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Cinismos

El cinismo es una estocada sin sangre, lanzada de refilón y con bastante mala leche. Una finta tan diestra como traicionera, tan sofisticada como mezquina. Raudal brioso pero turbio, arrogancia brillante pero cruel, suficiencia a veces justificada pero casi siempre injusta. El cinismo no puede merecer elogios: su cometido es hacer daño, pellizcar donde duele, pinchar donde escuece. No pretende hacer de la vida un lugar mejor, y a menudo, en cambio, la descompone. Pero nada de eso lo condenaría definitivamente ―a fin de cuentas, la vida es colisión y lucha, y las relaciones están hechas tanto de saña como de afecto― si no fuera porque se basa en la humillación, porque falta al respeto y corroe la dignidad.  No hay en su aparato la menor grandeza. Es ladino, miserable, traicionero. Aparenta valor por su descaro, pero a menudo la desvergüenza le sirve de coartada para nadar y guardar la ropa. Puede sugerir finura solo porque es avieso y ataca sin ruido, como las serpientes, pero su es...

Haber nacido

¿Hay que alegrarse de haber nacido? Depende de cuándo nos lo pregunten. Todos hemos pasado por vicisitudes en las que la muerte se nos antojó una liberación. Aun así, seguimos vivos, y eso, que no demuestra nada con respecto al valor de la vida, sí dice mucho de cómo nos aferramos a ella. Lo dijo Spinoza y lo confirma la biología: «Cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser». El propio suicidio no es un rechazo de la vida, sino una rebeldía o una desesperación en el marco de unas circunstancias concretas. Pero perseverar no es alegrarse; se puede hacer desde la resignación y desde la amargura; se puede hacer sin querer (porque lo quiere esa parte de nosotros que no controlamos). El sufrimiento es un poderoso argumento contra el valor de la vida, y Schopenhauer se mostraba pesimista al respecto. Para él, la inevitable tendencia humana a desear nos aboca a una permanente insatisfacción. «Solo cuando preocupaciones y deseos enmudecen surge el soplo de libert...

Vivir cien años

¿Quién no querría vivir cien años? Por lo menos. Bueno, yo apostillaría aquello de que más vale calidad que cantidad, pero no me engaño: seguro que, cuando llegue el momento, regatearé un minuto más. La verdad es que no tengo prisa para palmarla. Es bonito ver salir el sol, incluso con dolor de muelas. Estamos hechos para vivir, y lo más feo de la muerte es que luego no te dejen volver. No sé qué optimista ha publicado un libro para prometer a sus lectores que, de aquí a nada, todos viviremos cien años. Basta con que (siguiendo sus infalibles consejos) nos cuidemos un poco, y que no dejemos de ser, por supuesto, muy positivos; los avances de la medicina harán el resto. Bienvenida sea la noticia, ya digo, no será por falta de ganas. Qué pena que uno, con la edad, se haya vuelto más bien escéptico, y poco propenso a dejarse seducir por entradas gratuitas al País de las maravillas.  Todo el mundo cien años… ¡Menudo problema para la Seguridad Social! Si el capitalismo ha llegado a un p...

Implicaciones de pedir perdón

Por experiencia comprobamos que la mayoría de las personas están poco predispuestas a pedir perdón, y que eluden el mal trago siempre que pueden. ¿Aciertan en esa resistencia, o tal vez estén cometiendo un error que les empobrece? Pedir perdón es un gesto prosocial que tiene muchas implicaciones. Estas lo convierten en una tesitura difícil y compleja, y exigen un trabajo más arduo de lo que a menudo estamos preparados o dispuestos a afrontar.  Para empezar, disculparse requiere el desarrollo de habilidades y actitudes muy avanzadas, que desafían a nuestro sustrato primitivo. Este suele tender a los extremos: escorando hacia la desmesura en los propensos a la sumisión y a la culpa, y quedándose corto en los inclinados al egotismo, la arrogancia o la agresividad. La inseguridad, la impulsividad o la falta de empatía pueden entretejerse en la textura personal en ambos casos.  La disculpa insinúa un cuestionamiento de la autoestima y una erosión del estatus; en ambas circunstancia...

Somos multitud

Creo que tenemos peor resuelta la relación con nosotros mismos que la interacción con los demás, por perturbadora y enrevesada que esta nos resulte. Nuestra división interna, como Freud ya supo ver, es un vivero de conflictos, porque de la multiplicidad surge inevitablemente la tensión. De hecho, la diversidad consiste en eso, en una profusión de voluntades —voluntades de poder, diría Nietzsche— que intentan prevalecer y en definitiva controlarse entre sí; a veces también cooperan, pero la colaboración no es más que un compromiso transitorio mientras no sale a cuenta el enfrentamiento. Todas estas dinámicas nos resultan familiares en nuestra relación con los demás, y a menudo son motivo de convulsos problemas. Pero estamos acostumbrados a ellas, su demarcación es más nítida (el yo no suele confundirse con el tú, al menos del todo); se podría decir que estamos hechos para ellas y, por incómodas o dramáticas que nos resulten, disponemos de instrumentos para afrontarlas. Empezando por el ...

¿Pulsión de muerte? Pulsión de vida

Ni Spinoza ni Nietzsche, los dos exploradores más sagaces de las fuerzas y las batallas de la vida, contemplaron la existencia de un posible instinto de muerte. Este fue una invención de Freud, que lo incorporó para explicar conductas autodestructivas como la resistencia al placer, la depresión o el suicidio. Según él, del mismo modo que de forma natural hay en nosotros una fuerza que anhela la vida y lucha por su persistencia, también alienta oculta una misteriosa pulsión que nos atrae hacia la destrucción, es decir, la disolución y el reposo, el regreso a la nada originaria. Tan enigmática predisposición podría estar vinculada también a una inclinación al dolor, una especie de masoquismo elemental que se inmiscuiría en nuestras experiencias cotidianas. Ambas pulsiones, la de vida y la de muerte, se encontrarían siempre presentes y en permanente conflicto, revolviendo ese abigarrado magma que nos constituye.  La propuesta de Freud suscita innumerables interrogantes. La existencia ...

¿Vale la pena?

No todo en la vida merece la pena, o al menos no la merece en el mismo grado. Y, puesto que de todos modos nuestra capacidad de atención es limitada, no queda más remedio que elegir hacia dónde enfocamos la mirada, en qué escenarios y detalles centramos nuestra alerta, y cuáles descartamos por irrelevantes. En su mayor parte, este proceso de selección se efectúa de modo inconsciente, en función de una escala de preferencias cuyo sustrato nos ha legado la evolución. Las estipuló Maslow en su famosa escala, tan matizable como esclarecedora: primero lo que afecta a las operaciones básicas de la subsistencia y la reproducción, luego los elementos que afectan las interacciones con los otros. Más allá entramos en las extravagancias de nuestra especie, que emanan más de la cultura que de la biología: el conocimiento, el sentido, las costumbres, las aficiones, y esas alturas del «espíritu» que Maslow sintetizó como autorrealización . El autor sostiene que en esta pirámide de prioridades no se ...