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Incertidumbre

Pocas sensaciones tan perturbadoras como la incertidumbre. Tanto, que preferimos una mala explicación a un vacío de argumentos. De ahí que, desconcertados frente a la ignorancia, inventemos constantemente, o que nos adhiramos con tanta avidez a lo inventado. De ahí que seamos pasto fácil de magias y fanatismos, que dan razón de todo (aunque sea irracional y a menudo delirante) y no dejan ningún resquicio a la temida duda. De ahí que pensar, que es una tarea siempre incierta y siempre inacabada, nos dé vértigo, y procuremos eludirlo con distracciones. De ahí que saquemos una y otra vez conclusiones precipitadas y las sembremos de remiendos desesperados en los mil boquetes por donde hacen aguas. De ahí que, en fin, nos sintamos tan desolados (arrojados a una soledad descorazonadora, abandonados en medio de la nada como cuando éramos niños) cuando se nos pincha el globo de una vieja convicción.


Los que se atreven a razonar entienden la máxima socrática: no existe otra certeza que el hecho de que ninguna es definitiva. Obligarse a abrir los ojos para mantenerse consciente es caminar sobre una pasarela de maderas desvencijadas: todo está lleno de agujeros, las tablas pueden ceder en cualquier momento, el abismo siempre aguarda con sus fauces abiertas. Hace falta mucha valentía y mucha entereza para seguir avanzando, la tentación de desistir es fuerte. Pascal y Kierkegaard, que eran unos valientes rastreadores, acabaron prefiriendo dar el salto al cálido abrigo de la creencia: tal vez, como otros muchos, si no lo hubiesen hecho habrían enloquecido.

La locura es siempre una sombra que amenaza desde el horizonte de la soledad mental, sobre todo a los espíritus heridos, los que ya están predispuestos a la inquietud y al temor, los que ya bregan con el desamparo hincado en el alma. En cierto modo, la locura es un refugio, es renunciar al orden y zambullirse en el caos incondicionalmente. Se han quebrado todos los remaches de la realidad, y el conjunto ha saltado en pedazos, llevándose al ego por delante. Como no queda un yo que sostener, ni una realidad accesible que comprender y manejar, uno se abandona, se dispersa en añicos sin sentido. No digo que el loco no sufra, pero su padecimiento, que había alcanzado lo intolerable, queda atenuado por la rendición y la entrega; ya no le queda la tarea de resistir: ha superado la insoportable levedad del sentido. El dolor del delirio toma el timón, y neutraliza el dolor de la lucidez, que hay que estar guiando por uno mismo. El loco es un náufrago a la deriva: hay un descanso en no tener ningún sitio al que llegar.
La inminencia de esa disgregación de la locura explica en parte por qué nos horroriza tanto la incertidumbre. La incertidumbre nos recuerda la locura porque implica una falta de control, porque cuestiona nuestra convicción de que estamos en un universo transparente y predecible y somos capaces de arreglárnoslas en él. El que no controla acaba sintiéndose indefenso, a merced de un mundo frío y, como poco, indiferente, cuando no amenazante. Solo la lanza en la mano nos separa de los dientes de la fiera que podría estar cercándonos. Solo el fuego mantiene a raya las fieras que podrían estar acechando en las sombras. Solo una sonrisa o un regalo apaciguan al vecino que podría ser nuestro enemigo. Solo la disciplina contiene a los monstruos internos que podrían desbordarse y hacer estragos en nuestra vida. Necesitamos notar que todo eso tiene una evolución predecible, que podemos comprender las claves de esos procesos, y que somos eficaces a la hora de influir en ellos.
Nuestra cotidianidad está asentada sobre un complejo andamio de convicciones, una estructura que queremos creer firme y sólida, que nos contiene y nos hace sentirnos hábiles manejando la vida. Podemos tolerar pequeñas mellas en los listones: desde pequeños hemos ido aprendiendo cómo hacer apaños de mantenimiento. A veces un temblor o una tormenta obligan a rehacer todo un sector: en general, estamos preparados. Mientras aguante el conjunto, no pasa nada, o pasa poco: un trago momentáneo. Incluso, llegado el caso, podemos vivir con una parte quebrada: procuraremos visitarla poco, nos apoyaremos en otros arbotantes más enteros. Así nuestra vida va fluyendo con una sensación razonable de estabilidad.

Pero, ¿qué pasa cuando se nos viene abajo un sector esencial? ¿Qué pasa cuando el embate es demasiado fuerte y hace tambalearse todo el conjunto? ¿Qué pasa, sobre todo, cuando no nos sentimos capaces de reparar lo dañado, de rehacer lo inutilizado; cuando no funcionan las viejas fórmulas que creíamos infalibles, y no se nos ocurre un nuevo procedimiento; cuando, por más que lo intentemos y lo intentemos, la estructura sigue tambaleándose, y todo amenaza a cada instante con venirse abajo?
Lo que pasa es que llegamos a la convicción de que no somos eficaces; que, hagamos lo que hagamos, no tenemos ninguna seguridad de conseguir un resultado útil. Aprendemos la impotencia, y por eso Seligman llamó a ese estado indefensión aprendida. Su consecuencia es la inhibición: si nada de lo que hago sirve, no me animo a hacer nada. Eso era lo que aprendían los perros del experimento de Seligman: hicieran lo que hicieran, recibían una descarga eléctrica. Cuando más tarde sí podían haber hecho algo para evitarla, ni siquiera lo intentaban.
El propio Seligman señaló ya que es probable que la indefensión aprendida esté relacionada con la depresión. En efecto, el depresivo ha capitulado de su habilidad en la vida, ha dimitido de la actividad porque de algún modo no espera que esta implique ninguna esperanza. El depresivo se siente incapacitado, se considera un disminuido psíquico. Pero no es eso lo que le inmoviliza, sino la convicción de que no puede hacer nada al respecto más el bloqueo emocional tristeza, rabia, desesperación… en el que le sume.

Se argumentará que estar persuadido de la propia incapacidad no es incertidumbre, puesto que el que ha aprendido que es impotente ya no duda de ello. Al margen de lo discutible de tal afirmación ningún aprendizaje es definitivo, y el indefenso sufre precisamente porque no acepta su indefensión, lo que aquí me interesaba era señalar cuáles pueden ser las consecuencias de la incertidumbre, y la impotencia es, obviamente, quizá la principal. La incertidumbre es la indefinición de relaciones causa-efecto: eso es justamente lo que aprende una persona que recibe un castigo haga lo que haga. Tal vez si siguiera insistiendo encontraría la solución, pero lo más probable es que al cabo de unos cuantos intentos ya se sienta desmoralizado y esté convencido de que no vale la pena probar nada más. Ese fatalismo se consolida como actitud, convirtiéndose así en su principal obstáculo para encontrar soluciones. Se ha rendido, se ha dado por vencido, se ha entregado a la destructiva convicción de que jamás podrá sobreponerse a la incertidumbre.
¿Cómo no vamos a temer una amenaza de ese calibre? ¿Cómo no vamos a preferir las creencias más peregrinas “Dios me ha castigado porque pequé”, “Hemos venido a esta vida a aprender”, “El universo responde siempre a lo que deseamos con fuerza”, “La muerte no es el final”… a vivir sin respuestas? ¿Cómo no vamos a preferir la seguridad ilusa de la fe a las ásperas veleidades de la razón?

Y, sin embargo, la verdadera coherencia, la verdadera lucidez, nos deberían animar a intentarlo, a no capitular tan fácilmente, a afrontar la amarga incomodidad de la incertidumbre y caminar con ella a cuestas, sin dar nunca nada por sabido, cuestionándolo todo y sobre todo nuestras más firmes convicciones, abiertos siempre a que cada respuesta sirva solo como apaño provisional, que no hará más que conducirnos a un sinfín de nuevas preguntas.
Hay que admitir la duda, incluso hay que fomentarla, y tolerar que la vida sea un paseo por la cuerda floja, donde nos toca caminar ignorantes pero atentos. Sócrates no tuvo vergüenza al admitir que lo único que sabía era que no sabía nada, dándonos un ejemplo de la dignidad que puede haber en esa afirmación del conocimiento que no se resigna ni a dejar de preguntar ni a comulgar con ruedas de molino. Atrevámonos a proclamar con Javier Krahe (y, de paso, con su ácida sonrisa): “Prefiero caminar con una duda que con un mal axioma”.

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