Los dioses le condenaron a una eternidad tan espantosa como fútil. Tras esfuerzos inconcebibles, empujando una gran roca ladera arriba, Sísifo alcanza la cima. La satisfacción, si la hay, de la tarea cumplida, se esfuma en unos instantes, el lapso preciso para que la piedra se tambalee y se precipite de nuevo ladera abajo. Y entonces hay que descender de nuevo a por ella. Una y otra vez.
«Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa —medita Albert Camus—… Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá jamás. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia». Sísifo goza solo de ese fugaz momento de tregua. Apasionante oportunidad para la reflexión. Y peligrosa: siempre hay peligro donde interviene la mente.
Bien está que el desdichado Sísifo cavile mientras baja la montaña. Incluso, a lo mejor, hasta se detiene un instante a contemplar el paisaje y a echar un trago de agua. Ahí puede reencontrarse con su destino, y, como Segismundo, lamentarse por su condena y elevar un grito de indignación a los dioses. Y si sabe curarse de la tristeza o la rabia, si vuelve a asumir conscientemente que siempre habrá una piedra esperando allá abajo, no resignado y resentido, sino con entereza y hasta con entusiasmo, si es capaz de proclamar como Nietzsche su amor fati, nuestro héroe caído tal vez alcance la sabiduría.
Pero no le conviene detenerse mucho rato, o correrá el riesgo de que le invada la nostalgia. Si se relajara más de la cuenta, Sísifo podría concebir una felicidad inalcanzable y dejarse hipnotizar por ella, y vindicarla y no aceptar otra cosa: «Cuando el llamamiento de la felicidad se hace demasiado apremiante —escribe Camus—, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma». Podría sentir la tentación de compadecerse, de obsesionarse con lo que no tiene, de enquistarse en el odio a esos crueles dioses, que es siempre, a la vez, odio a uno mismo, a la propia impotencia, a la resignación. Podría, por supuesto, angustiarse ante la idea de una eternidad de piedras remontadas y caídas. O simplemente sentirse aburrido. La depresión es el mal de los que ya no le encuentran gracia a levantar piedras y escalar montañas.
Todo lo que aleje por mucho tiempo a Sísifo de su destino tendrá un precio en la economía de los dioses. Se nos ocurre que la rebeldía podría al menos liberarle, levantarlo otra vez contra los pérfidos dioses y, si es preciso, sucumbir plantándoles cara, pero al menos habiendo recuperado la dignidad y el albedrío. Esto sería cierto si se tratara de meros tiranos, que nos someten desde fuera y a los que se puede destruir. Pero los dioses están dentro de nosotros, y la rebelión contra ellos equivale a una violencia interna que solo conduce a la autodestrucción. Sísifo rebelde acabará herido, derrotado, maltrecho en un recodo del camino, escuchando la llamada insistente de la roca. Sin duda la suya habrá sido una rebeldía con causa, pero no por eso deja de resultar imaginaria, ilusa, como un callejón sin salida. Una rebeldía que lo abocó a la esperanza, la cual, como dice Camus, no es más que un subterfugio. Así, habrá añadido a su condena la incapacidad para el entusiasmo, la carencia de fuerzas, la angustia y la rabia de hallarse derrotado. Y entonces sí que estará a merced de las fieras de la tristeza, de la repugnancia, de la nada, del hastío.
Hay que rescatar a Sísifo. Regresarle a la vida cruda y difícil de la que pretendía escabullirse. No porque sea justa, sino porque no tiene otra. Y para ello no le llevaremos la contraria, no nos acercaremos a susurrarle al oído amables argumentos; él ya los conoce todos. Pocas cosas más patéticas que los golpecitos de ánimo en el hombro del que está desanimado. El abatido siente esa presión que lo deslegitima, que lo hiere en su orgullo; y además encuentra en su incapacidad para responder (o en sus respuestas circulares: «Sí, pero…») nuevas razones para la congoja. Su mal no es el desconsuelo, sino el marasmo de la impotencia. En cuanto recupere las fuerzas, regresará por sí mismo a ese personal, ese íntimo ciclo de rocas que se remontan y se precipitan. Una tarea que lo avasalla, pero la única en la que puede encontrarse consigo mismo, porque es la suya. Si le queda algún poder, está ahí, amalgamado en esa roca que le aguarda. Sobran las palabras: acción, acción. «Toda la alegría silenciosa de Sísifo consiste en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su cosa».
Nietzsche nos insistía: el destino se hace gozoso cuando lo afrontamos de cara, sin paños calientes, abiertos a su dificultad y a su horror. Sísifo tiene que levantarse de su lecho y volver a empujar piedras por la ladera, sudar otra vez, sentir cómo despierta de nuevo el dolor en cada articulación y en cada músculo. Dejar de compadecerse y sentirse de nuevo aquel absurdo pero excelso artífice. «El hombre absurdo dice ‘sí’ y su esfuerzo no terminará nunca… El esfuerzo mismo por llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre». En esa reconciliación con su destino, en esa afirmación que, como la de Edipo al final de su vida, de puro trágica resulta gozosa, es donde, como dijo Camus, hay que imaginar a Sísifo feliz.

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