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Espectadores

“Todos los bienes del mundo pasan presto, y su memoria, salvo la fama y la gloria”. Desde el desván de los siglos nos llega el hermoso canto de Juan del Encina para recordarnos la fugacidad de la vida y esa endeble respuesta que le da nuestra condición social, esa ínfima pero brillante prórroga que nos proporciona el buen nombre. La Contrarreforma se encargará de oponer al entusiasmo renacentista la sentencia, lúgubre pero realista, del vanitas vanitatis del Eclesiastés, crudamente representada en las calaveras de las pinturas barrocas, que parecen dirigirnos aquella máxima de “Cual me ves, te verás”. 


Sin embargo, aunque la sepamos inconsistente y pasajera, la fama, como la riqueza, sigue implicando una significativa motivación para casi todos. No tanto ya esa gloria perdurable que exaltaba Juan del Encina, porque si de algo estamos curados hoy es de cualquier durabilidad. Los desengañados y pragmáticos ciudadanos de la posmodernidad vivimos de espaldas a la muerte, la última frontera, más allá de la cual no vale la pena mirar mucho. Hemos sido exiliados para siempre de la eternidad. Cuando faltemos faltará todo, incluidas las cenizas de la fugaz memoria de lo que fuimos; ya se apañarán los que queden. Para nosotros, efímeros habitantes de la bella y agitada existencia, la fama es solo un bonito adorno de la vida. Pero a nadie la amarga un dulce, aunque dure poco y, a la larga, ya no estemos para degustarlo. 

Nunca fue tan decisivo para nuestra satisfacción el hecho de contar con una buena imagen. La imagen, la admiración, la consideración social, se nos antojan, a menudo, más importantes que la realidad. El mundo es, más que nunca, un espectáculo, y a cada cual le va no según lo que es, sino según le ven. Para vivir bien no hace falta ser admirable, sino ser admirado. No seré tan cínico como para afirmar que la gente no valora la autenticidad cuando se mira al espejo, pero hoy no nos basta una virtud que no es pública y consagrada. 
La virtud silenciosa, ahora que no está Dios para reconocerla, es casi como si no existiera. Claro que todo empieza por el respeto hacia uno mismo, pero, ¿nos basta acaso si luego no lo confirman los demás? No se trata solo de una frivolidad, es una cuestión prácticamente existencial: solo existe lo que es visto, lo que es proclamado. Y es que no hemos dejado de ser animales sociales, y necesitamos espectadores porque nuestra identidad y nuestro valor dependen de las miradas que los contemplan, se construyen en el hecho de ser vistos. 

No hay nada nuevo en ello, como decíamos: forma parte de la mera esencia del ser social. De hecho, para nuestros antepasados, un reconocimiento como parte de la tribu y un buen estatus en su seno resultaban mucho más decisivos que para nosotros: podían marcar la diferencia entre la prosperidad y la pobreza, la vida y la muerte. Fuera de la tribu no había nada para el individuo, ni siquiera el individuo mismo. La persona se configuraba desde la relación y la pertenencia. 
Así ha sido siempre: nadie puede vivir en un absoluto anonimato. Es lógico, por consiguiente, que nos esforcemos por captar espectadores. En esto, todos somos un poco histriones, todos afinamos nuestra representación social para que capte la atención ajena y, siempre que sea posible, la admiración. Espectadores: su presencia, su aplauso, su aquiescencia confieren grosor, consistencia a nuestro ser. La mayoría sabemos que no saldremos por televisión, que no tendremos el aplauso de miles de personas como una estrella mediática. Pero, dentro de nuestro humilde espectáculo cotidiano, ansiamos un papel y un público, y luchamos por conquistarlos.  

Comentarios

  1. Coincido en que lo más importante es la percepción que se tenga de uno mismo. Creo que ahí se forja la autoestima y la confianza suficiente para vivir razonablemente feliz. Sin embargo, es cierto que quizá no es suficiente y para que ese estado perdure, necesitamos del apoyo de los demás.
    Aquí tienes, querido amigo, mi admiración y sincero aplauso.

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    1. Jajaja, lo mismo digo. La amistad también tiene su discreto, honrado, afectuoso espectáculo. ¿Qué sería de nosotros sin él?

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