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Luces y sombras de la soledad

Un amigo siente curiosidad por mi soledad sonora. Le cuento que me iré tres días a la montaña, y me pregunta cómo lleno el tiempo yo solo. Muy sencillo… ¿O no tanto?


Paseo tranquilo, sin grandes pretensiones. Saboreo cada paso, fascinado por las florestas, buscando estampas que pidan una foto. Me curan el silencio del bosque y el rumor del agua. Si encuentro una buena panorámica, saco mis lápices de colores. Cuando estoy inspirado, escribo. A la hora de comer regreso al pueblo, si no llevo un bocadillo. Luego subo a la habitación y echo una breve siesta; o, en el campo, procuro tenderme en un prado, y me duermo mirando las nubes. 

Por la tarde ―ahora que los días vuelven a ser largos― doy otro paseo, y todo lo mismo. Cada rincón verde y discreto es un regalo, huele a húmedo y a felicidad. Al declinar la luz regreso al hostal; me ducho; ceno. Salgo a tomar el fresco; a las afueras del pueblo contemplo el cielo estrellado, intentando imaginar que el firmamento está abajo y no me caigo. A veces rasga la negrura la estela de un aerolito, y pido siempre el mismo deseo: salud y alegría para todos, y especialmente para mi hijo. Regreso a la habitación, tomo algunas notas. Suelo dormir bien, apenas sueño.

A mi suspicaz amigo le parece demasiada soledad. Yo creo que me funciona bastante bien…, al menos mientras soy capaz de olvidarme de mí mismo. Y aquí viene cuando, para ser sincero, tengo que contradecir mi bucólico relato, y hacer aparecer en él los borrones de la inquietud.

Lo bueno de estar solo es que no hay nadie enredándonos en sus caprichos, sus manías o sus exigencias. El problema es que tampoco hay nadie que nos rescate de las nuestras, las cuales, si no sabemos contenerlas, campan a sus anchas y no hay manera de pararlas. Nadie nos abriga ni nos dedica su humor y su ternura. Nadie nos obliga a dejar de remover en nuestro lodo, nadie nos aporta una perspectiva distinta; nadie nos consuela, al menos, con unas palmaditas en la espalda, o avisa que nos mandará a paseo si no dejamos de lloriquear. Ni siquiera podemos aligerar la vida un poco, echándole la culpa a otro (a no ser que lo hagamos con la imaginación, rebuscando en el baúl de los rencores y de las guerras pendientes). La soledad puede hacérsenos demasiado vasta, o demasiado ruidosa, como decía Bohumil Hrabal.

Así que a veces mi historia, ¡la verdad!, no es tan bonita.

No siempre paseo tranquilo; a veces me reto con excesos. Mientras camino, zumban por la cabeza ofensas de anteayer, contrariedades pendientes; noto molestias que podrían ser síntomas de una enfermedad. Tal vez el día esté nublado, o moleste el viento, o me duela la barriga porque fuera de casa ya se sabe. Un perro me ladra, enloquecido, ante la indiferencia de su amo. El dibujo me sale desastroso, después de dedicarle toda la mañana. No encuentro nada abierto para comer. Si echo una siesta, se me hará muy tarde.

No todo es serenidad en los crepúsculos. Las umbrías avanzan con paso melancólico. En el comedor del hostal, durante la cena, puede que encuentre niños llorando, gente hablando por los codos, o ese inquietante rumor de los susurros. Hay firmamentos sin estrellas. A veces, al retirarme, se me hace mustia la amplitud del cuarto, y frío un lecho que no compartiré. No se me ocurre qué escribir que no sea autocompasivo. Paso la noche dando vueltas, entre sueños inquietos.

Sí, amigo mío, a veces la soledad se me indigesta, o no sé teñirla de entereza. Dentro o fuera de casa, solo o acompañado, el desafío radica siempre en uno mismo.

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