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Alma

El vocabulario psicológico nace impregnado de espiritualidad, y tiene sentido: el cuerpo se percibe, pesa, duele; en cambio, la mente parece no ser de este mundo.  Las sutilezas del comportamiento parecen hundir sus raíces en los oscuros pozos del misterio. En ellos se inspiran las religiones, que funcionan como artefactos masivos de ingeniería psicológica. Este aroma espiritual de la mente se manifiesta empezando por el propio término “psicología”, que toma del griego la partícula psyche , alma: la psicología, como es sabido, vendría a ser en origen una especie de tratado del alma , o sea de la mente, ya que en la Antigüedad ambos términos se solapaban. Actualmente, la palabra inglesa mind también significa a la vez mente y espíritu, en una ambivalencia que tal vez le reste rigor, pero le enriquece la semántica. Sin embargo, la ambigüedad del término griego es aún más sugerente: psyche procede de psuche , aliento; el aliento es el soporte y el signo de la vida, del impuls...

Incertidumbre

Pocas sensaciones tan perturbadoras como la incertidumbre. Tanto, que preferimos una mala explicación a un vacío de argumentos. De ahí que, desconcertados frente a la ignorancia, inventemos constantemente, o que nos adhiramos con tanta avidez a lo inventado. De ahí que seamos pasto fácil de magias y fanatismos, que dan razón de todo (aunque sea irracional y a menudo delirante) y no dejan ningún resquicio a la temida duda. De ahí que pensar, que es una tarea siempre incierta y siempre inacabada, nos dé vértigo, y procuremos eludirlo con distracciones. De ahí que saquemos una y otra vez conclusiones precipitadas y las sembremos de remiendos desesperados en los mil boquetes por donde hacen aguas. De ahí que, en fin, nos sintamos tan desolados (arrojados a una soledad descorazonadora, abandonados en medio de la nada como cuando éramos niños) cuando se nos pincha el globo de una vieja convicción. Los que se atreven a razonar entienden la máxima socrática: no existe otra certeza que el h...

La era de la voracidad

Somos muchos. Basta pasear por una avenida céntrica, asistir a un espectáculo multitudinario, acudir a una gran superficie comercial, para que la concurrencia humana nos inspire una sensación de exceso, un desbordamiento avasallador y amenazante. Somos muchos y, sobre todo, somos voraces. En los centros comerciales se hace patente el saqueo al que nuestra profusión ávida somete a la naturaleza: la avalancha de objetos que acaparamos, cachivaches inútiles ― o de efímera función simbólica ― que, lo lamentaba Z. Bauman, se transforman en basura junto con sus envases (porque sobre todo compramos envases) en el mismo momento de sacarlos de estos. El ancestral, poético amor por el objeto y por el regalo se traduce, cuando el contexto es de opulencia, en un ritual frenético y mustio, el ritual del consumo. Nuestros antepasados también disfrutaban intercambiando trastos inútiles, pero lo hacían en un contexto de escasez, imbuyéndolos de un sentido entre sagrado y afectuoso de ofrenda m...

Greensleeves

Fue un amor a primera vista, un súbito hechizo en los albores de la adolescencia, ese tiempo en que uno está más abierto a creer en las promesas. Me bastó escuchar su melodía una vez para que sintiera que se me había revelado todo, como en la inspiración de un dios niño; para saber que me acompañaría el resto de la vida, dispuesta a repetírmelo a media voz frente al hogar ensimismado de las tardes de invierno. La descubrí en la delicada versión de Vaughan Williams, que se posa como un bálsamo en el aturdimiento fascinado. En los primeros acordes ya nos traslada al bucólico paraje de campos verdes y blandas lomas, prados flanqueados de arboledas por donde corretean pastoras como ninfas que nos reservan delicias de amor en las umbrías. “Moza tan hermosa no vi en la frontera, que aquella vaquera de la Finojosa”, canta el Marqués de Santillana en sus Serranillas . “Perdí la carrera por tierra fragosa, do vi la vaquera de la Finosoja”. Pero la gentil pastora no era más que la emisaria ...

Filosofía emocionada

Pensar tiene su don y su frontera. A menudo, la mente juguetea, vagando por los ingrávidos paisajes de la memoria y la imaginación, saltando de rama en rama sin objetivo: si no se pierde en sus propios laberintos, tal vez germine en la creatividad. En otras ocasiones, organiza y modela las ideas y arma estructuras de significados nuevos: admiración para quienes nos enseñan a hacer que el pensamiento sea más certero, más ingenioso, más coherente; exploradores que se adentran en los repliegues de la razón para cartografiar sus sutilezas. Tenemos una gran deuda con los adalides de la lógica. Pero la filosofía que nos urge, la que indagaban Epicuro, Séneca, Montaigne y otros que solo amaban el pensamiento cuando podría hacernos mejores, es la que nos oriente, como decía este último, acerca del buen vivir y el buen morir. “Pensar mejor para vivir mejor”, es la divisa de Comte-Sponville: que el pensamiento nos sirva como guía y como instrumento en nuestras singladuras cotidianas, que no...

Fracasos

A veces, en fin, fracasamos. Atronadoramente. Inapelablemente. A veces echamos a correr y las piernas se van solas al precipicio. Esto, que le parece tan obvio y en cierto modo tan trivial a la razón, es siempre un estupor para nuestra ingenua expectativa, y un sobresalto para nuestra ilusión. El fracaso duele, sobre todo si afecta a un proyecto en el que pusimos el aliento, sobre todo si hubo otros que esperaron y, tras ver cómo nos despeñábamos, se retiraron en silencio de la sala. O mucho peor: se quedaron compadeciéndonos, intentando espolearnos con palabras de ánimo que atormentan a nuestro espíritu, reiterándole una verdad que preferiría no escuchar. Porque no es compasión lo que necesitamos ahí, ni excusas que suavicen lo inaceptable, ni siquiera argumentos a favor de un yo quebrado que la benevolencia viste de patético: de entrada, nuestro orgullo prefiere replegarse en la distancia para lamerse las heridas. A veces apostamos mucho y lo perdemos todo. Es inútil compadecers...

El sentimiento cómico de la vida

Llega un momento en la vida en que el sentimiento trágico debería dar paso al cómico. Dejar de tomar tan a pecho lo que hacemos y lo que nos hacen, y atenernos a lo que está dentro de nuestras posibilidades y lo que no hay más remedio que aceptar.  Asumir que el teatro humano tiene más de sainete que de drama, que en todos anidan la neurosis y la estupidez, que nos abruman devaneos más bien ridículos y triviales. Todos estamos bastante locos y somos más bien tontos: el milagro consiste en que, a pesar de todo, logremos sobrellevarlo con una dignidad a menudo espléndida, que tengamos tantos detalles éticos y poéticos; que nuestros impactos mutuos, aun consistiendo en una permanente lucha, ofrezcan siempre algún reducto para la bondad y el amor. La edad bien aprovechada puede inspirarnos ese punto de vista cauto y al mismo tiempo entregado, desengañado y a la vez tierno, que convierte el ruido y la furia en serena magnanimidad, la amargura en sosiego y alegría. ¿Cómo se hace es...