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De la subjetividad de los valores

Por mucho que los objetivistas critiquen las contradicciones del subjetivismo de los valores, todos ellos incurren en la inconsistencia de Platón: atribuyen a las cosas una dimensión metafísica y convierten en metafísica la relación de las personas con las cosas. Eso las vacía de contenido: cuando se estipula que el bien es un valor universal e independiente, una especie de entelequia que sobrevuela el mundo material, se está vaporizando el bien, se le está descorporeizando en un ente abstracto imposible de descifrar. Porque el bien no es un qué, sino más bien un cómo, y además un cómo establecido en relación con algo bueno, o sea, un cómo acerca de un porqué. 


Por ejemplo, la compasión es buena, pero solo cuando se ancla en la vida y se encarna en individuos y situaciones reales, solo porque un individuo concreto siente una empatía solidaria hacia otro individuo concreto. El hombre bueno ayudará al otro, puesto que lo necesita, y será bueno en la medida en que lo ayuda, será bueno mientras lo ayuda y en el hecho de ayudarlo. El valor de la compasión existirá y cobrará sentido en tanto se realiza (aunque solo sea en el sentimiento o la intención) esa compasión. Lo bueno implica siempre a alguien y siempre es sobre algo. Rezuma en el tinte ético de una interacción. 
Los valores son subjetivos porque se construyen en la mente y la intención de las personas, son cualidades con las que estas invisten a otras personas y a las cosas. Incluso cuando actúan desde una perspectiva universal, más allá de sus condicionamientos individuales o colectivos, el valor que conciben sigue siendo una construcción, un invento que no existía antes de que ellos lo crearan, y que se refiere, más que a una cualidad propiamente dicha, a un modo de vincularse. Incluso cuando podría considerarse universal, incluso teniendo en cuenta que la construcción de los valores se realiza en interacción y por tanto es social, el valor sigue sin estar en ninguna parte más que en la mente y el comportamiento de las personas, y desaparece con ellas. No hay esferas superiores de valores, como no existe el mundo ideal de las Formas de Platón: el valor de una cosa reside en su presencia, y aun más en el vínculo entre el sujeto y esa presencia. 

Por eso tiene sentido concebir la ética como proyecto. Un proyecto con indudables dimensiones colectivas, pero que se especifica en la intimidad rigurosa del individuo. La ética es fruto de la libertad, la inalienable y angustiosa libertad, patrimonio del sujeto humano. Como dice Sartre, no se puede no elegir. Ese imperativo incluye o sobreentiende otro: no se puede no valorar, puesto que la elección responde a una evaluación (también se puede elegir al azar, pero entonces no podemos hablar estrictamente de un ejercicio de libertad, sino de una sumisión al mundo que renuncia a ella). El valor equivale, pues, el grado de preferencia que el sujeto atribuye al objeto que elige. En definitiva, elegimos según un criterio, y es ese criterio (hecho de valores previamente elegidos o heredados) el que, junto al resto de criterios que hemos ido escogiendo y consolidando en nuestros hábitos, configura el proyecto ético. 
Proyecto implica proceso, lanzamiento (proyección) hacia una meta. La ética es un proyecto imperfecto, pues no siempre nuestras elecciones son coherentes entre ellas, ni con los valores que hemos estipulado. He aquí otra muestra de la subjetividad de los valores, y su estrecho entrelazamiento con los deseos. Mantenerse fiel a unos valores comporta un esfuerzo: porque la facticidad le lleva la contraria a nuestros valores, porque los deseos surgen de un modo caótico y no atienden a nuestro intento de organizarlos y preservarlos. Nuestro proyecto aspira a conducirnos en dirección a lo bueno y por caminos buenos, pero no siempre tenemos claro qué es lo bueno, o si esto es mejor que lo otro. Como en el clásico ejemplo, la verdad siempre es buena, pero si pone en peligro a alguien entra en contradicción con la supervivencia, que también es siempre buena. Así que hay que elegir entre lo bueno y lo mejor, y es aquí donde la objetividad kantiana hace aguas. Kant opinaba que habría que decir la verdad, con todas sus consecuencias, puesto que, para él, el valor de la verdad es objetivo. Nosotros optaríamos por traicionar la verdad en pro del interés superior de la persona, y ahí estaríamos poniendo en cuestión esa pretendida objetividad, o al menos estaríamos valorando la persona por encima de la idea. Así sería, en efecto nuestro proyecto: personal, subjetivo. 

¿Qué tenemos, entonces? Una discusión que, por lúcida y fructífera que resulte, siempre permanecerá sin resolver definitivamente; y unas conclusiones que, aunque siempre provisionales, no tenemos más remedio que formular, cada uno por su cuenta. A la hora de la verdad, es uno quien elige, incluso cuando elige contradecirse: por tanto, es uno quien establece sus valores. Para intentar recorrerlos (proyecto), pero también, inevitablemente, para traicionarlos a veces (realidad). La vida es sinuosa y difícil, y la intención tiene que negociar con las exigencias y las condiciones que le ofrece la realidad. 
 Maslow propuso una escala de necesidades o apetencias; paralela a ella tenemos una escala de valores. Ambas escalas están en una continua dinámica dialéctica, arbitrada por la voluntad, que tiene un pie en la razón y otro en la emoción. La emoción también, sí: para complicar un poco más las cosas, o para resolverlas, según se mire. La razón propone, la emoción dispone; y ambas acaban traduciendo la voluntad en proyecto. 

En cualquier caso, ¿cómo vamos a pretender postular una objetividad entre tal batiburrillo de instintos, tendencias, deseos y convicciones? ¿Cómo instituir una transparencia definitiva y estable en medio de ese ruido y esa furia? Solo podemos aspirar a filtrar progresivamente mejor; ir decidiendo cada vez con algo más de convicción, e intentar ser lo más consecuentes que podamos con lo que hemos decidido; a sabiendas que, en un momento u otro, la vida tomará la palabra, o el afán, o el miedo, o simplemente el descubrimiento de que estábamos equivocados. Y nadie podrá entonces maniobrar por nosotros: que nadie, pues, nos escatime la preciosa, imprescindible subjetividad.

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