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Armonía y estrago

La belleza es la armonía revuelta por lo inesperado. Es el apacible paisaje de la gracia rasgado por un súbito relámpago. La vieja hipótesis de Oparin especulaba así sobre el origen de la vida.  En algunas charcas se habrían concentrado materiales orgánicos. Ese légamo original dormiría durante eones su silencio yermo, hasta que un día sería sacudido por feroces rayos. También el doctor Frankenstein, en la imaginación de Mary Shelley, emularía con su monstruo esa estampa de la creación. No hay vida sin violencia, sin cataclismo.  La armonía se ofrece con pasividad feliz. Concierto de formas, colores, palabras o conceptos, cadencias o sucesos. Armonía: un grávido equilibrio de conjunto, una gestalt que se nos aparece conclusa y bien trabada. Orden y nitidez de la percepción, o sea, espejo de la inteligencia.  Pero la armonía por sí sola es inerte, anodina. Yace con la mustia completitud de las naturalezas muertas. Es una belleza melosa e infecunda. Incapaz de engendrar s...

Estereotipos

Nuestro conocimiento cotidiano abunda en prejuicios y estereotipos, convicciones normalmente heredadas del entorno que incorporamos y solemos sostener de manera acrítica. Como los refranes, que con frecuencia se alimentan de estereotipos, a veces aciertan, aunque sea en parte, o quizá lo hicieran en un momento y un contexto determinados. En cualquier caso, lo significativo es que los defendamos sin someterlos a ninguna prueba. A esta aberrante tendencia se le han propuesto explicaciones convincentes, aunque solemos olvidarlas.  Una muy plausible, por ejemplo, es que no tenemos tiempo para estar revisando, analizando y justificando cada una de las creencias que sustentan nuestros actos diarios. El trabajo, en nuestra sociedad productivo-consumista, requiere eficiencia y pragmatismo. Las convenciones imponen ciertos modelos de relaciones que no deben ser vulnerados si uno no quiere quedar mal. Hay que resolver problemas, y para ello lo mejor es aplicar inmediatamente las fórmulas q...

Expectativas

«No puede ser que haya hecho eso… Ella no es así». Lo que más nos emociona del cuento de la Cenicienta es el hecho de que la protagonista logre recomponer un destino que parecía cerrado para siempre.  Lo excepcional de esa suerte nos hace reflexionar sobre el enorme ascendente que tienen las atribuciones sobre lo que somos o lo que dejamos de ser, y lo arduo que resulta salirse de ellas. La prueba está en que a Cenicienta tienen que ayudarla —¡y con no poca magia!— para transgredir una sola vez ese rol, y luego, además, deberán venir a buscarla para que por fin pueda librarse de él.  No siempre somos conscientes de hasta qué punto nos condicionan las expectativas ajenas… y cómo condicionamos con las nuestras a los demás. El hecho, por ejemplo, de que los demás esperen bondad de nosotros, nos anima a ser buenos; lamentablemente, también sucede a la inversa: las ovejas negras suelen serlo precisamente porque esa es la idea que se tiene de ellas. La atribución de rol tiene el p...

Ser y tiempo

Vivir es una bella aventura, incluso cuando resulta dura y amarga; y estamos dispuestos a aferrarnos a ella, afrontando los más penosos bretes, siempre que no nos acorrale contra las cuerdas y siga dejando un resquicio a la entereza y la dignidad (o, a veces, incluso cuando hay que renunciar a ellas).  Estamos hechos para aguantar embates y dolores, y aun así seguir de parte de la vida; estamos hechos para sufrir y para luchar, y hacerlo incluso, como propugnaba Nietzsche, con entusiasmo.  Vivir está bien, y por fortuna predominan las alegrías. Por otra parte, es comprensible que prefiramos vivir a no vivir: ¿cómo va a parecernos mejor nuestra propia ausencia, si la presencia es todo lo que tenemos? El mero fenómeno de estar vivos nos convierte en partidarios de la vida, nos impulsa febrilmente a persistir, como proclamó sin reparos Spinoza; algo nos impulsa desde dentro a asirnos a la existencia apasionadamente, tenazmente, contra viento y marea: de lo contrario ya haría m...

Certeza razonable

A la inteligencia le conviene ser temeraria en sus propuestas, pero prudente en sus respuestas. ¿Cuántas ocurrencias brillantes no naufragan en su propia soberbia? No por la soberbia en sí, que al cabo podría considerarse audacia o firmeza en las convicciones; sino porque una convicción que nos ciega se convierte en una vía muerta. La lucidez es humilde no por inseguridad, sino todo lo contrario: porque se sabe más importante que ningún axioma.  Bien está afirmar nuestras certezas con seguridad, sobre todo cuando se trata de defenderlas ante sus adversarios. Pero la verdad es difícil, escurridiza y cara, ardua y poliédrica. Lo es incluso para las luminarias más brillantes y las voluntades más entregadas. Cuando se cree haber tejido una conclusión acertada, suelen descubrírsele los desgarros que le quedan por aquí y por allá, y que antes no sabíamos ver. “La verdad es como una manta que siempre te deja los pies fríos”, sentencia uno de los protagonistas de El club de los poetas m...

Espectadores

“Todos los bienes del mundo pasan presto, y su memoria, salvo la fama y la gloria”. Desde el desván de los siglos nos llega el hermoso canto de Juan del Encina para recordarnos la fugacidad de la vida y esa endeble respuesta que le da nuestra condición social, esa ínfima pero brillante prórroga que nos proporciona el buen nombre. La Contrarreforma se encargará de oponer al entusiasmo renacentista la sentencia, lúgubre pero realista, del vanitas vanitatis del Eclesiastés, crudamente representada en las calaveras de las pinturas barrocas, que parecen dirigirnos aquella máxima de “Cual me ves, te verás”.  Sin embargo, aunque la sepamos inconsistente y pasajera, la fama, como la riqueza, sigue implicando una significativa motivación para casi todos. No tanto ya esa gloria perdurable que exaltaba Juan del Encina, porque si de algo estamos curados hoy es de cualquier durabilidad. Los desengañados y pragmáticos ciudadanos de la posmodernidad vivimos de espaldas a la muerte, la última f...

Reticencias al Eros

En La agonía del Eros , Byung-Chul Han enfatiza lo fecundo de la negatividad del otro. Negatividad, cabe entender, en los dos sentidos: el de conflicto o sufrimiento (inevitable en tanto que otro: distinto, extraño) y aquella dimensión más sutil, ambivalente como el Tao, de oquedad, entraña, misterioso abismo en el que al mismo tiempo nos guarecemos y nos despeñamos.  Solo una verdadera apertura al otro nos salva de la reiteración de lo igual a la que aboca el narcisismo: únicamente el espacio que hay más allá de nosotros nos permite salir de nosotros. “El sujeto narcisista no puede fijar claramente sus límites. De esta forma, se diluye el límite entre él y el otro. El mundo se le presenta solo como proyecciones de sí mismo”.  El Eros, que es algo más y menos que el amor, representa una entrega a lo desconocido, nos da la oportunidad de esa epifanía, por contraste con un amor reducido a transacción comercial y pacto entre intereses egocéntricos. “La sociedad de consumo aspir...