Cortesía es desearle los buenos días al vecino que nos molesta con su música o nos quita el ascensor cuando tenemos más prisa. Cortesía es apartarse para dejar pasar a quien viene ocupando la acera, porque lleva un cochecito de bebé o porque son dos ancianas renegando del mal tiempo. Cortesía es dejar sin respuesta el mensaje intempestivo que nos envía al móvil un fanático, en lugar de mandarlo a hacer gárgaras, porque sabemos que en el fondo no es mala persona.
Cortesía es dejar pasar, en la cola del súper, a un señor que solo lleva un par de cosas, y transigir con el chasco de que ni siquiera nos dé las gracias. Cortesía es no interrumpir a quien habla, aunque nos moleste lo que habla y hasta el mero hecho de que hable. Cortesía es aguantar con paciente estoicismo el llanto del pequeño que no nos deja dormir en el avión, porque sabemos que otros aguantaron al nuestro. Ceder el asiento en el autobús al que entra con muletas. Pedir con buenas palabras que tenga cuidado al que nos empuja al cruzarse con nosotros… Cortesía, en fin, es reprimir lo que no nos ayudaría a nadie, y persistir en lo que pensamos que puede hacer el mundo mejor; una ganancia superior que implica una renuncia elemental. La apuesta por el contrato social, por la prevención del Leviatán, por la construcción de la comunidad desde el pueblo.
La cortesía es la flor de la sociabilidad, uno de los artefactos más refinados de la condición humana. Es eficaz, es útil, y sobre todo es buena. Insiste en la amabilidad y la deferencia allá donde podríamos optar por la bronca. Prefiere callar los improperios que no nos harían la vida mejor ni a nosotros ni a quien nos ofendió. Mantiene bien engrasados los mecanismos de la interacción social, y a la vez es su fruto más granado: forma con ellos una unidad, y por eso se nos presenta a la vez como causa y como síntoma de la buena convivencia.
Cuando se acusa a la urbanidad (urbs: ciudad) de hipócrita se está efectuando un análisis certero, pero tosco. Es cierto que para la cortesía hay que obligarse, que no sale de nuestro primer impulso, pero esa dificultad es la que le da valor. Fuerza a aprenderla con tesón, como todo lo valioso, hasta interiorizarla en forma de hábito. Forzarse a lo correcto, pues, resulta más encomiable que hipócrita: tiene la verdad bruñida del deber sobreponiéndose a la verdad primitiva de la emoción. ¿No nos obligamos a muchas conductas por el hecho de ser correctas? En eso consiste la ética, galardón de la voluntad a expensas del impulso instintivo. La cortesía es falsa en el sentido primario de que muchas veces no brota de una afabilidad genuina y espontánea, sino de una amabilidad elegida y defendida. Pero eso le confiere otro nivel de sinceridad, más robusto puesto que es fruto de la obstinación en la dignidad, de un genuino compromiso en el plano superior de la intención.
Cuando damos los buenos días al vecino incordiante, es justo que lo hagamos sin fresca cordialidad, y que nuestras palabras tengan algo de hueco. Sin embargo, al escenificar la amabilidad estamos expresando un principio: que la consideramos mejor, y por eso nos empeñamos en ella; que a pesar de la relativa extrañeza y la lejanía que nos separa, que incluso nos enfrentaría, consideramos preferible mantener una buena disposición que nos haga a ambos la vida más simple y más grata. Por eso hemos optado por insistir en una buena disposición, fieles a la meta de un mundo mejor en el que todos, lúcidos y prosociales, se remitieran a eso mismo, un mundo que así sería más fácil y más llevadero para todos.
Lograr que el vecino nos conteste «Buenos días» es un triunfo de la armonía y la dignidad, nos resulta reconfortante y aumenta la autoestima. Por encima de la extrañeza y la otredad se ha establecido un instantáneo (y consistente, aunque efímero) vínculo, fundado en las buenas intenciones mutuas, una armonía que supera la tentación de la enemistad o la indiferencia. La cortesía nos sugiere que a la postre no somos enemigos, o no tenemos por qué serlo, y nos invita a cultivar una amistad incipiente; brinda, al menos, un reconocimiento y un respeto mutuos que ya pueden considerarse un territorio común. Y esa corriente de sim-patía (entreveramiento de sentires positivos) nos pone de buen humor y nos hace sentir entrelazados con el mundo.
No somos buenos, pero hemos decidido procurar serlo, porque nos parece lo mejor y nos hace sentir mejor; y a fuerza de actuar como si lo fuéramos tal vez empecemos a serlo. La bondad es una voluntad que se traduce en actos, y los actos son el sustrato en el que germinan los sentimientos. Se empieza por actuar y se acaba sintiendo. La cortesía es un acto fundacional, una invitación al amor que tanta falta nos hace.
Porque la aparente espontaneidad de los sentimientos es fruto de muchas oportunidades previas que los han preparado pacientemente, a partir de la voluntad que persevera. Los sentimientos tienen mucho de costumbre, quizá más de lo que creemos. Ejercer la bondad es el único modo de ir siendo bueno, y quizás haya que empezar por actuar con bondad para acabar sintiéndola. ¿Precederá el acto al sentimiento, del mismo modo que, según Sartre, la existencia precede a la esencia? Y, en cualquier caso, ¿no vale más actuar con bondad que simplemente sentirla? ¿De qué sirve la intención que no actúa? Una solidaridad que no se ejerce, ¿no es ella, en realidad, la que tiene algo de impostura, de endeblez, de trivialidad metafísica? En cambio, ayudar a un desconocido es siempre valioso; ¿no contiene, acaso, el germen del amor, no es ya amor en cierto modo?

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