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Risa, pero indulgente

¿Han visto Zorba el griego? Las torpezas duelen menos con una carcajada. “Me reiré de mí mismo porque el hombre es lo más cómico cuando se toma demasiado en serio”, propone Og Mandino. Dicen que el viejo Demócrito no podía contener la risa cuando pensaba en la histriónica condición humana, y ya sabemos aquella célebre chanza de Groucho Marx: “Nunca pertenecería a un club que me admitiera como miembro”. 


El que lleva una buena temporada en compañía de sí mismo, debería haber aprendido a reservarse de tanto en tanto unas cuantas risotadas: razones no suelen faltarnos, y la risa indulgente quita hierro a las amarguras y nos rocía de una compasión que abre las puertas del afecto. “Cuanto más locos estamos, más reímos; y cuanto más reímos, más sensatos somos”, escribe Romain Rolland. Al reírnos, recuperamos la verdadera medida de las cosas, que no suele ser tan trágica como solemos pretender con malsana autocomplacencia, y restauramos una cierta sensación de que nuestra “situación es desesperada, pero no seria”, como dice Paul Watzlawick. 
Sobre todo asumimos la magnitud de nuestra ignorancia, curándonos de esa lacra estúpida y falaz que es la presunción; nos ponemos a salvo del ego con su tiranía de absurdas obsesiones de perfección. Eso reporta un gran alivio, como nos argumentaba Bertrand Russell: “Lo que hacemos no es tan importante como tendemos a suponer; nuestros éxitos y fracasos, a fin de cuentas, no importan gran cosa... El ego de una persona es una parte insignificante del mundo”. José Antonio Marina lo expresa con una exquisita y poética compasión: “el sentido del humor nos ofrece cálidamente nuestra medida, y nos libra de nuestra petulancia cubriendo nuestra debilidad con una capa de ternura”. 

Estamos hablando, por supuesto, de la risa bondadosa, no del sarcasmo cruel de nuestros déspotas interiores, sombras de personajes voceros de una supuesta indignidad, y que siguen aprovechando, desde ese interior que ocuparon sin permiso, la menor oportunidad para humillarnos. No es gracioso, sino profundamente patético, ver cómo alguien se burla con encono de sí mismo, arrastrado por esta herencia de la infamia. Quien tenga un poco de decencia, incluso sin amor, se sentirá incómodo ante ese espectáculo perverso. Contemplar la torpeza ya es en sí embarazoso, porque nos recuerda lo peor de nosotros. Hay, entonces, quien alivia ese disgusto uniéndose a las carcajadas ajenas con otras propias, aún más feroces. Si no nos dispensamos a nosotros mismos un fondo de respeto y ternura, estamos invitando a que tampoco lo hagan los demás. 
Los crueles y los cretinos andan siempre en busca de víctimas a las que señalar con el dedo. Son, como los carroñeros, seres que se alimentan de la debilidad ajena, en la que hallan una ilusión de supremacía que les aplaca su propia, descarnada falta de autoestima. Es un error darles carnaza, de hecho deberíamos evitarlos como a peligrosos enemigos. O, al menos, no dejar sus venenosas bufonadas sin espetarles las nuestras de vuelta. Tal vez, con suerte, logremos quitárnoslos de encima, y si no, por lo menos, les haremos un bien: es evidente que están pidiendo a gritos que alguien les recuerde su propia vulnerabilidad. 

Quizá mejor, pues, si es que hemos de reírnos de nosotros mismos, hacerlo en el retiro de una estricta intimidad. Si acaso, en compañía de algún amigo que nos quiera bien y salga al paso de la saña que solemos reservarnos. La risa, como todo, solo es digna si respeta el patrimonio honroso de todo ser humano. Hasta los torpes merecemos vivir.

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