales nos parecerán repentinamente triviales y engañosas, y quizá sirvan, dándoles la vuelta, para justificar la actitud contraria, la desconfianza. En realidad, el que ha virado es el afecto: cuando ya no amamos como antes, tampoco podemos confiar. Afectos y razones, en fin, se entrelazan siempre en una trama llena de ambigüedades y devaneos: «Ya no te quiero, es cierto; pero tal vez te quiero»: ya no confío, pero tal vez siempre desconfié.
Para el individuo investido con la confianza del otro, esta es problemática porque conlleva el requerimiento de estar a la altura de ella. Cuestionando a un viejo amigo sus motivaciones para apreciarme en la infancia, me replicó: «Me pareciste una persona ética». Desde su perspectiva infantil, encontró signos que inspiraban confianza. Su afirmación me hizo sentir orgulloso, pero también percibí en ella el peso de ser juzgado y de tener que mantenerme a la altura de unos criterios que, en definitiva, serían siempre suyos.
Los avatares de la vida acabaron por alejarnos, lo cual me hizo plantearme que, en algún punto, es probable que mi amigo dejara de considerarme merecedor de su amistad. Con la pérdida de su afecto sentí, pues, cuestionada mi dignidad y mi valía: probablemente, yo no era mucho más «ético» que el resto. Ese descubrimiento, como todos los que nos enseñan la simpleza y limitación de nuestra naturaleza humana, tiene siempre algo de duelo por la pérdida de una parcela más de nuestra omnipotencia originaria: necesario, pero triste.
De todos modos, el momento clave en que chocan confianza y ética es aquel en el que quien es objeto de confianza se ve en la tesitura de traicionarla por propio interés. En el dilema previo a la traición nos encontramos un conflicto entre ese que somos aún para el otro, un ser investido de afecto y merecimiento, y ese que somos o queremos ser para nosotros mismos, y que quizá se sienta interpelado por deberes mayores que los de la amistad. Pocas veces resulta más dramática la oposición entre el ser-para-el-otro y el ser-para-sí, tal como los denominaba Sartre. ¿A cuál de los dos acabaremos por priorizar nuestra fidelidad? Probablemente al segundo, que nos queda más cerca, que es el más auténticamente propio, aunque quizá descubramos que la con-fianza en nosotros mismos pasa precisamente por mantenernos fieles a la confianza del otro. La traición, por justificada que parezca, tiene siempre una cierta aura despreciable, y en cualquier caso también nos interpela, en este caso acerca de nuestra dignidad.
En la tragedia de Shakespeare, Bruto era el protegido favorito de César, le profesa un profundo afecto y se sabe deudor de él en muchos aspectos. Sin embargo, por el otro lado, Casio le convence de que César es un tirano que provocará la ruina de Roma. Bruto se debate entre dos fidelidades, entre dos con-fianzas a las que desearía poder responder simultáneamente, pero no puede porque son contradictorias. Bruto se enfrenta, pues, a un dilema ético ante el cual es urgente tomar una decisión.
Finalmente opta por la fidelidad que le parece superior, la de su patria y su pueblo. Pero, lógicamente, lo hace con dolor. «¿También tú, Bruto, hijo mío?», le espetará un asombrado César, con unas palabras que nos suenan a maldición. Y, en efecto, el idealista Bruto sucumbirá bajo las consecuencias de su angustiada conjura, y pasará a la historia no como un liberador de Roma, sino como un vil traidor de su caudillo. ¿Cómo se le recordaría si los conjurados hubiesen triunfado? Tal vez entonces su traición nos parecería heroica. Ya se sabe que la Historia la escriben los ganadores, pero esa es otra historia.

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