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El poder de una sonrisa

Nunca dejará de asombrarme el poder de una sonrisa. No hablo de una sonrisa forzada, social, que es una mueca; hablo de esa amplitud cordial que ilumina todo el rostro. Ese simple cambio en la composición facial, una leve transformación de la expresión, tiene el poder de evocar todo lo bueno, todo lo cálido que una persona puede dedicarnos, y sobre todo su buena voluntad hacia nosotros, una predisposición mansa y acogedora. Quien nos sonríe está de nuestra parte, podemos contar con que no es nuestro enemigo. Quizá con eso baste para tranquilizarnos, pero, ¿por qué, además, nos reconforta? Tal vez cualquier sonrisa nos evoque las primeras que nos dedicaron nuestros padres, esos remansos de sereno, puro, inmaculado amor con que, en nombre del mundo, nos decían que estábamos a salvo, que no teníamos que sentirnos unos extraños, que éramos bienvenidos. Jamás se escribirán suficientes poemas a esos momentos —perdidos luego para siempre— en que el mundo nos contempla encandilado, y volcad...

La paloma de Kant

La paloma de Kant, ese bicho gruñón que mientras agitaba las alas maldecía al aire por oponerle resistencia, no deja de revolotear por mi pensamiento, trayéndome a mientes lo poquito que nos gusta que la vida nos cueste, y sin embargo lo mucho que necesitamos, como la paloma, esa resistencia para poder volar. Desde que fuimos expulsados del paraíso, cada día nos trae sus propios contratiempos. Sabio quien los disfrute: la mayoría nos limitamos a padecerlos. Añoramos una vida más fácil, más llevadera, menos cargada de obstáculos. Los que somos ansiosos, además, añadimos a los dolores reales el mal de nuestra preocupación, dando vueltas a amarguras pasadas que ya no tienen remedio, o anticipando incidencias que tal vez no lleguen nunca. Rabias y decepciones nos persiguen como espectros desde atrás, y un miedo grande e incierto nos invade hacia adelante. El dolor es, en suma, una mezcla de realidad e irrealidad que solo los humanos, con nuestra capacidad simbólica, hemos llevado tan le...

Elogio del error

Siempre me han fascinado los errores. Desconfío de todo lo que suene a heroico, tal vez porque siempre me supe incapaz de alcanzarlo. En la despreciada pequeñez de los errores alienta la grandeza de un pertinaz empeño del mundo por llevarnos la contraria. Avanzamos, convencidos, por el camino de la perfección y entonces tropezamos. Esos tropiezos nos dan la oportunidad de bajarnos del pedestal en el que parecemos destinados a soñarnos; renunciar a las nostalgias de grandeza que nos dejó la tierna infancia, al decir de los psicoanalistas. Recuperar nuestra verdadera medida, y, si tenemos la suerte de asumirla con ternura y humor, tal vez la verdadera sabiduría. Somos criaturas siempre inacabadas, sonámbulos que avanzan a tientas soñando con una luz diáfana y eterna. Los errores nos recuerdan hasta qué punto estamos y estaremos incompletos, y cómo nuestros sueños de grandeza no van más allá de simples quimeras. Kahlil Gibran, tan nietzscheano, proclamaba la lúcida locura del que se co...

La disonancia o por qué siempre nos damos la razón a nosotros mismos

¿Por qué la simpatía y la antipatía tienden a ir a más? ¿Por qué hay personas que parecen acaparar todas las virtudes, y en cambio otras solo nos parece que tienen defectos? ¿Por qué es fácil que nos decepcionen aquellos a quienes admiramos, y en cambio todos los hechos nos dan la razón cuando alguien nos cae mal? Cada día estoy más convencido de que la respuesta a estas preguntas está en nosotros mismos, en lo que el psicólogo Leon Festinger llamó la disonancia cognitiva (aunque sospecho que más que cognitiva es emocional). La teoría de Festinger viene a decirnos que, una vez asentada una convicción, encontraremos mil maneras de darle la razón, e ignoraremos todo aquello que la contradiga (es decir, que nos provoque disonancia). Si estoy convencido de que un compañero de trabajo es despreciable, tenderé a ver en él solo lo despreciable, y, curiosamente, permaneceré ciego a todo lo demás, o, si no puedo evitar verlo, buscaré razones para desprestigiarlo. Si intenta ser amable, lo co...

Cosas que no debemos saber

Tal vez haya cosas que no deberíamos saber, y que es temerario preguntar. "¿Le habrías elegido a él, si él te hubiese querido?": preguntar algo así es tentar a la suerte, es ponerse puntilloso con lo que buenamente se nos entregó. "Dime todo lo que no te gusta de mí", es acorralar a los demás y obligarles a que nos dañen. Los ojos prefieren no verlo todo, porque el corazón no quiere sentirlo todo. No siempre la verdad nos hace libres: a veces nos somete; porque la verdad, como todo lo puro, tiene a menudo algo de despótico. Cuando la decimos, nos libera del esfuerzo laberíntico en el que nos sumen las mentiras; pero estrecha nuestro camino y le roba muchas bifurcaciones que nos prodigaría la ambigüedad. Decir la verdad es darle definición a nuestro retrato, a menudo de maneras que no le hacen del todo justicia. Si admito haber traicionado, será inevitable que los demás me vean como un traidor: esa mancha quedará para siempre como un abismo de desconfianza entre n...

Sin prisa y sin pausa

La vida pasa por sí misma; las necesidades y los requerimientos la empujan y la van desplegando: en este sentido, la vida simplemente sucede. Su objetivo es realizar sus leyes básicas, y un buen día nos encontramos con que el tiempo la ha cumplido. En cierto modo, la vida no nos necesita para acontecer: no le hace falta nuestra atención, ni nuestra complicidad, ni nuestra voluntad. De pronto descubrimos que nos hemos hecho viejos, y nos preguntamos, atónitos, dónde estábamos mientras pasaba nuestra existencia. Como la gravedad tira de nosotros hacia abajo, la vida nos arrastra hacia delante, nos gasta y nos consume. Ese peso del existir es lo que Sartre llamó facticidad. Nos parece que se opone a nuestro proyecto porque notamos su tirón cada vez que queremos hacer algo propio, y no podemos hacer nada si no es contra el freno de su viscosidad. Pero lo cierto es que la facticidad no es una resistencia, sino el curso natural de las cosas. Es el proyecto humano el que se construye rebel...

¿Me dejaré descansar?

Como de costumbre, mis cuatro días de retiro al final del verano. Un retiro en buena parte simbólico, porque, como me dijo mi amigo Esteban, cuatro días son poco para reparar un año entero de sobresaltos. Sin embargo, bien vividos, pueden dar mucho de sí. Al menos me sirven para pensar que también he dedicado tiempo a cuidarme, a nadar en el remanso del silencio, a adentrarme, humilde y desnudo, en mi montaña, que es como una diosa madre que todo lo acoge y todo lo cura. Otro año, cuando haya más dinero y menos obligaciones, tal vez puedan ser más. Ahora no vale la pena darle más vueltas: hay que adaptarse a la facticidad. Cuatro días para que lo que cuente sea yo, para que me ausente de los interminables reclamos de lo cotidiano. ¿Podré conseguirlo? Mi mayor obstáculo está dentro de mí: en el hábito de estar en guerra, es decir, en guardia, en tensa expectativa, arrastrado por las voces histéricas que vienen a buscarme entre gritos de temor y que se quedan luego en la cabeza como i...