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Poética de los viajes

Es un viejo tópico, sobre el que ya se ha dicho casi todo, la rica simbología del viaje. Pero eso solo nos demuestra lo profundamente que los viajes están vinculados con nuestra naturaleza, su carácter arquetípico; hasta qué punto vivir es viajar, y el viaje constituye la metáfora elemental de la existencia.


La simbología de los viajes es antigua y de larga tradición: desde los relatos primitivos hasta los mitos heroicos. El viaje es la oportunidad para renovarse: no hay transformación sin viaje y no hay viaje sin (una cierta) transformación. Viajar, en este sentido, es una ceremonia sagrada, es ponerse a disposición de los dioses, consentir la despedida y la pérdida, abriéndose así al hallazgo y a la suerte. Y todos los viajes, como el de Ulises, son en cierto modo un regreso a la patria, pero un regresar transformados y viejos, después de perder mucho, es decir, de aprender. La Odisea es el viaje de los viajes, es la vida.

Somos criaturas en el tiempo, y el tiempo es movimiento, es partir y llegar, es luchar y cambiar en el intervalo entre el origen y el destino. La meta es simple y universal, ya la enunció Camus con exactitud pasmosa: "En definitiva, se trata de morir". Porque el movimiento es la excepción, es lo que se alza y resiste mientras puede, a contrapelo de lo más natural, que es el reposo; por eso, no hay resistencia que no deba acabar sucumbiendo. El cosmos entero transita sobre un fondo de infinita quietud. Vivir —viajar— pide energía y esfuerzo, vivir tiene hambre y exige dolor: el dolor imprescindible para su reverso, que es el gozo. El gozo de vivir es hermoso y cansado. Al final hay que tenderse, hay que descansar, el ciclo tiene que cumplirse, la excepción tiene que cerrarse. Morir es regresar a lo estático, fundirse de nuevo en el silencio, precipitarse, como la ola, en la plenitud del océano. Hubo algo que tenía mi nombre, dejó de haberlo, y el cosmos no se conmueve, porque los viajes han de terminar para que haya otros. Somos "seres para la muerte", a decir de Heidegger, y eso nos parece triste solo porque nos aferramos a una identidad construida por nuestra mente, como nos enseñó Buda; porque el sentido del ser es perseverar, afirmó Spinoza, querer prolongarse más y más; pero no infinitamente, puesto que lo único infinito, decíamos, es la quietud. Así que la quietud forma parte del hecho de ser, es su destino último, es el puerto en el que concluye la singladura. El Ser y tiempo de Heidegger culmina en el Ser y la nada de Sartre. Eso debería hacernos menos exigentes y más complacientes con nuestros viajes, y con nuestros compañeros de viaje.

Pero el viaje con mayúsculas de la existencia está pautado por sus propias alternancias de tránsito y reposo, por miles de salidas y llegadas. Cada jornada es un viaje, que se agota en el dulce sueño al que, extenuados, nos entregamos. Quizá el sueño nos sirva para descansar de la conciencia, demasiado esforzada; quizá sea la necesaria llegada de la partida del despertar.
Sin embargo, en nuestros ritmos cotidianos hay una modorra, una patria tranquilizadora que llega a resultar demasiado tranquila para nuestra inquieta esencia de aerolitos. De vez en cuando hay que interrumpir ese sosiego en el que nos reconocemos tanto que acabamos por no conocernos. De vez en cuando hay que partir, hay que refundar la excepción. Por cómodos o atareados que estemos en nuestras lides cotidianas, siempre queda un fondo de nostalgia, un anhelo de distancias. Hay que poner un pie más allá del umbral, aunque no se sepa dónde nos llevará, como avisa Bilbo Bolsón, o precisamente por eso. De vez en cuando tenemos que cambiar de panorama, de gente, de esfuerzos; hay que restaurar la aventura, que es inquietud, para saber otra vez quiénes somos, o más bien quiénes podemos ser. "Partir, siempre partir", sueña Machado.
Viajar es cambiar el lugar que ocupamos, pero no solo la topografía física, sino sobre todo la existencial. Variar de escenario nos da la oportunidad de experimentar nuevos papeles, nuevos desafíos, nuevos compromisos. Aligerarnos del peso de esa identidad lodosa que es el quehacer cotidiano. A veces basta con eso para intuir cuánta complejidad inexplorada se oculta bajo el esquematismo de nuestra identidad, hasta qué punto nos refugiamos —y nos limitamos— dentro de los estereotipos concebidos por nosotros mismos, o por los que nos rodean. Viajar es obligarse a cambiar, al menos transitoriamente, al menos un poco. Por eso siempre nos da algo de miedo, siempre nos esforzamos por sembrar lo desconocido de detalles familiares, siempre alienta en nosotros una cierta nostalgia del regreso; contemplamos nuestra cotidianidad desde un nuevo ángulo, descubrimos que no solo era tediosa, que era también una patria. Pero, como decía Kavafis, no hay que tener prisa por regresar a las patrias. En la demora residen todas las gracias del viaje.

Una de las lecciones más fructíferas de los viajes es esa aceptación de la inseguridad, el redescubrimiento obligado de la vulnerabilidad en que nos deja la ausencia de lo familiar. Tal vez la principal función de nuestros ritos, de nuestras costumbres y de todas las demás señales con las que configuramos nuestra identidad, no sea otra que tranquilizarnos, simplificando nuestra vida y sembrándola de familiaridad, es decir, de detalles que por simple repetición parecen hacerla más nuestra, igual que a los niños les fascina la repetición de un mismo cuento, una y otra vez, y no toleran la menor variación. El viaje es el adentramiento en lo desconocido, y por tanto el alejamiento de lo que consideramos “nuestro”. Montaigne sonreía al comprobar hasta qué punto lo que nos resulta extraño es en realidad lo que nos enseña, quizá porque nos sirve de espejo para contemplarnos a nosotros mismos repentinamente ungidos de extrañeza. Despojados del grupo y de sus códigos, quedamos a la intemperie y comprendemos la experiencia de ser “otros”. Nos vemos obligados a cambiar de idioma, de moneda, de comida, y descubrimos así hasta qué punto es pequeño y limitado nuestro rincón del mundo. La diferencia nos relega al papel de torpes aprendices, nos obliga a construir desde los cimientos un nuevo lugar entre los otros..., que invariablemente nos miran, quizá con desconcierto o sorna, como a un ser raro y extravagante. ¿Cómo es posible que se equivoque al manejar mi moneda? ¿Cómo puede no entender las fáciles palabras que le dirijo? Ya se ha sugerido que la locura podría consistir en la suprema incomprensión de los otros, la máxima inadaptación por parte del “loco”, que queda así excluido de la mayoría y es tratado con menosprecio. Tal vez los locos sean visitantes extranjeros que no han aprendido bien el código de nuestra mediocridad.
No hace falta ir muy lejos. Salir al mundo es quedar expuestos a sus brisas y sus huracanes, es ponernos a disposición del azar, de que “todo esté por hacer y todo sea posible”, como escribe Miquel Martí i Pol. El poeta exagera bellamente, porque nuestra capacidad de cambiar es menor de lo que desearíamos, y no estamos hechos para grandes transformaciones, aunque nos complazca soñar con ellas como con paraísos perdidos o por conquistar. El viaje tiene también algo de excepción, de artificio. Parece que la verdad esté en otra parte, en la grumosa pero familiar facticidad cotidiana. Al regresar a ella, parece que todo lo exterior se disipe como un vago eco de irrealidad. “Tienen razón los días laborables”, medita Gil de Biedma. Sin embargo, siempre queda algún recuerdo de aquel tránsito en el que fuimos otros, y tal vez esa evocación sea suficiente para que nuestros días laborables se tornen más complejos y más ricos.

Hambre de renovación, saciedad de permanencia: entre esos dos polos va y viene la danza de la vida humana. El mito del hombre contemporáneo, orgulloso de hacerse a sí mismo, decreta que puede llegar allá donde se proponga; pero quiere hacerlo sin dejar de ser él mismo, es decir, que en el fondo tiene miedo. Y con razón. Obsesionarse con cambiar es un extremo que emborrona la hermosura del hogar; casi siempre trágica, como no podría ser de otra manera, como lo es también la de una huida perpetua. Nuestros viajes no deberían ser para huir, sino para explorar. Explorarnos, ante todo, a nosotros mismos: no para ser otros, sino para ser más nosotros.
Hay quien elige el viaje interior, el de los libros y los sueños, el del pensamiento y el amor. Ha habido grandes viajeros interiores y no parecen tener menos mérito que los inquietos trotamundos. ¿Por qué oponer ambas maneras de viajar? Más parecen espejos el uno del otro, opciones complementarias de exploración que se enriquecen mutuamente al alternarse. A Montaigne, su largo viaje por Europa le sirvió para completar la amplitud de miras sobre la vida; observar la variabilidad de las costumbres le confirmó su relativismo de las opiniones. Hay lejanías geográficas y lejanías reflexivas, y unas y otras se enredan en la abigarrada urdimbre de nuestra existencia. Lo importante es sacar de ambas lo mejor, permanecer abierto a la verdad incierta que ambas siembran en nosotros. El viajero es siempre un amante de la vida, o un deseoso de conocerla, que es amarla. Todo viaje trae una nueva pregunta con que interrogar a nuestras convicciones. Hay que amar esa invitación al desconcierto, ese renovarse de la incertidumbre. Ganar en sabiduría ensanchando la vastedad de nuestra ignorancia.

Y luego están los regresos, porque a toda ida le corresponde el reverso de una vuelta, porque hay que completar el círculo. La existencia está hecha de ciclos, de un retorno que Nietzsche concibió eterno. El gran filósofo nos proponía amar tanto las cosas, tal como son, como para estar dispuestos a que se repitan interminablemente. Una versión del retorno diametralmente opuesta a la de Platón, que, como el cristianismo, considera la vida un tránsito imperfecto a una perfección perdida más allá de la vida: para Nietzsche, en cambio, el tránsito es en sí mismo perfecto, y no hay nada fuera de sus fronteras adonde debamos encaminarnos.

En definitiva, los viajes nos descubren nuestras posibilidades y nos enfrentan a nuestras contradicciones, nos recuerdan que la vida es frágil y corta, llena de luz y de promesas, y también de pérdida y sombras. Si es cierto que son sagrados, deberíamos encararlos con devoción y confianza; con la suprema valentía del que está dispuesto a perderlo todo, a perderse a sí mismo para encontrarse. Pero tal vez el definitivo regalo del viaje sea la oportunidad de ser otro, de tomarnos un descanso de nosotros mismos.

¡Este placer de alejarse! 
Antonio Machado.

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