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El trueno

El símbolo taoísta de la primavera, el que nos muestra ese libro sabio y poético que es el I Ching , es el mismo que el del trueno: yang yin yin , cerrado abierto abierto, luz o estampido sobre la tierra, que se disipa en un eco de atenuación y lejanía. Bello simbolismo de esa explosión impactante y repentina que sacude la vida para que despierte y la abre luego a su florescencia; pero también, visto de otro modo, el estremecimiento que nos atraviesa y nos resquebraja, disgregándonos, para verternos finalmente al yin puro de la derrota.  Hay que tomar en serio a la primavera, el ímpetu de la vida que se anuncia en las violentas flores de almendros y cerezos. “¡Qué exigente llegó la primavera! Temo que mi enfermizo corazón se consuma en su fogata…”, cantaba María del Mar Bonet en una de sus más bellas composiciones, con una melodía de aroma medieval compuesta por Gregorio Paniagua. Una pieza que nos hace sentir esa ambivalencia del existir que aviva y a la vez consume, que nos p...

Redención del incrédulo

Richard Bach decía que a veces, cuando hacía esas peligrosas acrobacias con su avión, pensaba en la posibilidad de morir, y no le daba miedo. Al contrario. Se sentía atraído por la curiosidad de descubrir qué había más allá. Es la ventaja de tener creencias mágicas sobre la existencia. Sortear el miedo le impulsaba a jugársela sin contemplación en las piruetas del aeroplano, y, además, le daba pie a escribir unas obras tan amenas como delirantes que le hicieron millonario.  Nuestra especie ha compensado el duro peso de la conciencia con la ligereza poética del mito. Dichosos los que creen, confirmaría Unamuno, porque cuentan con un refugio ante la insoportable levedad del ser. Tal vez la mayoría no estemos preparados para el brutal espectáculo de la verdad; y cada cual lo elude, o lo atenúa, a su manera. Tal vez no pueda aguantarse la vida sin un cierto grado de inconsciencia o de locura. Tal vez no todos, o no siempre, podamos enarbolar esa lucidez entusiasta de Sísifo que nos ...

Lo raro es la paz

En estos días oscuros, la guerra de Rusia y Ucrania nos tiene a todos en vilo, con los pelos de punta por los horrores que nos van contando y aún más por los que nos quedan por saber. Sobran razones para que nos conmocionen la indignación y el miedo, pero hemos de reconocer que somos bastante hipócritas y un poco ilusos. ¿Acaso no hemos vivido inmersos en una guerra permanente? ¿Qué pasa, por no alejarnos mucho en el tiempo, con catástrofes como Irak, Afganistán o Yemen? ¿Hemos olvidado ya la sangría espantosa que hizo saltar los Balcanes en mil pedazos a finales del siglo pasado? ¿Y qué pasa con África, que no cesa de arder por los cuatro costados? Como dice Vicenç Fisas, parece que hubiera guerras que hay que tomar en serio y otras que se pueden ignorar.  Despertamos del plácido sueño de la paz y resultó que la guerra, como el dinosaurio, aún estaba allí. Que no dejó de estar, solo que nosotros nos habíamos acostumbrado a ella, como a un detalle más del paisaje. Tampoco nos en...

Juntos

¿Estamos juntos por interés, o el interés consiste precisamente en estar juntos? Una conversación, trate de la socorrida meteorología o de lo que pasó en el trabajo; la acalorada discusión de bar sobre política o la reunión para diseñar una campaña publicitaria, todas ellas cumplen el cometido de retener al otro y de construir con él cierta complicidad. Mientras esperamos en la cola del supermercado, estamos compartiendo espacio y tiempo con desconocidos que, por un instante, integran junto a nosotros un pequeño sistema social. Muchas historias han fantaseado con la irrupción súbita de un elemento inesperado —un peligro, un compromiso, un obligado aislamiento— que empuja de repente a interactuar entre extraños, por el mero hecho de hallarse juntos: surgen entonces simpatías o antipatías, nacen complicidades inesperadas o bruscas aversiones, y todo eso estaba ahí, en potencia, en el previo anonimato.  “El infierno son los otros”, aseveraba Sartre, y siempre he pensado que tenía r...

Huidas

En la magnífica película Dos hombres y un destino , unos bandoleros que se nos presentan como simpáticos llevan una vida más o menos placentera, dedicados con éxito al asalto de bancos y trenes. El día menos esperado, su paraíso se vendrá abajo con la irrupción de unos pistoleros a sueldo diestros, brutales, que los someten a una implacable persecución. Los protagonistas no dan crédito a la habilidad y la perseverancia de sus perseguidores. “Pero, ¿quiénes serán esos tipos? —exclama uno de ellos, perplejo, tras días de huida—. ¿Es que ni siquiera necesitan comer?” La pregunta, en labios de un criminal, es de una candidez estremecedora. El director, que nos ha convertido en cómplices, nos hace sentir la desesperación de nuestros dos pistoleros, cada vez más exhaustos; deseamos que sus perseguidores se den por vencidos y los dejen en paz, o que encuentren un modo de salvarse; en cierto modo estamos huyendo con ellos. La larga secuencia cobra una altura trágica y existencial, y nos obl...

Dueño del equilibrio

Para vislumbrar lo nuevo hace falta fuerza. Lo viejo es fácil: se impone por mera inercia. Frente a ello, lo nuevo suena siempre a locura o necedad. Es temerario e inquietante. Por eso requiere valor, pero sobre todo ambición, un anhelo deliberado, un cierto hálito heroico y conquistador, dispuesto a correr el riesgo de perder, ser aplastado por la facticidad en el intento. Ya presentía Gil de Biedma que la verdad reside en los días laborables, y que ninguna novedad tiene valor si no puede conducir, desde las altas esferas del ensueño, al barro firme del suelo que pisamos. Soñar es simple: solo nos necesita a nosotros, a nuestra personal nube de deseos y nostalgias. Un lugar tan magnífico, tan impecable, que hay quien se queda allí, atrapado, como Holderlin o Nietzsche, donde se nos legan espléndidas visiones de la maravilla, pero alejándose tanto de la tierra que acaban por disgregarse entre las nubes. Hubiera sido preferible que se quedaran con nosotros, enseñándonos a impregnar d...

Tanto pensar y escribir

Me lo pregunto a veces, como si fuera otro: ¿para qué tanto pensar, tanto escribir? Incluso siendo cierta aquella divisa de Comte-Sponville, “pensar mejor para vivir mejor”, vivir es lo primero, y para muchos tal vez suficiente. Pensar es en cierto modo un lujo, un entretenimiento a menudo baldío y, comparado con las urgencias de la vida, siempre ocioso. Dichosos los que viven a ras de tierra y con eso les basta. Pero a mí no me basta, qué le voy a hacer. Soy así de raro y, desde hace algún tiempo, ya ni siquiera me siento culpable. El propio Comte-Sponville me da el argumento: “Filosofamos porque no somos felices”. Porque sufrimos, y alimentamos la esperanza de que, cultivando la lucidez, podremos aprender a dialogar con el dolor, hasta convertirlo en un viejo, familiar, íntimo enemigo.  De modo que escribo, sí, con la esperanza de aprender. Cuando estoy lúcido creo que logro enseñarme alguna cosa (aunque soy un alumno díscolo y caótico, y no siempre me hago el caso que debería...