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Alta entropía

El sociólogo Zygmunt Bauman menciona la alta entropía que provocan los países ricos, refiriéndose a que son los más voraces consumidores de recursos, y, por consiguiente, generan la mayor parte de la contaminación y los residuos. En definitiva, actúan como los principales agentes de deterioro y desorden. Y no solo desde el punto de vista material: esa situación de privilegio no se sostendría sin una continua intervención política y militar en el resto de países, a los que deben manipular, agitar, sojuzgar y forzar para mantenerlos a raya en esa relación de sometimiento a la que necesitan relegarlos.


El término que Bauman toma prestado de la Física es afortunado, como suelen serlo todos los suyos, aunque, más que a los países, habría que referirlo más bien a las clases dominantes, a las minorías privilegiadas que, también dentro de los propios países pobres, saquean y someten a la mayoría de la población. El cogollo de la entropía es resultado de los intereses y las actividades de las élites, de su insaciable voracidad y sus permanentes rivalidades. Si bien hay que admitir que el triunfo global del capitalismo ha consagrado, para todos los estratos sociales, un tipo de vida que se basa en el consumo frenético de recursos y de bienes, una espiral en la que la satisfacción se asimila a la compra de productos, y la vida se considera mejor cuanto mayor es la capacidad de acaparamiento y de desperdicio. 

Se trata de dinámicas macrosociales de sobras referidas por numerosos teóricos. Aquí propondremos extrapolar el término de Bauman a ese otro nivel micro de la interacción entre individuos y dentro de pequeños grupos. Porque también en ese ámbito más elemental, pero no por ello más simple, determinadas personas hacen acopio de recursos a costa de los demás, y conspiran y manipulan a los que les rodean para apropiarse de su atención, de su tiempo, incluso de su ánimo. Es decir: provocan una alta entropía
Hay quien se ha referido a ellos como vampiros, en un símil también muy acertado, en cierto modo más potente por sus resonancias simbólicas. ¿Qué hacen estas personas? Se las arreglan para que, en sus contextos de relación, todo lo posible gire en torno suyo. En una reunión, por ejemplo, procurarán acaparar la atención, lo cual no tendría nada de reprochable si no fuera porque compiten ansiosamente, interrumpen, avasallan, ridiculizan si es necesario, para relegar a los otros a meros espectadores o comparsas de su espectáculo. Se dirá que se trata de una competencia honesta y hasta cierto punto inevitable, que muchas veces cuenta con la complicidad del resto (hay quien prefiere, sencillamente, pasar desapercibido), y que, al fin y al cabo, es natural que los más inteligentes y los más ingeniosos detenten el protagonismo. Sin embargo, en esa «ley del más fuerte» suele estar jugándose una batalla de poder que se gana a costa de la mayoría: estos personajes, los que entorpecen, contaminan y hasta impiden la posibilidad de que todo el mundo ocupe un espacio y juegue un rol en la sociabilidad, son los que estamos asimilando a «vampiros» sociales, los que parece apropiado considerar ávidos agentes de entropía. 
Hay que hacer lo que ellos dicen, o someterán a los demás al reproche, al rencor, a la amenaza. Hay que darles la razón aunque no la tengan, porque de lo contrario reaccionarán agresivamente y perturbarán la armonía grupal. Hay que dar respuesta a sus necesidades para que no estorben las de los demás. Si se contradicen o se equivocan, siempre encontrarán a alguien a quien echarle la culpa. En realidad, muchas veces son individuos con problemas de autoestima o de madurez, aunque con una gran capacidad corrosiva —entrópica—. Mala suerte para quienes se crucen con ellas (¿alguien no lo ha hecho?): ya no tendrán tranquilidad, y, si no se pliegan a sus maniobras y no cuentan con la energía y la destreza para aplacarlas, tienen muchos números para convertirse en sus víctimas. 
La narrativa y el cine han retratado a menudo este género de individuos, que hoy incluiríamos en esa vaga categoría de la gente tóxica. Sin embargo, la literatura y las películas tienden a caracterizar sus personajes con trazo grueso, convirtiéndolos muchas veces en caricaturas de las personas reales. Nuestros vampiros suelen formar parte de las filas de los «malos», los adversarios de los protagonistas, lo cual dificulta ahondar más en su psicología, en los matices de su inquietud, la profunda carencia que suelen encubrir. Algunas obras, sin embargo, se han esforzado por matizar la íntima vulnerabilidad que subyace en el mítico triunfador, como la película Ciudadano Kane, o en el esnob catedrático universitario, como Tierras de penumbra. En otras asistimos al deterioro propio y el grado de destrucción ajena que pueden alcanzar estos personajes, cuando son incapaces de juzgarse a sí mismos con lucidez y pierden la referencia de sus propios excesos; un ejemplo brillante —entre muchos otros— lo encontramos en el Magistral Fermín de Pas de La Regenta, lastrado por ese tipo de avidez social y de impulso de apropiación al que nos estamos refiriendo. 

Impulso que, como es obvio, remite a una forma de poder. El vampiro se apropia de la energía, de la fuerza, de la propia vida (todas ellas simbolizadas en la sed de sangre) de los que le rodean. Irrumpe violentamente, ocupa sus espacios, gasta sus tiempos. Se ensaña, lógicamente, más con unos que con otros, según la predisposición de cada cual a adoptar ese papel subalterno y su torpeza a la hora de frenarlo. Las personas con tendencia al victimismo siempre acaban por encontrar un verdugo. 
De hecho, el victimismo es un fenómeno asombroso, que merece ser estudiado a fondo, porque cuenta con más matices de los que se le aprecian a primera vista. El rol de víctima inspira compasión y por tanto predispone a ponerse a su servicio: ahí vislumbramos que también confiere su propia cuota de poder. Este victimismo instrumental puede ser usado por los propios vampiros, que pueden manejarlo provocando desconcierto o culpabilidad: nada nos da más poder que ser capaces de inspirar culpa. 
Sean cuales fueren sus recursos, el avasallador suele arreglárselas para someter de algún modo a los que le rodean. Quizá, más que someter, habría que hablar de robar; como decíamos, les parasita sus espacios, sus tiempos, sus proyectos, sus deseos; sus posibilidades de triunfo, la atención de los otros; en definitiva, la dedicación a sus propios intereses, en lugar de ponerse al servicio de los del vampiro

¿Cómo salir bien parado frente a estas personas? ¿Cómo ponerlas en su sitio, o al menos evitar que nos saquen del nuestro? No es fácil: cuentan con muchas artimañas para hacernos bailar al son que les conviene, a menudo sin darnos cuenta. Como expertos timadores, se caracterizan por una gran habilidad para embaucar y persuadir. No hay mejor táctica, para imponer algo sutilmente, que aprovechar que el otro se halla desprevenido o incluso confiado en su imbatibilidad. 
Fortifiquémonos: una sólida autoestima, un proyecto de vida firme y un carácter enérgico son buenos remedios que contraponer a quienes pretendan sumirnos en una «alta entropía». El mejor momento para detenerlos es antes de que desplieguen todos sus recursos, cuando aún nos están tanteando para saber hasta dónde alimentaremos su voracidad. Haremos bien en mantenernos atentos, en dejar claros nuestros límites o, llegado el caso, en poner tierra por medio. 
Cierto que a veces no podemos alejarnos de ellos o mantener una contención prudencial; por ejemplo, cuando forman parte de nuestros círculos habituales (de amistad, de trabajo…). Entonces, la relación es ineludible y no habrá más remedio que arreglárselas con ella. Es difícil contenerlos cuando cuentan con un prestigio sólido y ya se les ha atribuido un rol de privilegio: llevarles la contraria podría predisponer a los demás contra nosotros, o concitar su desaprobación. Tal vez resulte preferible hallar una situación de compromiso entre seguirles el juego y ponerle coto a este. 
En cualquier caso, nos encontraremos personas de este tipo que no podremos o no nos convendrá evitar. Entonces tendremos que echar mano del sentido común, de esa phrónesis o prudencia que proponía Aristóteles como guía sensata de la vida. El intercambio humano consiste en un intrincado juego de solicitudes y cesiones: a fuerza de errores bien aprovechados, tal vez logremos convertirnos en expertos.

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