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Sin prisa y sin pausa

La vida pasa por sí misma; las necesidades y los requerimientos la empujan y la van desplegando: en este sentido, la vida simplemente sucede. Su objetivo es realizar sus leyes básicas, y un buen día nos encontramos con que el tiempo la ha cumplido. En cierto modo, la vida no nos necesita para acontecer: no le hace falta nuestra atención, ni nuestra complicidad, ni nuestra voluntad. De pronto descubrimos que nos hemos hecho viejos, y nos preguntamos, atónitos, dónde estábamos mientras pasaba nuestra existencia.


Como la gravedad tira de nosotros hacia abajo, la vida nos arrastra hacia delante, nos gasta y nos consume. Ese peso del existir es lo que Sartre llamó facticidad. Nos parece que se opone a nuestro proyecto porque notamos su tirón cada vez que queremos hacer algo propio, y no podemos hacer nada si no es contra el freno de su viscosidad. Pero lo cierto es que la facticidad no es una resistencia, sino el curso natural de las cosas. Es el proyecto humano el que se construye rebelándose contra ella, asumiendo el trabajo a menudo estéril, pero ineludible de atravesarla contracorriente. La libertad es estar dispuesto a contrariarla, con todas las consecuencias. La voluntad no tiene noción de sí misma si no conspira contra la facticidad. De vez en cuando, como la paloma de Kant, necesitamos notar la resistencia del aire en nuestra cara para tener noción de que estamos volando.

Por eso tenemos la sensación de que la aventura humana cuesta y cansa. Por eso la pereza es un placer el gusto de renunciar, de entregarse, de dejar que todo suceda por sí mismo: descansar, al menos por un rato, de la ardua tarea de nuestra voluntad, pero también es enemiga de nuestro proyecto. Si quiero educar a mi hijo, tengo que vencer la pereza de esforzarme por ponerle límites, para que aprenda a ponérselos él mismo. Si quiero tener amigos, debo poner paciencia cuando me cargan sus manías o sus mezquindades, debo superar los instantes en que los mandaría a hacer gárgaras o me desentendería de sus angustias, que desde fuera siempre nos parecen ridículas y molestas: amar sucede por sí mismo, pero hay que insistir en ello si no queremos que languidezca, como señalaba sabiamente Erich Fromm. Si quiero sentir la satisfacción de hacer bien mi trabajo, tengo que esforzarme por cuestionarlo cada día, por recoger y clasificar cuidadosamente mis errores como hacen los biólogos con las muestras de una charca, por concebir nuevos intentos como hacen los ingenieros, en su guerra sin tregua por domesticar los materiales. Si quiero sondear el enigma mediante la reflexión, tengo que ponerme a pensar, aunque me apetezca más seguir durmiendo.
Las necesidades de mi hijo, las contrariedades de mis amigos, las esterilidades de mi trabajo, el espesor confuso de las ideas, todo ello forma parte de la facticidad, y no es malo, y tampoco es malo que sucumba a ello y le deje hacer: que consienta en caprichos, que reniegue de personas, que repita lo que siempre he hecho, que apague el despertador y me desentienda del día que me reclama. Puedo elegir desentenderme, pero si lo hago estoy traicionándome, estoy descuidando mi proyecto, estoy faltando a mis valores. No renuncio solo a un acto concreto: renuncio a lo que la ejecución de ese acto tiene de construcción de mí mismo. Renuncio a ejercer mi voluntad, y en cada renuncia mi voluntad queda un poco más disminuida.

Así que la pereza no es mala, y a veces es incluso francamente buena. No es mala en lo que tiene de entrega y renuncia, y es buena porque nos enseña nuestros límites, nos ayuda a asumirlos, nos obliga a descansar cuando estamos llevando demasiado lejos nuestra pretensión prometeica. La pereza es un blando refugio para las tardes de derrota, es el lugar en que nos reencontramos con nuestra verdadera medida, nosotros que nos habíamos soñado omnipotentes. La pereza nos recuerda que casi todas nuestras pretensiones tienen algo de excesivo y de iluso, y que a la larga será siempre el mundo el que ganará, como el mar, cuando sube la marea, derrumba en un instante los castillos que habíamos levantado sobre la arena. La pereza nos devuelve a nuestra condición de perdedores, es una serena rendición a los límites y un cálido regreso al sosiego de las siestas y las tertulias, del tiempo que se deja pasar en balde, dulcemente entregado al devenir. Al quitarle hierro a nuestras aspiraciones crea una blanda pátina de comprensión y tolerancia sobre el mundo: la pereza es enemiga de los egos desbordados, de la desmesurada y orgullosa hubris, del rígido despotismo de nuestras obcecaciones sobre el entorno inocente. La pereza nos aplaca, nos hermana, nos sosiega, y por eso es el mejor antídoto contra los fanatismos y las rabiosas arbitrariedades.
Así que la pereza tiene mucho de bueno, y de sabio, y de alegre. Pero también plantea un precio: rendirnos a ella conlleva una renuncia; y rendirnos absolutamente es renunciar por completo. Si se convierte en hábito, corroe todos los otros hábitos y no les deja prosperar. Los vecinos de Koenisberg ponían en hora sus relojes cuando veían pasar a Kant: a la mayoría puede parecernos que el filósofo se pasaba de estricto, pero tal vez sin ese orden riguroso no habría podido crear la obra que nos legó. Si la pereza acaba mandando, nos roba el proyecto e instaura el imperio de la facticidad, que, decíamos, es lo contrario al proyecto humano. Todo lo valioso cuesta trabajo, y en especial la ética, la aspiración a elegir lo bueno, que suele ser difícil, frente a lo malo, que tiende a suceder por sí mismo. “Debo fracasar con frecuencia para tener éxito una sola vez”, medita Og Mandino.
Se puede hacer daño por pereza: cuando descuidamos lo que otros necesitan o esperan, cuando incumplimos nuestras responsabilidades o nuestras promesas. Por pereza podemos perder o hacer perder. ¿Puede ser perezosa la madre diligente? ¿Cabe la pereza en el enamorado? “Por pereza en limpiarme perdí dueña gentil”, escribe el Arcipreste de Hita en la divertida historia de los dos perezosos. Somos seres del proyecto y la tarea, somos exploradores y conquistadores, estamos hechos para desear y buscar y construir. “Quien no trabaja se consume de aburrimiento”, afirmaba el severo profesor de Koenigsberg. ¿Cómo cumplir todo eso sin entusiasmo y sin esfuerzo, sin plantarle cara a los despertadores y a las melancolías? Ultreia et suseia, cantaban los peregrinos: más lejos, más alto; no hay viaje sin brío. La pereza es una carcoma que mina nuestros pilares, que disuelve nuestros intentos, que interrumpe nuestro viaje. Es bueno rendirse a ella de vez en cuando; es malo no poder escabullirnos de ella cuando corresponde, o cuando queremos; como dice el Arcipreste: “La pereza excesiva es miedo y cobardía”.

“Persistí: por primera vez en mi vida tuve valor”, confiesa Rousseau, que tenía un talante inquieto y muy voluble. Frente a la pereza, tenemos como aliada la perseverancia, que por eso es una virtud. Y como todas las virtudes, tiene que ser inteligente: no todo, ni en todo momento, merece nuestro esfuerzo. Hay que aprender a hacer esa distinción, y hasta dónde el denuedo vale la pena, y a partir de dónde la insistencia lo único que nos dispensa es una pérdida mayor que la ganancia. Esto lo saben bien los que compiten en deporte, que aprenden pronto a economizar fuerzas en algunos momentos para tenerlas cuando realmente hacen falta. La mayoría de nuestros proyectos son carreras de fondo: hay que evitar arder con una llama demasiado rápida y acabar retirándose, hechos cenizas. Un curioso estudio con estudiantes universitarios encontró que los que se manifiestan más motivados tienen una probabilidad de abandono tan alta como los que declaran menos motivación. Se comprende: estos no tienen ganas, aquellos no son realistas. El que “se come el mundo” acaba indigestándose; el que pretende demasiado acaba decepcionándose, o sencillamente no puede sostener tanta intensidad.
Para que la vida tenga color, hace falta pasión; pero un exceso de pasión puede llevársenos la vida. Frente a la exaltación ilusa, a menudo tiene más valor la lenta insistencia de la gota de la perseverancia. Como suele decirse, “sin prisa y sin pausa”, o “vísteme despacio, que tengo prisa”. Hacer lo que deba ser hecho, y hasta un poco más, pero no mucho más. El camino medio de Buda: “Si la cuerda se tensa poco, no suena; pero si se tensa demasiado, se rompe”. La paciente perseverancia hará mucho más por nuestros proyectos que una enardecida presteza: “Quien sabe dominarse a sí mismo es como la estrella polar, que permanece en su sitio y todas las estrellas giran a su alrededor”, arguye Confucio. En el Salieri y Mozart de Pushkin, el italiano reprochaba a Dios no haber premiado una entrega absoluta a la música, sin ahorrar sacrificios, durante toda su vida: no se da cuenta de que lo que realmente perdió es lo que fue dejando por el camino; más le hubiera valido dar de vez en cuando un paseo, abandonarse a una dulce charla intrascendente con un amigo, cortejar a una muchacha o dormir una siesta. A veces hay que sacrificarse para llegar lejos, pero uno tiene que cuidar de no estar sacrificándose a sí mismo. Por otra parte, también hay pretensiones que simplemente resultan triviales, y que conviene abandonar. La pereza puede ayudarnos a equilibrar esos excesos. Y la perseverancia puede rescatarnos de la pereza. La vida está hecha de ritmos, y la sabiduría consiste en aprender a bailarlos.

Solo hay realidad en la acción. Sartre.
La habilidad y la constancia son las armas de la debilidad. Maquiavelo.
Haz pocas cosas si quieres conservar tu buen humor. Demócrito.

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