Ir al contenido principal

Voluntariado: lo bueno y lo correcto

Conozco a una persona que colabora con una ONG. En esa asociación, los voluntarios trabajan por el «empoderamiento social y económico de la mujer» en una pequeña población de Kenia. Allí han organizado talleres de producción de artesanías que luego venden en el mundo rico. Las empleadas son mujeres pobres, «con riesgo de exclusión social». El trabajo les aporta un medio de vida y una nueva dignidad en un contexto social dominado por los hombres; los objetivos de la asociación añaden así una dimensión feminista. Y no solo se trata del trabajo: también se promueve la alfabetización, la formación profesional, y una escuela y un comedor para sus hijos. 


Mi conocida viaja de vez en cuando a ese rincón de Kenia, y pasa allí una temporada. Ella se paga el viaje y la estancia. Ignoro qué medio de sustento le permitirá esas largas ausencias y, a la vez, le aportará los medios para costear los gastos aquí y allí. Yo la veo siempre bien vestida y muy arreglada. ¿Vivirá con sus padres y de sus padres? Supongo que eso no me concierne, pero no puedo evitar que me plantee una perplejidad inquietante: ¿serán sus padres, en última instancia, los verdaderos activistas filantrópicos? 
Mientras recala en aquel pueblo, mi conocida enseña fundamentos empresariales a las mujeres, colabora en la escuela o en el comedor infantil, y no dudo que trabajará apoyando la organización y el funcionamiento de los talleres de producción. Mi conocida, con esas actividades, se siente útil, querida y reconocida; sobre todo, siente que su vida está repleta de sentido y de alegría. Afirma que allí se siente más feliz que aquí, y que de hecho allí la gente también es más feliz (detalle que a su vez da qué pensar, pero lo dejo para otra ocasión). Mientras preparaba uno de sus viajes, pidió que colaboráramos recogiendo estuches y mochilas para la escuela, y fiambreras para el desayuno de los niños; lo cargó todo en una caja y se lo llevó en el avión. Regresó exhausta del feliz esfuerzo al cabo de un mes, mostrando las consabidas fotos con niños abrazándola y mujeres sonrientes, y asegurando que ya planeaba regresar lo antes posible. 

Suena bien, ¿verdad? Sin embargo, esta persona y su asociación me plantean muchos interrogantes éticos, que hago extensivos a todas las ONG que han proliferado en los últimos decenios, moda posmoderna que nunca acabé de asimilar. El fin y los resultados son buenos, no se puede negar. Pero ya se sabe que el diablo está en los matices: el aura benévola enmascara las radicales contradicciones y carencias de todo voluntariado. 
Los voluntarios, al menos en su mayoría, deben ser buena gente, sinceramente indignada —como cualquier persona decente— ante un mundo repleto de injusticias y sufrimiento. Admiramos que no se hayan limitado a la queja y se hayan puesto manos a la obra. Sea por convicción, por insatisfacción con la sociedad opulenta o por hastío, optan por dedicarse a ayudar a ciertos necesitados en un mundo en el que no faltan. Lo cierto es que su motivación y sus circunstancias, la verdad, tampoco son asunto de nadie. Lo que cuenta son los hechos. Pero es precisamente la repercusión de su tarea lo que me plantea dudas. 

Porque estos desinteresados misioneros, en realidad, no resuelven el problema de fondo: sus aportaciones e iniciativas, por encomiables que resulten, son una isla en medio de un océano de injusticia, explotación y pobreza, regido por potentes corporaciones que crean y arrasan países y entronizan o deponen gobiernos, según el mapa de riqueza y pobreza que hayan decidido trazar, en función de sus intereses. A estas alturas ya sabemos de sobra que si hay fortunas incalculables es porque se amasan a costa de oprimir a la inmensa mayoría de la gente (cierto que a unos más que a otros), y de saquear los recursos de los territorios que los tienen, arrebatándoselos a sus habitantes. Este es el espantoso mundo que nos han legado varios siglos de capitalismo feroz. 
Limitados son, pues, los efectos de las ONG en el espacio social, pero también en el tiempo: ¿hasta cuándo serán viables? ¿Durante cuánto tiempo se comprarán artesanías africanas en las tiendas de comercio justo de las grandes superficies? Al fin y al cabo, estas iniciativas basadas en el consumo se sostienen en la misma opulencia capitalista que crea sin cesar la miseria que alivian (no combaten). No dejan de ser empresas, ni de funcionar como tales. Actúan como quien da una hogaza de pan a quien ha sido despojado de sus campos. Suele argumentarse que al menos no se limitan a regalar peces, sino que además están enseñando a pescar; de acuerdo, pero sus frágiles cañas no podrán hacer mucho en un mar salteado por buques industriales. Además, ¿resultarían sostenibles si todas las aldeas de la zona, o del país, o del continente, se dedicaran a lo mismo? 

La descomunal maquinaria de las ONG no solo plantea serias reticencias por la viabilidad a largo plazo de su eficacia económica, sino también por el considerable coste que implican en desplazamientos y transportes. El consumo tiene un precio ecológico. Por no hablar de los gastos que, sin ir más lejos, provoca en sí mismo el aparato burocrático, administrativo y propagandístico: a veces, la gestión consume la mayor parte de las donaciones recaudadas a las almas caritativas de conciencia inquieta. 
Tal vez la pequeña asociación de mi conocida no llegue hasta esos extremos de las grandes instituciones de la colaboración (caridad) internacional, pero no deja de formar parte de un sistema que funciona de un modo que ni ecológica ni éticamente parece muy recomendable. 
Al margen de los criterios pragmáticos de eficacia, lo más inquietante de estas empresas de voluntariado quizá sea el hecho de que no solo no transforman la sociedad injusta a la que supuestamente se enfrentan, sino que le sirven como útil complemento y oportuna coartada. Puesto que no cuestionan el modelo de sociedad que genera continentes de pobreza, puesto que incluso lo hacen más viable, ¿no estarán siendo sus cómplices? ¿No pecarán las ONG del mismo paternalismo que el de las señoras bien que apadrinaban a negritos en el franquismo? 

Yo me alegro mucho de la felicidad de mi conocida, de verdad. Pero, mientras ella juega con niños y alfabetiza mujeres en una aldea de Kenia, el resto de África sigue padeciendo sequías, hambrunas, guerras civiles con asesinatos masivos, esclavismo infantil y, cómo no, subyugación brutal de las mujeres. Así que su felicidad personal y la de su círculo no me sana la amargura. El problema es otro. Alguien argumentará, repito, que al menos ellos hacen algo por alguien, y tendrá razón. Quien salva a una persona, como suele decirse, salva al mundo entero; pero resulta que ese mundo genera masivamente personas que necesitan ser salvadas. Si de lo que se trata es de resolver problemas y no limitarse a poner parches, lo bueno no basta: hace falta lo correcto.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Insidiosa complejidad

La vida hoy día se desintegra en un engrudo de complejidad. El mundo que nos ha tocado es intrincado de por sí, sobrecargado de estímulos y requerimientos, pero hemos interiorizado esa ansia de lo complejo y la hemos convertido en forma de vida mediante la hiperactividad. Tenemos que hacer muchas cosas, no podemos detenernos, hay que aprovechar cada instante so pena de empobrecer el propio ser ; porque en nuestro tiempo ser es ante todo hacer, cerciorarse de que no hay instante improductivo. Solo «vive» quien se entrega a una actividad frenética que llene todos los huecos (en una especie de horror vacui funcional) de una sustancia efímera y frágil, fácilmente desechable, para poder perseguir una nueva experiencia. Esto explica que la rebeldía, actualmente, se exprese como reivindicación de la inutilidad, como hace Nuccio Ordine en su obrita La utilidad de lo inútil.   La dispersión de nuestra era viene vinculada a otros fenómenos, que teóricos como Z. Bauman han descrito con deta...

La esperanza, desesperadamente

«La esperanza es una alegría inconstante», postulaba Spinoza, que la asociaba al miedo y a la incertidumbre. El deseo es carencia, revelaba ya Platón, y Comte-Sponville concluye: «Mientras deseemos lo que nos falta, está descartado que seamos felices». No en vano, esperanza es esperar, o sea, no acabar de tener, y, como dice Pascal: «De esta manera no vivimos nunca, pero esperamos vivir; y, estando siempre esperando ser felices, es inevitable que no lo seamos nunca». Pero, ¿qué sucede cuando se cumple el deseo? Entonces sobreviene el hastío o la decepción, y hay que concebir nuevos deseos, de modo que «siempre estamos separados de la felicidad por la misma esperanza que la persigue». Parece sabio, por tanto, empeñarse en superar la esperanza, y sustituirla por la comprensión : el que sabe no espera, sino que asienta firmemente sus pies en la realidad tal como se le presenta, gravita en ella y se ciñe a ella: a su dolor y a su gozo. No enfoca su telescopio hacia nebulosas lejanas y dud...

Carne de neurosis

Uno de los principales méritos de Freud fue asomarnos a nuestras vastedades interiores. Un cenagal que, a diferencia del mundo que nos rodea, está poblado de instancias imaginarias (personajes, estampas) cargadas de emoción. Grumos de la actividad neuronal a menudo inconscientes, lo cual les confiere aún mayor fuerza y dramatismo. Pero el verdadero drama es este: vivimos a un tiempo en la realidad palpable, que percibimos y manipulamos, que conocemos y explicamos, y en esa dimensión paralela donde se libran misteriosos procesos y enconadas batallas al margen de nuestra voluntad; la una influye en la otra, existe un comercio entre ambas, pero —he aquí el drama— la dimensión oculta es la que manda. Es en las profundas cavernas de nuestra psique, sumidas en la oscuridad, donde se escriben las claves de nuestra conducta y los hilos maestros de nuestro destino. La identidad, la voluntad, el sacrosanto sujeto cartesiano, consciente y dueño de sí mismo, se disipan, según sostiene este paradi...

Gato por liebre

En la feria de las interacciones sociales, podemos permitirnos ser benévolos, pero no ingenuos. La inocencia es una pulcritud que conviene ir embarrando, mientras dejamos que nos curta la experiencia. La sagacidad nos da la ocasión de probar a ser magnánimos con fundamento, no por ignorancia. Tampoco se trata de parapetarnos tras una suspicacia despectiva o cínica, pero resultaría cándido olvidar que, como canta Pedro Guerra, «lo que hay no es siempre lo que es, y lo que es no siempre es lo que ves». En general, podemos contar con que todo el mundo intenta sacar el máximo partido posible al mínimo precio. Incluso cuando no es así, es así. El solidario siembra semillas de una colaboración que espera que se le dispense cuando la necesite. El filántropo apacigua la conciencia o gana en prestigio. El altruismo se nutre de la expectativa. Todos esos pactos son buenos cuando son honrados, porque hacen la vida mejor para todos, que es de lo que se trata. Pero no dejan de ser pactos. Y en su m...

Perder de buen grado

Nunca nos repetiremos lo bastante aquella sentencia de François George, citada por Comte-Sponville: «Vivir es perder». No hay otro modo de persistir que exponerse al azote del tiempo y transigir con su implacable erosión. A cada instante nos dejamos una parte de nosotros: cuando menos, ese intervalo irrepetible que ya no podremos volver a habitar, del que somos literalmente exiliados. Pero nos dejamos algo más: el desgaste que conlleva. Cada día empezamos de nuevo, pero un poco más resquebrajados: con una cana más, con unas neuronas menos. Vivir envejece. Vivir hace más cercana la muerte al consumir tiempo (que se nos concedió limitado) y fuerzas (en cada replicación, las células pierden algo de lozanía). La rosa está programada para marchitarse, la belleza está hecha para declinar. Siddhartha Gautama inició su búsqueda tras el sobresalto de la vejez y la muerte; a todos nos ha sacudido esa conmoción, y nos estremece cada día cuando descubrimos nuevos anuncios de ella. Pero vivir tien...