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El amor voraz

En nombre del amor desaforado se justifican el delirio, el capricho, los apabullantes excesos. Luego, cuando ya quede poco amor (si es que lo hubo) y predomine el resentimiento, vendrán la crueldad y la guerra. Vendrán con los primeros contratiempos. Un día es el enamoramiento ferviente que hace que uno se sienta más poderoso que nadie, que uno se crea el elegido de un destino selecto: “¡Todos lo buscan, y nosotros lo tenemos!”, se dicen los enamorados con imprudente orgullo. Al día siguiente ese poder, que nos elevaba a los cielos del reconocimiento y la caricia, nos hunde a los infiernos de la rabia, del temor, de la misma angustia. Y puede que lo haga, aún, en nombre del amor. Sin embargo, ¿qué queda del querer entonces?


El enamoramiento es una voracidad desatada, y por eso suele acabar despeñando a sus víctimas. Sobre todo cuando no tiene la misma intensidad en las dos orillas. El más enamorado tiene más fuerza; el dudoso no tiene más opción que marcharse o someterse. La voracidad, al principio, se disfraza de embeleso. No repara en palabras: te quiero, te amo, te quiero. Total en sí misma, ciega de orgullo, su plenitud lo inunda todo sin ningún miramiento. Cada te quiero ensancha, consolida su imperio. No se puede dialogar con un te quiero, no se puede oponer objeción alguna: si ya todo está acabado y es perfecto, ¿qué cabe añadir, salvo nuestra ingratitud y nuestra mezquindad por no estar a su altura? La duda, que casi siempre nos mejora, aquí se vuelve sospechosa. La reticencia es una molestia inoportuna para la plenitud del amor. Cuando el mundo está completo, el destino se anuncia inexorable; no admite libertad, ni razón, ni prudencia; resistirse a él es cobardía, o traición.

Tal ascendente anula cualquier identidad, la absorbe y la diluye bajo su absolutismo. No puedo seguir siendo yo ante lo absoluto, pues me exige que sea él. Pero ese absoluto es en realidad el exceso en el yo del otro; un yo desaforado que lo ha sometido todo. Y una carencia de yo en quien, atolondrado por esa apelación, lo ha permitido.
Se diría que en ese apasionamiento hay mucha vida. No es verdad. Hay solo una vida, hay solo una pasión. Alrededor desaparece todo. La otra vida, la que está enfrente, ha dimitido, se ha dejado poseer y disolver por el arrebato ajeno.
Se diría que en esa devoción hay mucha dulzura: el amor, supuestamente, es egoísta porque se entrega por completo, y por eso lo pide todo. No es verdad: la pasión lo reclama todo, pero lo que entrega es solo una coartada, es su deseo impuesto al mundo como fatalidad. Parece que da mucho porque se desborda, pero esas manos solo buscan saciar el propio apetito. Lo que parece entrega es solo su manera de desparramarse, de ocupar.
Nada en ese juego es malo, si formara parte de un pacto de locura. Hay mucha belleza en tanta fuerza, y la belleza es doble cuando es compartida. Dos egocentrismos lanzados el uno contra el otro tienen la belleza de las colisiones cósmicas. Pero el ser herido sabe cuánto dolor se expande tras una colisión. Sin embargo, si hay un culpable, es el que transige sin desearlo: porque él es el que más sabe, y no se salva, y deja al otro desvalido ante sí mismo.

En fin, si así son las cosas en la devoción, qué no será en el resentimiento. Y el resentimiento vendrá, cuando se agoten los fuegos, cuando al disiparse la humareda se perfile tras ella la verdad. Vendrá el resentimiento, y será merecido, porque hubo quien defraudó, luego cometió un fraude. El amor desaforado es algo tan absoluto que no puede soportar la divergencia. La traición que inflige lo limitado a lo absoluto no admite perdón. El pretendido amor perfecto, que era agresivo y totalitario, lo sigue siendo en forma de odio. Antes la contrariedad era tan insignificante que no se veía. Ahora es lo único que se ve.
He aquí el juego del todo o nada en el que el moderado siempre pierde, y debería haberlo sabido. No se puede esperar compasión de los tiranos. En nombre del amor se nos recluirá en altos pedestales, fuera del alcance de los pájaros; o se nos relegará con desprecio a las grutas más sórdidas. Siempre solos, como un juguete que no se desea compartir. Siempre erosionando la tierra que nos sostiene o el campo que nos rodea. Imposible encontrarse a uno mismo en ese lugar donde un ego hinchado no deja sitio para nada. Pero, ¿por qué no actuaste cuando aún era el tiempo?
Un niño sin límites ha ocupado el trono del mundo, y su voracidad acabó por devastar su reino. Aunque era ya un reino ausente. Huid, salvaos los que estáis a tiempo. Algunos ya nos extraviamos.

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