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1984 posmoderno

Esa posmodernidad que se jactaba de haber desmantelado los grandes relatos, liberándonos de su larga sombra, ha hecho poco más que volar todas las certidumbres, sin dejar a cambio, al menos, alguna propuesta de brújula o de mapa. Su minucioso vendaval nos ha reducido a la condición de náufragos, chapoteando en un océano sin horizonte, a merced de piratas y de extravagantes ínsulas Baratarias.


Entre todos asesinamos a César. Como enardecidas brigadas de demolición, ardientes conjurados, las muchedumbres del siglo nos hemos lanzado en tromba a despedazar uno a uno los sillares de esos monumentos formidables, esos templos colosales, que fueron las viejas ideas heredadas de los tiempos que aún tenían pasado y futuro. Libertad, igualdad, fraternidad, cielos o infiernos, reliquias o utopías, los conceptos sagrados de todo signo saltaron en pedazos como bastillas ideológicas y carcomidos muros. 
Entusiastas renegados, invocamos la gloria de la deconstrucción. Amalgamados en una masa homogénea, una marea más allá del bien y del mal, abolimos las clases y los grupos y proclamamos la universalidad del vacío. Y en una apoteosis nihilista, creímos haber conquistado la auténtica verdad de los escombros, que es una verdad virtual y rota que se desmenuza entre los dedos. Y nos hemos celebrado en el colmo de la libertad solo porque no quedaba incólume un solo asidero. 

Pero tras el crepúsculo de los dioses gigantes sobrevino la proliferación de los menores. Se alzaron nuevos ídolos entre las ruinas de los antiguos. Colmada toda profundidad, igualado el relieve al ras del horizonte, quedó un paisaje de páramos baldíos, donde cada cual se procuró amparo como pudo. Profetas bastardos improvisaron cochambrosos templos y dogmas escritos en pañuelos descartables. A su amparo medraron, con variopinta indumentaria, los sátrapas de siempre. Y fundaron sus nuevas tiranías. 
Hoy las ideas se compran y se venden como mugrientas baratijas en el rastro. Pero algunas han prosperado, convirtiéndose en banderas de sutiles dictaduras, pendones que plantan los amos de la propaganda, y que les sirven, como sirvieron siempre, para someternos, reinventando toscos totalitarismos. En esta época que ha hecho del negocio un nuevo feudalismo, todo está aparentemente permitido, pero siempre que no discrepe de los usos decretados por los talibanes contemporáneos. Hasta los derechos, quizá el mayor logro de la cultura, se han desnaturalizado, disgregados en mil sombras que hacen imposible distinguir lo que es digno proyecto de la arbitrariedad interesada. La deconstrucción de las ideologías ha soltado sus monstruos, y el primero de ellos es un nuevo fanatismo, una reformulada proscripción —más sutil, aunque igual de extremista que otras del pasado— de la diferencia. 

Hoy, en nuestra sociedad, no se mata ni se muere por ideas, pero se condena y se exilia y se persigue a quien disiente, empezando por quien se atreva a visitar la tumba de los dioses muertos. Pobre de quien no se muestre complaciente con las verdades triunfantes, pobre de quien no se resigne al paisaje del escombro. Hoy los exiliados son virtuales, se les encuentra lapidados por el vituperio de las redes sociales, o relegados al ostracismo de lo arcaico. Tanta deconstrucción para acabar donde siempre: a merced de las minorías que detentan el poder, que —inmune, él sí, a ninguna deconstrucción— permanece intacto como rector universal de los destinos, y más o menos en las mismas manos. Es la pesadilla de Orwell disfrazada de parque temático. 

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