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Partidarios de la alegría

Somos partidarios de la alegría. Convencidos, fervientes, entusiastas adeptos. La alegría de Epicuro, que paseaba con amigos y saboreaba un trozo de queso. La alegría del Quijote, cabalgando a la zaga de sus sueños. La alegría de Spinoza, que la invocaba como fuerza de la vida. La alegría de Nietzsche, contemplando desde las cumbres las vastas lejanías.  Sabemos que ella es frágil y está sola; que a menudo se extravía por quebradas y despeñaderos, y muchos sucumbieron en el afán de rescatarla. Sabemos que, de tan bella, resulta poco convincente. Sabemos que muchos la socavan y pocos la edifican. Sabemos que es fácil arrasarla y difícil restaurarla.  Por eso estamos ahí, porque nos necesita de su parte. Ahí estamos, celebrando su tímido amanecer, sus misteriosos crepúsculos. A veces, al caer de la noche, nos sobrecoge la duda; ¡parece tan poderosa la negrura! Hay un instante en que todo se tambalea. Pero echamos mano de una canción antigua o de las palabras de un maestro, y v...

Lo que nos queda

“No es amarga la verdad ―canta Serrat―, lo que no tiene es remedio”. ¿Tenemos remedio nosotros? ¿Al menos en parte? ¿Y en qué parte? ¿Y cómo?  Yo creo que no tenemos mucho remedio, y esa sí es una amarga verdad. Se nos esculpió a fuego, y ya no hay vuelta atrás. De niño me traspasó la sospecha de no merecer que me quisieran; no esperarlo me hizo receloso. Y esa convicción, por irracional y desesperada que emergiera, es tan profunda, tan primitiva, que tras una vida de reflexiones, terapias, lecturas y experiencias, sigue rigiendo el meollo de mi personalidad. La voluntad no ha logrado curarme de mí mismo. Hasta el punto de desechar inconscientemente lo que contradice mi primitiva convicción, y colaborar con lo que la reafirma.  Para cuando nos descubrimos adultos, lo esencial ya está compuesto: difícilmente llegaremos a nadar lejos de esa patria. ¿Nos queda algo por hacer? “Suicídate”, me sugirió una amable muchacha a la que rondé ―por suerte poco tiempo, y con evidente maso...

Risa, pero indulgente

¿Han visto Zorba el griego ? Las torpezas duelen menos con una carcajada. “Me reiré de mí mismo porque el hombre es lo más cómico cuando se toma demasiado en serio”, propone Og Mandino. Dicen que el viejo Demócrito no podía contener la risa cuando pensaba en la histriónica condición humana, y ya sabemos aquella célebre chanza de Groucho Marx: “Nunca pertenecería a un club que me admitiera como miembro”.  El que lleva una buena temporada en compañía de sí mismo, debería haber aprendido a reservarse de tanto en tanto unas cuantas risotadas: razones no suelen faltarnos, y la risa indulgente quita hierro a las amarguras y nos rocía de una compasión que abre las puertas del afecto. “Cuanto más locos estamos, más reímos; y cuanto más reímos, más sensatos somos”, escribe Romain Rolland. Al reírnos, recuperamos la verdadera medida de las cosas, que no suele ser tan trágica como solemos pretender con malsana autocomplacencia, y restauramos una cierta sensación de que nuestra “situación es ...

Objeciones a Antígona

En el punto álgido de la obra de Jean Anouilh, Creonte y Antígona discuten sobre la felicidad. Creonte defiende que aspirar a ser feliz es admitir la pequeñez humana, es renunciar a la tragedia a favor del drama, al heroísmo a favor de la rendición. Solo puede ser feliz quien sucumbe, quien acepta que la vida sea incompleta y que nosotros en ella juguemos papeles patéticos.  Antígona prefiere mantenerse en pie, y de ahí su tragedia, si bien desproporcionada por los dos extremos: como castigo y como obcecación. ¿Valía ésta someterse a aquél? ¿No era preferible un coraje ileso para defender mejores causas? ¿Acaso vivir no es, en definitiva, transigir con tantas leyes que no hemos elegido? ¿No hay mayor dignidad en seguir presente, afirmando la vida frente a quienes la vulneran? Algo así proponía Camus: el hombre absurdo se parece a un héroe cuando afirma sin reticencia la maldición divina.  Pero quizá tampoco se pueda soportar una visión permanente del absurdo. Tal vez haya que...

Yo contra mí

Suele desdeñarse el suicidio como un acto de cobardía. Se considera al suicida alguien débil y pusilánime que escapa ante las dificultades universales; que pretende salirse por la tangente, en lugar de afrontar con redaños el precio de la vida.    Me parece un juicio muy poco compasivo (¿quién conoce el punto a partir del cual el dolor resulta insoportable, o al menos intolerable?), un veredicto lleno de suficiencia fácil (habría que ver a cada uno en esas circunstancias, para tener derecho a juzgar lo que alguien hace frente a ellas) que encubre una profunda ignorancia (¿qué sabemos, en el fondo, de la tragedia que arrastra cada cual?).  Creo que la realidad apunta a lo contrario: el suicidio puede ser un acto valiente, rigurosamente íntimo, que tal vez no merezca ser admirado, pero, sin duda, sí respetado. El problema ético que nos plantea no es tanto que sea o no un acto digno (nadie lo sabrá nunca a ciencia cierta, ni siquiera el suicida) como su carácter rudimenta...

Respeto y amor

El respeto es la clave de toda relación constructiva, empezando por la de cada cual consigo mismo. No hay dignidad sin respeto. Y si falta la dignidad, nada importante es genuino: la afabilidad es hueca, la lealtad insegura, y, en definitiva, el amor un espejismo. Imposible amar si no respetamos, imposible ser amado si uno no se respeta. Y a la inversa: siempre que hay respeto se puede contar con un cierto grado de amor.  Marina define el respeto como “el sentimiento adecuado a lo valioso”. Démosle la vuelta: las cosas adquieren la categoría de valiosas porque las respetamos; el respeto crea lo valioso, como el amor, con el amor, y hay que insistir en la confluencia de ambos sentimientos.  ¿Será, entonces, que el respeto emana del amor? Es probable, porque el amor es más primitivo. O bien se puede entender el respeto como un elemento del amor, su primera señal. En medio del tumulto de un mundo estridente y ajeno, algo se alza con una cualidad distinta y asombrosa, algo destac...

Risa tonta y risa boba

De entre las venturas y los incordios con que nos ha dotado la evolución, la risa es un bien absoluto, una suerte que hemos de agradecer sin reticencia, un don sin el cual nuestra vida sería sin duda mucho peor, tal vez insoportable.  La risa es una racha de aire fresco en el agrio espesor de la tan a menudo mísera existencia. Es un arranque de creatividad loca que traza brechas en la rígida, fría, esquemática estructura de la realidad; una insensatez llena de coraje, porque para reír hace falta la valentía de apostar por la vida tal como es: cruel y encantadora, exquisita y salvaje.  Pero no todas las risas son iguales, y aquí se me ha ocurrido cavilar sobre dos modalidades algo peculiares. Mi reflexión puede juzgarse de entrada un poco frívola, pero tal vez al final se haya ganado merecer, al menos, el valor de los pocos minutos que se le hayan dedicado.  Empecemos por el simpático fenómeno de la risa tonta. Se habla de risa tonta para referirse a ese carcajeo imparabl...