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Mareos inquietantes

No me considero hipocondríaco. Con las enfermedades soy más bien descuidado. Como a vecinos pesados, cuando vienen les abro la puerta con resignación, las soporto el tiempo justo y luego me olvido hasta la siguiente.


Que sea descuidado no significa que la salud me sea indiferente. Sé que detrás de la enfermedad está el presentimiento de la decrepitud y, en última instancia, de la muerte, perspectiva a la que no le tengo ningún afecto. Es verdad que la muerte, como dice Comte-Sponville, acaba con la enfermedad tanto como con la salud, y por eso queremos pensar, con Jorge Manrique, que “cuando morimos, descansamos”. Pero es un descanso que preferiríamos que no se nos concediera, al menos por mucho tiempo.

Uno ya va teniendo sus años, y, como dice un amigo mío, ya está en la franja en la que pueden pasar cosas (él quiere decir que son más probables). Cuando llegas a los cincuenta ya has pasado varias veces el trago de despedirte de seres queridos, y de escuchar muchas historias sobre otros. A un viejo conocido de mis tiempos mozos que vivía en el piso de al lado, mi madre se lo encontró muerto, arrodillado frente a la cama; el corazón se le había roto con una brusquedad absurda: la muerte nos choca menos cuando se anuncia largamente, cuando nos consume paso a paso y nos prepara.
Espeluznantes noticias de infartos y de cáncer van surgiendo como malas hierbas en el acontecer cotidiano. La muerte, que cuando eres joven te parece algo mitológico y remoto, con la edad va ganando un perfil más nítido, y, a pesar de que una parte de nosotros sea incapaz de asumirla nunca, cada vez se oye más a menudo el repicar de las campanas, esas que, según el poeta John Donne, doblan por ti. En fin, sobre la muerte se ha hablado mucho y bien, y ahora no quiero dedicarle más tiempo. A la muerte, si le das una mano se toma el brazo. Solo añadiré esta hermosa cita de Epicuro, que tiene el don de animar con una alegría triste, verosímil: “La muerte no es asunto nuestro, porque, cuando nosotros estamos, ella no está, y cuando viene, nosotros ya no estamos”.

Últimamente tengo algunos mareos extraños, de esos que te dan de repente con un gesto brusco o cuando caminas por la calle. Como soy neurótico y ansioso, estoy acostumbrado a estos desafueros del cuerpo. Pero la edad con sus avisos ha hecho que lo mire con más recelo. Ya sé que no está para lo que le echen, como en la juventud.
Se ha hablado mucho, también, de la poética del cuerpo, de la semántica de la enfermedad. Es bello mirarlo así, aunque pretender elaborar un diccionario de los síntomas es como hacerlo con los sueños: un mero ejercicio de fantasía. Si mis mareos tienen algún significado, nunca lo sabré con seguridad; de momento iré al médico, que suele saber un poco más. Y si de reflexionar se trata, el desapego budista, o la firmeza de ánimo estoica, aunque a veces suenen un poco inhumanos, parecen sin embargo más apropiados para la serenidad; el Kempis dijo lo mismo, aunque con nostalgia: “Todo pasa, y nosotros con todo”.

Dejemos al cuerpo que cumpla con sus ritmos secretos: solo pido, como los viejos, dormir bien y que no me duela nada. Añado: y que la muerte venga cuando toque, pero que tarde todo lo que la dignidad permita, y que sea fácil.

Comentarios

  1. Al respecto me sobrevienen dos comentarios.
    Sobre los mareos, a mí me ocurría a veces, y como es mi sana costumbre cuando algo no me convence, en primer lugar, me reviso yo. Qué cosas hago? Qué tomo? Me estoy preocupando más de la cuenta? Me siento saturado? Duermo bien? Por regla general, cuando la mente sufre, el cuerpo avisa. Si el aviso no es de carácter grave, me parece incluso una suerte y una acción muy sabia por parte del cuerpo. Es como si nos dijese: " Sientes esto? ( el mareo), pues si sigues por ahí, ese es el resultado. Si no te ha gustado, cambia algo".
    Así que las veces que me ha ocurrido, con revisarme y cambiar algunas cosas ha bastado. En ocasiones, bajar la dosis de cafeína ( sea por café o por coca-cola). En otras, pararme a reflexionar sobre lo que me está preocupando, y despreocuparme de ello. Si no depende de mí, por motivos obvios, y si depende de mí, me apresuro a hacer lo que está en mi mano, y me despreocupo del resultado. En otras ocasiones, me he programado alguna salida con amigos, o al cine, o descansar, según las circuntancias en que se produjo el mareo. Otras veces, repasar lo que he estado comiendo últimamente y equilibrar la dieta. En mi caso, ha bastado con ese cuestionamiento y esos cambios. De no haber sido así, como bien dices, toca ir al médico.
    Sobre la muerte, la cita de Epicuro me parece brillante y una sabia manera de enfocarla. Hace unos años, terminé por fin la letra de un tema propio cuyo título es " Engañar a la muerte". Comencé a escribirla al fallecer mi padre, hace 30 años, y la terminé hará unos cinco. Recuerdo que cuando a algún amigo le interpretaba el tema y lo presentaba, al nombrar el título, varios contestaron lo mismo: " Y eso...cómo se hace?"
    Y la respuesta, que se deja entrever en los versos, es muy similar a la deducción de Epicuro.
    También me encontré hace poco con una viñeta humorística de Snoopy que me pareció igual de brillante y que resumiría mi pensamiento y mi actitud ante ella. El chico y el perro están sentados de espaldas a nosotros, y el niño le dice: " Snoopy, un día moriremos". A lo que el sagaz animal contesta: " Sí, pero todos los demás no".
    Esa, justamente esa, procuro que sea mi actitud.

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  2. "Cuando la mente sufre, el cuerpo avisa". En efecto, amigo. Por eso hay que prestarle atención y hacerle caso cuando toca las campanas. Ya veo que tú tienes el oído atento y que lo tomas en serio. De hecho, el cuerpo manda, porque es lo que somos (al menos para los que no creemos en otras naturalezas trascendentes). Cuando hay un aviso, pones remedio, y demuestras la prudencia que te define.
    Por mi parte, en lo que respecta al cuerpo, más bien me he mantenido sordo, y lo he tratado más como medio que como fin. Creo que a veces no me he puesto enfermo porque no tenía tiempo. Ignorar los requerimientos del cuerpo es un error, lo sé: los años nos lo van demostrando. Falta saber si la gente como yo es capaz de aprenderlo. De momento estoy intentando hacer algo de dieta, reducir sal y colesterol y esas cosas que nos tocan a estas alturas. El tema del descanso es asignatura pendiente, lo tengo en fase de estudio.
    Sobre la muerte, qué interesante lo que escribes. No podemos estar pensando en ella continuamente, pero hay que tenerla presente, hay que perfilar algún modo de encararla no para darle sentido -me siento incapaz de ello, aunque la pueda entender desde el punto de vista biológico-, sino para que al menos no nos lo robe con su insidiosa guadaña. La cita de Epicuro es lo mejor que he encontrado al respecto. Celebro que tú llegaras por tu cuenta a una actitud parecida.
    Y como añadido me encanta lo que mencionas de Snoopy: "Moriremos, pero todos los demás no". Tomo nota. Para los que tenemos hijos, pensar que seguirán viviendo cuando nos marchemos es más que un consuelo. Pero aun no teniéndolos, basta con amar: los que amamos nos prolongan en el espacio y en el tiempo. La vida seguirá: nosotros hemos tenido el privilegio de formar parte de su misterioso gozo. Asumir esa idea con intensidad nos devuelve la alegría.

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