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Yo contra mí

Suele desdeñarse el suicidio como un acto de cobardía. Se considera al suicida alguien débil y pusilánime que escapa ante las dificultades universales; que pretende salirse por la tangente, en lugar de afrontar con redaños el precio de la vida.    Me parece un juicio muy poco compasivo (¿quién conoce el punto a partir del cual el dolor resulta insoportable, o al menos intolerable?), un veredicto lleno de suficiencia fácil (habría que ver a cada uno en esas circunstancias, para tener derecho a juzgar lo que alguien hace frente a ellas) que encubre una profunda ignorancia (¿qué sabemos, en el fondo, de la tragedia que arrastra cada cual?).  Creo que la realidad apunta a lo contrario: el suicidio puede ser un acto valiente, rigurosamente íntimo, que tal vez no merezca ser admirado, pero, sin duda, sí respetado. El problema ético que nos plantea no es tanto que sea o no un acto digno (nadie lo sabrá nunca a ciencia cierta, ni siquiera el suicida) como su carácter rudimenta...

Respeto y amor

El respeto es la clave de toda relación constructiva, empezando por la de cada cual consigo mismo. No hay dignidad sin respeto. Y si falta la dignidad, nada importante es genuino: la afabilidad es hueca, la lealtad insegura, y, en definitiva, el amor un espejismo. Imposible amar si no respetamos, imposible ser amado si uno no se respeta. Y a la inversa: siempre que hay respeto se puede contar con un cierto grado de amor.  Marina define el respeto como “el sentimiento adecuado a lo valioso”. Démosle la vuelta: las cosas adquieren la categoría de valiosas porque las respetamos; el respeto crea lo valioso, como el amor, con el amor, y hay que insistir en la confluencia de ambos sentimientos.  ¿Será, entonces, que el respeto emana del amor? Es probable, porque el amor es más primitivo. O bien se puede entender el respeto como un elemento del amor, su primera señal. En medio del tumulto de un mundo estridente y ajeno, algo se alza con una cualidad distinta y asombrosa, algo destac...

Risa tonta y risa boba

De entre las venturas y los incordios con que nos ha dotado la evolución, la risa es un bien absoluto, una suerte que hemos de agradecer sin reticencia, un don sin el cual nuestra vida sería sin duda mucho peor, tal vez insoportable.  La risa es una racha de aire fresco en el agrio espesor de la tan a menudo mísera existencia. Es un arranque de creatividad loca que traza brechas en la rígida, fría, esquemática estructura de la realidad; una insensatez llena de coraje, porque para reír hace falta la valentía de apostar por la vida tal como es: cruel y encantadora, exquisita y salvaje.  Pero no todas las risas son iguales, y aquí se me ha ocurrido cavilar sobre dos modalidades algo peculiares. Mi reflexión puede juzgarse de entrada un poco frívola, pero tal vez al final se haya ganado merecer, al menos, el valor de los pocos minutos que se le hayan dedicado.  Empecemos por el simpático fenómeno de la risa tonta. Se habla de risa tonta para referirse a ese carcajeo imparabl...

Bajo el rencor

¿Se puede decir algo bueno del rencor? El rencor es una de esas flores del mal que no hacen el mundo precisamente mejor. Crecen en los rincones más sombríos de nuestros jardines, allá donde se oxidan, arrumbados, los trastos rotos de la biografía.  El rencor es el eco obcecado de una herida que no cicatrizó, la mala hierba que coloniza las grietas del alma, ahondándolas con sus raíces. El rencor es la marca que dejaron las batallas perdidas, los fracasos hirientes, las noches de abandono y desolación. Nadie lo elogiaría, y con razón: es, en efecto, una debilidad, y de las más mezquinas.  Sin embargo, también la fiebre cura y la ruina enseña. No hace falta que lo consideremos admirable para admitir la posibilidad de que la evolución haya tenido sus buenas razones para seleccionarlo. Lo mismo sucede con otros parientes cercanos no menos rechazables: la ira, la envidia, la culpa o la venganza. El hecho de que forme parte de nosotros de manera universal e innata sugiere que, al m...

Cobijos

Todos salimos a la calle más o menos pertrechados con máscaras y armaduras, protegidos frente a nuestros paisanos, que, ya se sabe, son tan amigos como pueden llegar a ser enemigos. La experiencia nos ha enseñado que, para convivir sin naufragio, hay que manejar con una cierta gracia ese complicado juego de exhibición y recato, de exposición y prevención, de tirantez y cooperación.    Y en esto cada cual tiene su estilo, según sea su situación y su talante. Es importante averiguar con qué arte nos desenvolvemos mejor, qué recursos dominamos más fácilmente, en qué actitudes nos sentimos más asentados. Los hay confiados y tranquilos, que andan a pecho descubierto sin mayor inquietud; y los hay recelosos e inseguros, y estos se aseguran de asomar al mundo bien blindados y sin bajar la guardia. Los segundos sufrimos más, qué le vamos a hacer, y por eso a menudo soñamos con la dulce ligereza de los despreocupados. Cometemos entonces, fácilmente, el error de pretender imitarles y ...

Confianza

Se diría que el animal humano es más bien receloso, y sin duda tiene buenas razones para ello. Las abuelas no se cansaban de recordarnos que no nos fiáramos de nadie, y la sabiduría popular nos insiste en la precaución y nos previene contra la ingenuidad despreocupada.  Sin embargo, no solemos ser conscientes de hasta qué grado toda nuestra convivencia social está edificada sobre la confianza, más que sobre lo contrario. Sin confianza resultaría imposible mantenernos unos cerca de otros, colaborar o compartir unas pautas de vida en común (algunas de ellas explícitas, pero sobre todo implícitas). El conductor circula por la derecha esperando que el que viene en sentido contrario haga lo mismo; el comprador confía en que no será estafado; el amigo o el amante se apoya en la lealtad del otro. En un ámbito más amplio, la propia democracia se sustenta en la expectativa de honradez que, aun con reticencia, se otorga a unos candidatos. Se podría considerar que la confianza es el lubrican...

Malos humores

Cosa fea, desconcertante e insidiosa son los malos humores repentinos, que irrumpen desde los recovecos subterráneos del inconsciente y nos inundan el ánimo, robándole la luz y la voluntad.  Últimamente me vienen brotando unos cuantos, con su desfachatez despótica, acaparando ciertas horas sin ningún miramiento. ¿Qué secretos motivos los arremolinaron, y abrieron las brechas por las que emergió su amarga lava? ¿Será el aluvión abigarrado de gentes y emociones intempestivas, que a mis años me encuentran con las fuerzas flojas y la paciencia escasa? ¿Serán las noches sin paz, remendadas de sueños a ratos pastoriles y a ratos siniestros?  No sé si los habrán fermentado esos signos de los tiempos, o leyes más recónditas, o el mero discurrir agridulce de la vida, pero estos días me azotan, como rachas sofocantes en la cara, humores malos que zarandean mi amistad con el mundo. De repente todo me molesta, las cosas parecen desquiciadas por sañudos duendes, la belleza y la alegría no...