Los genes, contemplados desde el enfoque darwinista, nos están explicando muchas cosas bajo una perspectiva nueva, más o menos discutible, pero en cualquier caso muy sugestiva. Recientemente leí un esquemático pero impactante artículo que, partiendo de una obviedad evolucionista, saca consecuencias de mucho calado: si, a la luz de la evolución, estamos hechos para responder a las exigencias de la vida, y particularmente a lo que más anhela esta, que es perpetuarse mediante la reproducción, la pretensión humana de felicidad no solo resulta accesoria, sino que carece por completo de sentido.
Al gen egoísta le trae sin cuidado nuestro bienestar o nuestra realización personal: si ha inventado el placer no es para que disfrute el organismo, sino para motivarnos hacia conductas que cumplan funciones como la alimentación, la seguridad y la reproducción. Así es la implacable ley evolutiva: permanece el que se las arregla mejor para que sus genes sigan adelante. Y la felicidad, por cierto, no ayuda necesariamente al triunfo temporal de los genes; es más, en cierto modo embota y paraliza el organismo frente a otros organismos. En la cadena de las generaciones, se diría que el inquieto, el insatisfecho que no deja de buscar ni de luchar, tienen más oportunidades de persistir.
Aquí hallamos una clave plausible, por ejemplo, para el problema de por qué nuestros deseos nunca quedan del todo satisfechos, por qué nos aburrimos en seguida y a un deseo le sucede otro inmediatamente: no hay que detenerse, es preciso continuar, y para ello conviene permanecer insatisfecho, que no se adormezca el gusanillo de seguir buscando. Entendemos también por qué un cierto grado de ansiedad y de preocupación nos resulta estimulante, mientras que, como dijo Freud citando a Goethe, «nada es más difícil de soportar que una sucesión de días hermosos».
Y otras cuestiones por el estilo. Por ejemplo, los genes entenderían perfectamente por qué Baudelaire consideraba el tedio como el peor mal que puede aquejar a un individuo. Nos aclararían con mucha precisión por qué la bondad y el altruismo son convenientes en animales gregarios (puesto que predisponen a los miembros de la manada a cooperar entre sí), pero solo hasta cierto punto (porque en época de escasez habrá que competir; porque un altruismo sin prevención atrae a los oportunistas; porque una bondad ingenua implica una debilidad que ni siquiera les resulta atractiva a posibles cooperadores). Comprendemos por qué no hacemos nada sin esperar algo a cambio, incluso cuando lo único que esperamos es la gratitud o el reconocimiento de haber cumplido lo socialmente correcto (que aumentan la predisposición a cooperaciones futuras). Se nos ocurren explicaciones congruentes, en fin, a por qué somos y seremos siempre mentirosos y violentos.
¿Tiene entonces algún sentido la ética, en tanto que proyecto personal, a la luz de la psicología y la sociología evolucionistas? ¿Queda algún lugar justificable para los valores, la moral, lo correcto, en una vida regida por las leyes de la biología? La tentación de responder negativamente es grande, pero a poco que se reflexione se le encuentran objeciones y se detecta su peligro de reduccionismo. El autor del artículo se precipita al persuadirnos de no intentar siquiera algo tan quimérico como ser felices.
Sucede que el ser humano cuenta con la particularidad excepcional de que, siendo producto de la biología, ha accedido a una esfera que está más allá de la biología. No hablamos de alma o espíritu, ni nada esotérico: nos referimos a fenómenos como la sociedad, la cultura y la libertad (o la voluntad, si se prefiere).
El gregarismo humano, a diferencia de los hormigueros o las manadas de ciervos, crea agrupaciones multitudinarias que cuentan con una estructura y unos códigos no innatos: las sociedades. La sociedad se rige por la norma y la institución, fruto e instrumento del poder, del pacto y de la arbitrariedad. Basadas en abstracciones, la norma y la institución son condicionantes singulares y variables de la conducta.
La cultura, por su parte, es un producto de las sociedades. Se trata de una superestructura que crea artefactos, instrumentos y costumbres que nacen con vocación de utilidad para el organismo biológico, pero que van más allá de él y acaban por envolverlo. Ahí están, por ejemplo, fenómenos tan poco propicios a la evolución, y a veces incluso contrarios a ella, como la solidaridad, la patria o la religión.
Y, más allá de lo colectivo, nos encontramos con el hecho innegable de que cada individuo cuenta con una visión del mundo y un conjunto de principios que, traducidos en proyecto ético, guían su comportamiento, y no siempre en beneficio de sus genes. Sin ir más lejos, ¿puede haber una conducta más contraria al impulso de transmisión de los genes que la opción personal de no tener hijos?
Así pues, el hombre es biología, pero no solo biología, y los genes constituyen una poderosa explicación de su manera de actuar, pero ni mucho menos la explican toda. «El hombre es el ser que decide lo que es», postuló Viktor Fankl después de sobrevivir a los campos nazis. Y Sartre defendió, de modo bastante convincente, que la condición humana se caracteriza por la ineludible obligación de elegir, que conlleva, a su vez, la responsabilidad por la elección realizada. Si hubiésemos de ceñirnos en exclusiva al dictado de los genes no solo deberíamos renunciar a la felicidad: tampoco valdrían para nada el arte ni la filosofía, ni tendría el menor sentido esforzarse por establecer un código ético que estipule lo que es deseable y lo distinga de lo que nos parece incorrecto.
Pretender algo tan ficticio y totalitario como la felicidad, sin duda, tiene mucho de mito, de moda y de industria, pero, en tanto que aspiración humana, no merece ser banalizado en nombre de los instintos. Para empezar, no todos concebimos la felicidad de igual modo. Resulta tan abstracta como la justicia o la bondad.
La idea de un estado de satisfacción y serenidad puras y definitivas suena, desde luego, a ilusa, pero no solo porque vaya en contra de las leyes evolutivas, sino ante todo porque va en contra de la existencia misma, que incluye, ineludiblemente, la frustración, la pérdida y el sufrimiento. Frente a esta convicción, ya el budismo propugnó un camino basado en un alivio más realista, aunque igualmente ambicioso: la aceptación, sin componendas, de la realidad del dolor; la actitud de desapego y la práctica de esa experiencia de conciencia cósmica que es la meditación. Un proyecto parecido trazaron los epicúreos y los estoicos: todos ellos aspiraban a una felicidad humilde, basada en la austeridad y la sencillez, y sus consejos siguen iluminándonos aun en la actualidad posmoderna de la productividad y el consumismo.
Estaría fuera de lugar repasar aquí todas las propuestas de felicidad que se han concebido en la historia de la humanidad: basta con comprobar que los modelos son diversos, y no solo por lo que respecta al manido concepto en sí, sino en todo lo que tiene que ver con el proyecto personal del ser humano (el sentido, las metas, los valores, los afectos…). Por supuesto, todo eso no existe aislado de nuestra base biológica, ni siquiera cabe considerarlo superior a ella: es solo una parte más de la complejidad del ser humano, pero una parte lo bastante significativa como para concluir que los genes no la invalidan. Que los genes hagan su vida: nosotros, para bien o para mal, haremos la nuestra.

Comentarios
Publicar un comentario