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Contención

La civilización empieza en el control consciente de los propios impulsos, primera condición para ejercer esa soberanía de uno mismo que llamamos voluntad.  Muchos animales se contienen, pero suponemos que en ellos el autocontrol es un instinto más, regulando otros instintos. En nuestro caso, el automatismo no basta. Nuestra conducta se rige por metas y se guía por planes; tenemos preferencias y deseos; nos regimos por acuerdos y por normas; nuestras relaciones se basan en el intercambio y el poder. Todo ello requiere una dirección interna, y por eso hemos tenido que desdoblarnos por dentro, desarrollando un núcleo ejecutivo que ejerza un cierto gobierno sobre los comportamientos, decretándolos y limitándolos.  Muchos han querido disociar a esa instancia del conjunto del cuerpo, y así se inventó el fantasma del alma. Pero no hace ninguna falta aludir a trascendencias platónicas ni a dualismos cartesianos. Ya no necesitamos de la metafísica para describir los procesos de la p...

No rendirse todavía

Razones para el pesimismo nunca faltan. Tampoco para un cierto optimismo (al fin y al cabo, queremos vivir), pero estas siempre nos parecen más frágiles, menos convincentes, como los matojos que pueden ser arrasados por el envite de una sola riada.  Lo bueno siempre parece volátil, alzado fatigosamente a contrapelo del mundo, mientras que lo malo se impone en un momento, lo malo es lo que queda invariablemente tras lo bueno, y por eso aguarda sin prisa en sus rincones. Por eso nos parece más real, más consistente. Es como si hubiese un sustrato de desgracia que acabará por emerger, más tarde o más temprano, en cuanto algo erosione la fina membrana de lo feliz. Como si lo bueno fuese la excepción, un lujo, una rareza que hubiese que remontar con sangre y sudor por la pendiente de Sísifo, para ver cómo luego, en cuanto flaquean las fuerzas o aflojamos por un instante, se nos escapa rodando cuesta abajo, y se hunde al fondo en un momento.  El pesimismo ostenta la razón incólum...

Arrogancia

Cuando uno es joven hace muchas cosas bellas y estúpidas (envejecer es seguir haciendo cosas estúpidas, pero cada vez menos bellas). Hoy recordaba cuando un grupo de amigos fuimos a casa de otro en un pueblecito cercano a Teruel. Eran las fiestas del Ángel en la capital, y nuestro anfitrión nos acercó en su coche.  Gentío, alcohol, risas y la sensación de ser dueños del mundo. Mis compañeros me dejaron charlando con una guapa muchacha que nos presentó mi amigo, y se me fue el santo al cielo de la hora a la que habíamos quedado en el Torico para volver a su casa. Cuando la ninfa me despachó y me dirigí al punto de encuentro, ya se habían marchado; según supe después, mi amigo creyó que había decidido quedarme con la moza. Así que vi amanecer sin cobijo y sin gloria, y aún tuve que esperar tirado algunas horas, a que mi amigo durmiera la mona y se le ocurriera venir a buscarme. En aquel tiempo no había teléfonos móviles.  Ya de mañana, mientras rumiaba el fastidio, paró un co...

Tener razón

A todos nos gusta tener razón: hay un placer en sentir que desciframos una causa. Es el gusto de saber, el mismo que impulsa, más que un abstracto afán instrumental, todo el conocimiento y, sobre todo, la filosofía, ese «amor al saber». Conocer lo verdadero, por supuesto. Pero dirigirse a la verdad implica empezar por ser conscientes de nuestras limitaciones (y quizá las de la verdad misma): saber que nunca se sabe por completo; que, como Sócrates, solo sabemos que no sabemos nada. Que siempre queda una objeción, una pregunta… Se hace camino al andar, y siempre hay un paso más allá.  Porque, ¿acaso tenemos alguna vez razón del todo? ¿Hay alguna ocasión en que no tengamos un poco? Aristóteles, que tenía razón en muchas cosas, recomendaba el camino medio, no porque no hubiese falsedades, sino porque el mundo es demasiado complejo para que las cosas sean de un solo color. El mundo es confusión, mezcla, impureza, gradación. Bien está soñar con blancos o negros, pero siempre que no o...

Cerebro social

Tiene su gracia, un punto inquietante, la hipótesis de que nuestro cerebro creciera para afrontar la ardua complejidad de las relaciones humanas. Parece que fue el salto a la tribu lo que nos hizo «inteligentes» por fuerza, ya que nos obligó a procesar con una cierta maña el abigarrado laberinto de la interacción con los otros, la tupida red de conflictos y convenciones, tanteos y duplicidades de la horda humana.  Para afrontar esa confusión y dotarla de un cierto orden habría irrumpido el lenguaje, una herramienta que surge y se aplica en el contexto de lo común, lo compartido, donde permite canalizar y regular la interacción a través de signos y símbolos, haciéndola más fluida y al mismo tiempo más rica en matices. Al simplificar la multiplicidad fenoménica del mundo, facilita la adquisición y el uso del conocimiento. Palabra y concepto evolucionan en paralelo; no cabe descartar que, incluso, el razonamiento se activara como una interiorización del lenguaje: ¿qué es pensar, s...

Viejos trucos

En el tira y afloja de las relaciones hay viejos trucos que, a pesar de ser más que conocidos, suelen dar bastante buen resultado, sobre todo en las almas cándidas y desavisadas.  Como pasa con los timos de los trileros, la asombrosa eficacia de estos malabarismos se basa en el descuido de la víctima, que se siente dueña de la situación, o presta poca atención debido al cansancio, o sostiene aún la creencia de sacar mucho con poco esfuerzo (o sea, por ser justos, que acaba siendo víctima por su torpe complicidad).  También tomar el pelo, cómo no, forma parte de la inteligencia social, y hay por ahí verdaderos maestros del asunto. Es evidente que estas estratagemas no hacen, precisamente, que una relación sea más satisfactoria o más estrecha, de hecho socavan la confianza y la cooperación, y a la larga obstruyen el intercambio. Pero si se aplican con mesura y gracia pueden facilitar que el que las practica se salga con la suya a bajo coste.  Una estrategia muy extendida...

Imbecilidad... pero no tanta

Leo, con bastantes tropiezos y una cierta indigestión, La imbecilidad es cosa seria , opúsculo del filósofo italiano Maurizio Ferraris. El autor acierta en su apreciación de la imbecilidad universal, pero se muestra miope y rudimentario en su juicio.  De alguien que piensa con un mínimo conocimiento y una cierta sutileza cabe esperar conclusiones más sagaces. Me niego a considerarlo meramente imbécil (como sugiere más de una vez, quizá en un intento de ganar la benevolencia del lector haciéndose el gracioso): eso sería demasiado complaciente. Más bien me parece tendencioso y bullanguero.  Ferraris busca camorra con su tono sarcástico (si bien predomina un fondo amargo y angustioso), pero sobre todo con sus apreciaciones esquemáticas y sus sentencias terminantes. «El hombre nace esclavo, débil, insuficiente y dependiente… En resumen, nace imbécil». Incluso cuando tiene razón, dan ganas de llevarle la contraria solo por evitar que nos corroa con su estéril acritud. Como un sa...