Muchos rasgos nos convierten en extraños animales. Suele empezarse por la racionalidad. Somos animales que piensan, sapiens. Una supuesta sabiduría que hay que celebrar, pero con matices. Resulta que, a pesar de entusiastas racionalistas como Platón o Descartes, el pensamiento a palo seco no siempre nos lleva por buen camino. Sus valedores lo oponen al turbio desbarajuste del sentimiento puro. Y es cierto que, descontrolada, la emoción es una fuerza ciega que embiste o se autodestruye. Sin embargo, Adorno y Horkheimer mostraron cómo la razón sin sentimientos conduce a Auschwitz. O sea, a lo mismo. Cuesta decidir qué abuso es peor: el odio febril de los fanáticos o la fría crueldad de los psicópatas.
El dilema es tan viejo como polémico. Razón y emoción se compensan entre sí, y no parece que una sea más humana —ni más recomendable— que la otra. Sobre todo, no cabe considerarlas humanas por separado. La pura emoción nos convierte en bestias; la mera razón, en autómatas. Movidos por impulsos irreflexivos, agredimos en vez de negociar, nos encaprichamos de lo que no nos conviene y abusamos de lo placentero aunque nos dañe. En el otro extremo, la lógica desalmada aprobará que el poderoso someta al débil, y que prevalezca el más fuerte: la ley de la selva. Nunca es más urgente reflexionar que cuando nos arrastra una pasión, ni más conveniente contar con lo que sentimos que cuando nos enrocamos en disquisiciones. Ni lo uno, ni lo otro, sino todo lo contrario: hay que sentir las razones y pensar las emociones.
Sin embargo, esta mutua imbricación no puede ser simétrica. La vida es demasiado compleja. Hay asuntos en los que la última palabra la debe tener la razón, por muchas emociones que se hayan expresado y, eventualmente, se hayan tenido en cuenta. Por ejemplo, en el caso de las instituciones: un país no se puede gobernar con el vientre. Tampoco un municipio, ni un hospital, ni una escuela. En general, lo que pertenece a todos, lo público, haría bien en mantenerse dentro de la severidad de la razón. Porque solo ella se aviene a dar explicaciones y asumir responsabilidades, dos aspectos imprescindibles en el terreno de lo colectivo. No se puede dirigir un proyecto comunitario desde el capricho o la pasión.
La razón debería tener la última palabra en todos aquellos asuntos en los que conviene atenerse a la prudencia y al sentido común, eso que los griegos llamaron phrónesis. Cuando en una decisión nos jugamos demasiado, como sucede al cuestionarse uno si casarse o no, por muchas emociones que se hallen implicadas en ella, uno no debería negarle nunca la voz a la razón. Por eso deberíamos esforzarnos en aprender a pensar bien y con cuidado; y por eso nos conviene contrastar nuestros pareceres con los de otros: desde fuera, las cosas suelen verse con más objetividad.
Al final, cómo no, las emociones volverán a tener un papel, sobre todo cuando los asuntos son demasiado ambiguos: sin ellas tal vez nos quedaríamos dando vueltas sin poder concluir una resolución, como le pasaba a aquel robot de Asimov que se encontraba entre dos normas contradictorias. En último término, la emoción nos da el empujón, o nos aporta la intuición que nos saca del atolladero irresoluble. Pero los ojos deben seguir abiertos, y las consecuencias bien definidas. Eso nunca será suficiente garantía, pero sí un buen punto de partida.
¿Habrá dilemas en los que la última palabra debería ponerla una emoción? Más bien parece conveniente implicarla en el desarrollo del asunto, como un referente para tener en cuenta a la hora de reflexionar. Es como si la emoción tuviera su lugar preferente en el punto de partida y en algunas sinuosidades del camino, más que en la decisión final. Las emociones, en efecto, juegan un papel importante en la elección de los valores que nos guían, en la infraestructura ética que nos orienta. Son pautas más generales y ambiguas que las que marca el análisis lógico, y en este sentido más trascendentales.
Recuperando los ejemplos anteriores, lo que hace que no aceptemos la ley del más fuerte es una opción global por ideales tan vagos, pero fundamentales, como la justicia y la solidaridad. No será la razón la que nos decante hacia el derecho universal: es la decisión moral la que elige y luego pone a la razón a trabajar, para encontrar la ruta más adecuada. La emoción resalta el dónde, y la razón la apuntala con el porqué y la desarrolla con el cómo.
Y, al final, como apuntábamos, si la razón se encasquilla y se queda dando vueltas sin resolver respuestas claras, es probable que la emoción tenga que intervenir para desatascar el avance. Sartre se refería a esto con su condena a la libertad: al final hay que decidir algo, aunque sea, como los escépticos, quedarse en suspenso, epoché. ¿Me emparejo con esa persona? Hay razones en contra y razones a favor, pero algo habrá que hacer. Quizá entonces se trate de escuchar al corazón y atenerse a las consecuencias. ¿Merece aquella persona mi amistad? No apruebo todo lo que le he visto hacer, pero me cae bien y me inspira confianza. La intuición juega su papel, y forma parte de aquellas razones del corazón que, según Pascal, la razón no puede comprender. ¿Insisto en el trato cordial con ese personaje huraño? Lo haré, no porque él lo merezca, sino porque prefiero ese estilo de convivencia, porque de ese modo me siento mejor o porque me gustaría habitar un mundo en el que predominara la cordialidad.
En fin, nuestra condición no se agota en la libertad: se enfrenta, ante todo, con la incertidumbre. Sabemos poco y conocemos menos. Caminamos sin apenas claridad en un mundo del que desconocemos casi todo. La razón pone algo de luz, la emoción infunde calor, y con las pistas de una y el impulso de la otra nos vamos abriendo camino. A veces acertamos.

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