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Confianza

Se diría que el animal humano es más bien receloso, y sin duda tiene buenas razones para ello. Las abuelas no se cansaban de recordarnos que no nos fiáramos de nadie, y la sabiduría popular nos insiste en la precaución y nos previene contra la ingenuidad despreocupada.  Sin embargo, no solemos ser conscientes de hasta qué grado toda nuestra convivencia social está edificada sobre la confianza, más que sobre lo contrario. Sin confianza resultaría imposible mantenernos unos cerca de otros, colaborar o compartir unas pautas de vida en común (algunas de ellas explícitas, pero sobre todo implícitas). El conductor circula por la derecha esperando que el que viene en sentido contrario haga lo mismo; el comprador confía en que no será estafado; el amigo o el amante se apoya en la lealtad del otro. En un ámbito más amplio, la propia democracia se sustenta en la expectativa de honradez que, aun con reticencia, se otorga a unos candidatos. Se podría considerar que la confianza es el lubrican...

Malos humores

Cosa fea, desconcertante e insidiosa son los malos humores repentinos, que irrumpen desde los recovecos subterráneos del inconsciente y nos inundan el ánimo, robándole la luz y la voluntad.  Últimamente me vienen brotando unos cuantos, con su desfachatez despótica, acaparando ciertas horas sin ningún miramiento. ¿Qué secretos motivos los arremolinaron, y abrieron las brechas por las que emergió su amarga lava? ¿Será el aluvión abigarrado de gentes y emociones intempestivas, que a mis años me encuentran con las fuerzas flojas y la paciencia escasa? ¿Serán las noches sin paz, remendadas de sueños a ratos pastoriles y a ratos siniestros?  No sé si los habrán fermentado esos signos de los tiempos, o leyes más recónditas, o el mero discurrir agridulce de la vida, pero estos días me azotan, como rachas sofocantes en la cara, humores malos que zarandean mi amistad con el mundo. De repente todo me molesta, las cosas parecen desquiciadas por sañudos duendes, la belleza y la alegría no...

Perversidad

Más allá del bien y del mal ―sobre todo del mal―, habita esa cosa nefasta que es la perversidad. Si el mal es el fracaso de la ética, la perversidad ―que es la maldad de la maldad― representa el fracaso de lo humano: la contorsión de lo malo, su ensañamiento, su complacencia en la estructura rota.   La perversidad es lo malo que, al apropiarse cualidades de lo bueno ―el placer o la fuerza―, se convierte en infausto, multiplicándose por sí mismo hasta la desmesura. Porque incluso el mal tiene su código, podría decirse que tiene su ética: miramientos, escrúpulos, líneas rojas. Pero no en la perversidad, que es el mal desatado y campando a sus anchas, sin referentes, sin siquiera una excusa: puro deleite en su propia sustancia.  Un mal alambicado sobre sí mismo, degustador de la miseria, gourmet de la depravación. Un mal, podría decirse, desnortado, sumido en un narcisismo incapaz de elegir otra cosa que él. Es la complacencia en el dolor, que nunca debería quererse; son la...

Zozobras matinales

Muy de mañana, mientras vago sonámbulo preparándome para acudir al trabajo, atravieso uno de los momentos más difíciles del día. Es como si me asomara a un mar gris y revuelto en el que malditas las ganas que tengo de salir a bogar. Sé que debo tomarlo agradecido: al fin y al cabo, es una jornada más de vida; hay quien ya no verá amanecer. Y cuando consigo ponerle un poco de humor alcanzo a vislumbrar, allá en el horizonte, la promesa de aventuras por vivir y tierras que conquistar. Pero, qué le vamos a hacer, el ánimo no suele darme para ver más allá del tumulto de la sucia espuma perfilando la orilla. Ni cíclopes ni ninfas, ni Ítacas nostálgicas, me bastan para contrarrestar las ganas de quedarme en la cama.  Ando huraño y desabrido. ¡Hay que ver la de gente con la que me peleo en mi cabeza! Ya antes de levantarme, absorto en el techo, me vienen a la memoria ecos de algún desencuentro reciente. Y ya quedo cautivo sin remedio, desgranando mis indignaciones mientras me ducho, mien...

Distintos

Uno de los más pertinaces sueños de omnipotencia, enraizado en el solar de la infancia o tal vez en la entera condición humana, es la sensación de que en nosotros hay algo especial que nos hace únicos y diferentes del resto de los mortales; algo que, en cierto modo, nos hace inmortales: como suele decirse, solo se mueren los otros.  Puede que todas las fantasías de trascendencia —la vida eterna, la reencarnación…— sean una proyección de ese presagio desesperado de inmortalidad, un modo de darle forma y de conferirle la consistencia de una ley.  Nos concebimos distintos, misteriosamente especiales, con un destino que discurre al margen del destino común. Quizá porque así somos, en efecto, para nosotros mismos, vivimos inmersos en la subjetividad de nuestro yo. Nuestra mirada crea el mundo: por eso no logramos nunca aceptar del todo que el mundo pueda seguir existiendo sin ella. Pensamos en nosotros como una esencia inalcanzable, indestructible, inmutable, y de ahí debe procede...

Cartón piedra

¿Qué es lo que más nos seduce? ¿Qué es lo que convierte a alguien en especial —especial de verdad, no solo atractivo o interesante—, y hace que nos entren ganas de que forme parte de nuestra vida?  Yo creo que cuenta menos lo que vemos en el otro, sus supuestas cualidades, que lo que creemos que él ve en nosotros. Tenemos predisposición a que nos guste aquel a quien creemos gustar. Amamos ese reconocimiento que de repente se nos depara, nos resistimos a perderlo, hechizados por el don, misterioso e injustificable, de que alguien nos considere tan especiales como nos sentimos nosotros mismos. Han irrumpido la ternura y la atención, contradiciendo nuestra insignificancia con los indicios de lo valioso. Don Juan conocía bien este secreto: no hace falta ser fiel ni bueno, ni siquiera hace falta ser sincero, basta con que se enarbole la intención.  Sabemos que, para que eso suceda, para que alguien nos distinga en medio de la multitud anónima del mundo, tiene que haberse despertad...

Destinos cambiados

A veces nos sorprenden sucesos que se salen del guion acostumbrado, el libreto más o menos monótono de lo que cabe esperar, ese que a trancas y barrancas hemos ido escribiendo, mano a mano, con la vida.  A veces se entrometen en la trama de nuestra biografía un genio pícaro o un duende taimado y lo ponen todo patas arriba, y nos pasan cosas que, así de entrada y sin previo aviso, se diría que no nos corresponden a nosotros, que han caído en un sitio que no es el suyo. Nos chocan más, naturalmente, las buenas que las malas, porque las esperamos menos. Estamos predispuestos —no tanto preparados— para las molestias y los disgustos repentinos, pero cuando aparece una felicidad insólita no sabemos qué hacer con ella. La miramos con la sospecha del gato escaldado, damos vueltas a su alrededor, la atendemos con torpeza, y muchas veces la dejamos pasar con un cierto alivio. Nos resistimos a creerla, como haríamos con un espejismo, y parpadeamos varias veces para asegurarnos de que está ah...