Nunca dejará de asombrarme el poder de una sonrisa. No hablo de una sonrisa forzada, social, que es una mueca; hablo de esa amplitud cordial que ilumina todo el rostro. Ese simple cambio en la composición facial, una leve transformación de la expresión, tiene el poder de evocar todo lo bueno, todo lo cálido que una persona puede dedicarnos, y sobre todo su buena voluntad hacia nosotros, una predisposición mansa y acogedora. Quien nos sonríe está de nuestra parte, podemos contar con que no es nuestro enemigo. Quizá con eso baste para tranquilizarnos, pero, ¿por qué, además, nos reconforta? Tal vez cualquier sonrisa nos evoque las primeras que nos dedicaron nuestros padres, esos remansos de sereno, puro, inmaculado amor con que, en nombre del mundo, nos decían que estábamos a salvo, que no teníamos que sentirnos unos extraños, que éramos bienvenidos. Jamás se escribirán suficientes poemas a esos momentos —perdidos luego para siempre— en que el mundo nos contempla encandilado, y volcad...
Apuntes filosóficos al vuelo de la vida