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Diversión

Mi paseo campestre me lleva hasta una cascada con su poza. El lugar es de una belleza hipnótica: el agua saltando entre las rocas gigantes, los frondosos árboles de la orilla, los prados en los aledaños… Me inspira el arrobo poético, la meditación, la mera contemplación soñadora… Me dedico a hacer fotos y a tomar notas echado en la hierba. A mi alrededor, un enjambre de gente en bañador salta por el agua gélida, ríe y chilla, sube y baja. Los críos, sobre todo, arman un bullicio estrepitoso, entre imprecaciones, saltos, empujones y carreras. Contrastan vivamente mi recogimiento místico y su diversión.


Como suele suceder con las cosas naturales, las que salen espontáneamente sin pensar, cuando uno observa desde fuera la diversión se le antoja algo extraño. La diversión en bruto, la que agitan la adrenalina o la testosterona; la de los sábados por la noche entre copas y bailes, la de los parques de atracciones, la de los deportes de aventura o los juegos en grupo, la de la playa, la del cuerpo que tiembla y los ojos que brillan… Si uno las contempla desde fuera, sin participar, tienen algo que resulta inquietante, indescifrable, primitivo.
Hay no sé qué soledad, un turbio sustrato de tristeza o miedo en tanta alegría desbocada, en tanta furia, en tanto derroche de vida. Me cuesta situarme en una conversación intrascendente, sobre todo si es en grupo, un mero discurrir entre ocurrencias y risas en el que yo suelo mantenerme callado y de las que me canso pronto. En el tú a tú también suelo limitarme a escuchar, por lo que las conversaciones acaban aburriéndonos a ambos, a no ser que (cosa rara pero también pasa) compartamos algún interés o una profunda simpatía. La gente no suele tener ganas de que le hables de ti mismo, más allá de los datos del carné de identidad, y hacen bien, porque cada cual ya tiene bastante con sus propias inquietudes, como si tuvieran algo de particular, cuando todas se parecen tanto.
Las mujeres me han reprochado a menudo que soy “demasiado profundo”, comentario con el cual supongo que venían a decirme que en mi presencia faltaba salsa, alegría, seducción… o sea, diversión. “Lo que quieren las mujeres es reírse”, me dijo una vez un amigo muy sabio, junto al cual no solían faltar las risas (cuando estaba de humor, porque también tenía su punto depresivo). En esto, como en tantas cosas, las mujeres tienen razón: hay que buscar la risa, las amarguras ya vienen solas. Yo, que iba de profundo, pensaba que las atraería precisamente por mi sensibilidad, por mi honestidad, porque sé escuchar y hago comentarios inteligentes. Pero todo eso más bien debía parecerles aburrido y triste, y no se enamora sin diversión, es decir, sin alegría. Tendría que haber leído antes a Spinoza: “El amor es una alegría acompañada por la idea de una causa exterior”.

Tal vez por esa dificultad para la diversión, me siento mucho más seguro en actividades tranquilas, donde sea solo espectador o poco más, donde pueda pasar desapercibido, donde en cierto modo pueda quedarme solo sin que nadie me importune con su propio egocentrismo: cine, teatro, lectura o escritura, paseos retirados por el monte… Mi lugar ideal supongo que sería una biblioteca: ese silencio, ese aluvión de palabra recatada y contenida sobre el papel innumerable, esa comunidad de pensamientos callados de los lectores… Sí: la soledad y el silencio, la mansedumbre de lo que no cambia, eso creo que me resulta cómodo. Todo es calmo y previsible, no tengo que esforzarme por ser nada en concreto, puedo ser lo que soy. No me divierte, pero me apacigua; su emoción es acogedora y envolvente. No hay razón o no más que la que pongan mis fantasías para tener miedo, me siento a salvo. El miedo, una vez más, marca la pauta.
En cambio, un parque de atracciones o una feria están repletos de gente que ríe, que grita, que va de un lado al otro… Profusión, ruido, luces, sensaciones que nos zarandean. En la playa nos pisan, nos mojan, se quitan de encima nuestras miradas ardorosas, hay que embadurnarse de arena. Ya de muy pequeño me molestaba la arena; mis padres dicen que procuraba tocarla lo menos posible porque me daba asco que se me quedara pegada; y mi padre, con su delicadeza habitual, me agarraba las manos y me las hacía frotar en el suelo. Nunca he sabido si era partidario de las terapias de choque o lo hacía por pura exasperación: no debía ser fácil tener un hijo con mis rarezas. En cualquier caso, no le funcionaron: yo aún me reafirmaba más en mis manías. Más tarde he ido comprobando que las suyas no son menores, pero eso no me da ninguna satisfacción: solo hace del sufrimiento una tradición familiar.

Hablábamos del miedo, y de la diversión, o quizá del miedo a la diversión. O sea, de la gente. Me gusta el humor, cuando no ataca o sirve para acaparar, cuando es bien recibido pero nadie lo exige. No me considero una persona seca, adusta, de las que imponen de entrada una distancia fría. Si he de relacionarme, prefiero la cortesía y la cordialidad. Admito que no lo hago, de entrada, por aprecio, sino porque así me siento más seguro. De todos modos, esa seguridad suele llevarme a acabar apreciando a la gente: me doy cuenta de que también son vulnerables, y desde la vulnerabilidad puedo comunicarme. Si estoy relajado y más o menos confiado, incluso puedo tolerar algo de diversión: tengo menos miedo.
Pero la cordialidad tiene su precio. Hay quien abusa de ella; hay quien la aprovecha a su favor; hay quien la capta en parte con acierto como una debilidad. Todos procuramos arrimar el ascua a nuestra sardina: conmigo parece fácil. Cuando me doy cuenta, quisiera maniobrar; a veces es tarde, a veces hay que desandar lo andado, reconquistar lo cedido; siempre es difícil, sobre todo para mí: por mi falta de autoestima, por el miedo. Hay gente buena, que me aprecia y, al descubrir que sufro, se corrige, al menos hasta cierto punto. Pero hay otras personas que no es que sean malas, es que me aprecian menos o simplemente tienen sus propias urgencias. Y puesto que yo no les pongo los límites claros, ellos tiran y tiran de la cuerda. No se lo reprocho: quizá yo también lo haría, quizás en realidad lo haga a mi manera. Hay algo tramposo en permitirles que me releguen a víctima: eso me convierte en resentido, justifica que me acorace contra ellos, que los abandone, que me retire.
Esta viene a ser la historia de mis atormentadas intimidades, donde hubo tan poca diversión. Es obvio que, en el fondo de todo, está el miedo, nuestro viejo enemigo: temor a ese cariño que deseo pero en el que no creo, a esa convivencia que me encantaría pero me incomoda, a esa intimidad que anhelo pero que acabará poniendo mi vulnerabilidad al descubierto. A mí no me importaría dar por imposible la intimidad, si no fuera porque en la soledad me encuentro conmigo mismo. Con un Yo oscuro a fuerza de agrandado, triste a fuerza de roto, ansioso a fuerza de temeroso. Un Yo que no sabe amar porque no aprendió a quererse. Un Yo que no logra “celebrarse y cantarse”, como quería Whitman, que no sabe salir de la amargura más que cuando se olvida de sí mismo, y deja de compadecerse y de menospreciarse.

Incapacidad, pues, para la diversión, que nos evoca la incapacidad para el placer. Observemos un baile: como en el juego de los niños en el agua, la gente ríe, bromea, salta, se entrega al mero disfrute. Se abandona: yo no puedo abandonarme. Yo tengo que permanecer vigilante, porque pronto alguien descubrirá que soy torpe bailando, que meto la pata al decir algo… La chica que me gusta pensará que soy un pardillo o un pelmazo o, peor, un perdedor. Con tales expectativas —con tales miedos— no logro relajarme, se nota mi rigidez y mi incomodidad, soy como un robot, un jarro de agua fría para los que sí se divierten: entiendo que lo más compasivo que pueden hacer conmigo es ignorarme.
Y hablar del placer nos lleva al sexo, ese otro disfrute, esa diversión en bruto donde las haya. El sexo, que nos desnuda literalmente ante el otro, que nos transforma en puro frenesí de dar y tomar crudamente. Hay que tener un alma lo bastante generosa (para entregar tanto) o lo bastante egoísta (para tomar sin remilgos) si se quiere disfrutar tranquilamente del sexo. Para no tenerle miedo a su placer desnudo. Comte-Sponville habla de ese miedo: supongo que a lo primitivo, a lo elemental, a la audacia sin reticencia, a lo que se regala sin desconfianza. A lo que no espera, porque tiene, y no titubea, porque encuentra. A esa celebración de libertad. Por eso yo he gozado tan poco del sexo: demasiada suspicacia, demasiada prevención para no quedar atrapado. Porque en cualquier momento se me podría pedir demasiado, y tal vez no sabría negarlo; o denegar lo que yo pido, y tal vez no sabría soportarlo. Porque más tarde o más temprano llegará la decepción: la mía o la de la otra persona. Porque, en fin, tengo miedo.

Así que, por miedo, vivo retirado del placer, procuro eludir la diversión, el encuentro, el amor, el desbordamiento de la alegría. Eso, poniéndome spinoziano, supongo que me convierte en una persona más bien triste: “El miedo es una tristeza inconstante, que brota de la idea de una cosa futura o pretérita, de cuya efectividad dudamos de algún modo”. 
La cosa de cuya efectividad dudo debo ser yo mismo. Pero no es para tanto, y no quiero caer en la tentación, tan habitual, de compadecerme de mí mismo. A pesar de los pesares, vivo: con lo que buenamente tengo y puedo. Sobrevivo con mi miedo y a veces encuentro mis pequeñas alegrías y me siento feliz, o casi. Y en esto sí que supongo que soy como todos.

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