Los genes, contemplados desde el enfoque darwinista, nos están explicando muchas cosas bajo una perspectiva nueva, más o menos discutible, pero en cualquier caso muy sugestiva. Recientemente leí un esquemático pero impactante artículo que, partiendo de una obviedad evolucionista, saca consecuencias de mucho calado: si, a la luz de la evolución, estamos hechos para responder a las exigencias de la vida, y particularmente a lo que más anhela esta, que es perpetuarse mediante la reproducción, la pretensión humana de felicidad no solo resulta accesoria, sino que carece por completo de sentido. Al gen egoísta le trae sin cuidado nuestro bienestar o nuestra realización personal: si ha inventado el placer no es para que disfrute el organismo, sino para motivarnos hacia conductas que cumplan funciones como la alimentación, la seguridad y la reproducción. Así es la implacable ley evolutiva: permanece el que se las arregla mejor para que sus genes sigan adelante. Y la felicidad, por cierto...
Apuntes filosóficos al vuelo de la vida