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Educar a los otros

Cada uno de nuestros actos en sociedad transmite un mensaje, crea una expectativa, implanta un estatus, sienta un precedente. Tal vez uno se sienta caracterizado ante todo por las intenciones; para los demás, en cambio, somos nuestros actos, y ellos van perfilando la imagen social con que se nos identifica. La reiteración de esquemas de comportamiento asienta las pautas sobre qué se puede esperar de nosotros: la vida en común se basa en lo previsible, y estamos programados para detectar las regularidades que definen a la gente. En definitiva, cada conducta da cuenta de nosotros, es un signo cargado de significados, y a ello se atienen los demás cuando se nos dirigen. Por eso hemos de ser cuidadosos en lo que hacemos, es decir, en lo que comunicamos con lo que hacemos.  En mi juventud —aquellos tiempos en que los trenes eran “animales mitológicos”, como dice Sabina; benditos tiempos irrepetibles en que cocinábamos con un hornillo en los parques y dormíamos sin miedo en las plazas...

Cambiar

Todo el mundo anda empeñado en cambiar, lo cual demuestra hasta qué punto vivimos insatisfechos con lo que somos. En última instancia, pretenderíamos poder cambiar en todo, y eso da idea de nuestros desmedidos sueños de omnipotencia. La aspiración de perfeccionamiento, sin duda impregnada del afán tecnológico y mercantil, ha dado lugar a una inmensa industria del cambio, en la que un creciente ejército de especialistas nos ofrecen, cada cual según su propia versión, la piedra filosofal para una alquimia a nuestra medida. Pero las personas no cambiamos fácilmente. Ni siquiera las experiencias traumáticas o el rigor de las obligaciones nos renuevan de buenas a primeras. Hay una inercia poderosa que prevalece contra nuestras mejores intenciones; nos identificamos con ella y la llamamos Yo. Desde ese momento nos atrapa, o al menos se convierte en nuestro referente ineludible.  El cambio, si es posible, requiere, o una conmoción que lo remueva todo hasta los cimientos y obligue a rec...

Creer es crear (a veces)

Las profecías autocumplidas nos muestran la naturaleza performativa de nuestra psique: pensar es crear, o, como dicen los adeptos a la New Age , creer es crear. Tienen razón, pero solo cuando se cree de verdad y se cree sobre la verdad. ¿Realmente creemos lo que creemos creer? A menudo las convicciones son inconscientes, o al menos ocultas y desdibujadas, disimuladas bajo opiniones socialmente más aceptables, íntimamente menos perturbadoras, incluso parapetadas tras la creencia contraria. Casi siempre somos contradictorios, porque alentamos deseos encontrados, o deseos que se estampan contra la realidad y se presienten ilusos; porque nos movemos entre lo aprendido y lo sentido, porque tenemos miedo. Antígona desearía amar, pero el deber le obliga a morir. El Ricardo III de Shakespeare se entrega a un festín de destrucción, resentido con un mundo en el que cree que por sus defectos no se le ofrecerá un lugar de igual. Fermín de Pas, en la obra maestra de Clarín, acaba odiando a la Re...

El mal en su laberinto

Aunque sean la ética y la moral las que establecen las categorías de mal y bien, el mal es un fenómeno que las sobrepasa. Es también un problema psicológico (ya que concierne a las razones del comportamiento y de la mente) y sociológico (ya que no hay mal que no se ejerza entre individuos o grupos). Es tal vez, en su esencia ontológica, un problema de la biología, puesto que la vida se impulsa sobre un mal que determina la supervivencia y la evolución: ¿no se alimenta la vida de muerte? ¿No es el esfuerzo de vivir el que nos hace malos? ¿No somos buenos o malos, al menos en parte, por herencia, y quizá consista en ello el pecado original? Se perfila también un mal antropológico, que reside en la cultura y la costumbre: por eso tanto una como otra deben ser juzgadas y sometidas a la evaluación de los valores. Y, en fin, es sin duda un problema práctico, porque tiene que ver con el dolor, el que se nos inflige y el que provocamos, y por tanto con la felicidad. El mal, pues, se perfila...

El color de la zapatilla

Ya hace tiempo que corre por las redes la foto de una zapatilla (sí, una zapatilla) muy especial. Resulta que algunos la ven gris y otros la ven rosada. Y aun hay quien, como yo, la ve a veces de un color y otras veces del otro. La impresión es casi mágica: confieso que yo en el primer cambio de color me asusté. Luego investigué un poco y me enteré de que se trata de una jugarreta como tantas otras del cerebro. Ante una información muy ambigua (la zapatilla es rosada, pero por lo visto la han fotografiado bajo luz azul), nuestras neuronas optan por una interpretación y se aferran a ella. Cosa que es de agradecer: imaginaos la oscilación continua entre un color y otro. Podemos “caminar con una duda”, como cantaba Krahe, pero no por un camino que cambia de dirección a cada momento.  Me acordé entonces de lo que había estudiado en Psicología sobre las ilusiones ópticas, sobre todo en las investigaciones de la Gestalt: figura y fondo, caras o copas… Tendencia a percibir la figura má...

Cuando ya no esté

Los estoicos recomendaban pensar de vez en cuando en la muerte. ¿Cómo no hacerlo? Por más que miremos a otro lado, de golpe irrumpe brutalmente para llevarse a alguien cercano, y al pasar nos recuerda que también por nosotros doblarán las campanas, tras unas cuantas vueltas del reloj. Sin embargo, ¿de veras ayuda el dedicarle nuestras meditaciones, o sería mejor ignorarla mientras nos ignore, procurando que no amargue nuestro escaso tiempo? Tal vez reflexionar sobre la muerte no nos ayude a morir mejor, pero podría servir para familiarizarnos con ella, para mirarle a la cara al miedo, y, con suerte, como quería Montaigne, para tomarla con más calma y asumir serenamente su certeza.  Hay quien lo considera una futilidad, pero, como consolación ante la muerte, sobre todo la propia, no conozco argumento más apaciguador ni sutil que el de Epicuro: “La muerte no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos”. Se objetará ...

El poder del No

Sí o no. Blanco o negro. Uno o cero, en la notación digital, que ha logrado remitirlo todo ―textos, imágenes, sonidos…― a esa dicotomía. ¿Será, pues, la dicotomía primordial? Seguramente: se existe o no se existe, todos los dilemas se reducen a ese, como ya meditaba Hamlet enfrentado a una calavera. También Heidegger: en la presencia cabe todo porque todo está por hacer, la presencia toca el infinito porque infinitas son sus posibilidades; en cambio, para lo que no está no hay nada (lo cual es otra forma, quizá la primordial, de infinito), ni siquiera la posibilidad de estar, si la ausencia es absoluta. La nada no tiene futuro, si no es el de algo que la interrumpa (pero, ¿de dónde saldrá?), ni tampoco pasado, cuando no queda memoria (¿existe un pasado que nadie recuerda?).  Ser o no ser, esa es la cuestión. Sin embargo, se diría que el no ser tiene más fuerza. Lo negativo es un océano compacto sobre el que flota, a duras penas y siempre por poco tiempo, la excepción vertiginosa...