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Entradas

No está en nuestras manos

Tenía razón Buda al señalar el apego como origen último de todo sufrimiento mental. Traducimos los deseos en expectativas y anhelos, y entonces nos aferramos a ellos, empeñamos en su realización nuestro bienestar. Tal vez en el fondo sepamos que no es cierto, tal vez solo se trate de una ilusión, pero así se asienta nuestra convicción.  Y de esa manera nos abocamos al padecimiento. Sufrimos de antemano (porque esperamos con temor de no obtener, porque insistimos obsesivamente, porque centramos todo nuestro esfuerzo en persecuciones a menudo quiméricas); sufrimos mientras poseemos, en lugar de disfrutar (porque nos angustia el temor a la pérdida, porque nos decepciona que las cosas no sean como esperábamos) y sufrimos cuando las cosas se acaban (porque no nos basta haberlas disfrutado, nos obcecamos en su duración; o bien porque nos dejan exhaustos, después de la tristeza y la lucha). Y, en los tres casos, nos sentimos responsables del triunfo o el fracaso: responsables de consegu...

Esquiva belleza

La belleza es el amanecer de la alegría, el anuncio y la huella del gozo. Se le ha consagrado como diosa con razón, pues tiene una esencia de misterio que escapa a nuestra voluntad y que, además, inspira reverencia. Ante la belleza quedamos atrapados y rendidos, instados, como dice Schopenhauer, a «comportarnos igual que con un rey: colocarnos delante y aguardar a que nos diga algo».  La belleza se impone envolviéndonos con su poder de atracción. Valedora del placer, emplaza a nuestras motivaciones, inspira un movimiento de aproximación y de apropiación. Lo bello nos inspira alegría, frescura, armonía con el mundo. Lo bello consuela e ilumina, es un deleite que evoca otros deleites, una dulzura que anuncia, que se apresta. Queremos que lo bello sea nuestro, porque nos gustaría seguir maravillándonos en su presencia indefinidamente.  Es también una llamada, una convocatoria a la vida. Es ese encanto necesario del que hablaba Oscar Wilde. La belleza nos embarga, y en este sent...

Atisbo de la eternidad

«Y la nostalgia del instante de eternidad nos acompaña siempre», glosa con sugestiva imagen el sociólogo Francesco Alberoni acerca del enamoramiento. Habría que precisar: el enamoramiento de los desheredados, el que nos encandila pero no nos elige. El enamoramiento que nos consagra perdedores, y de ahí la nostalgia. «Haz que vuelva su rostro quien no quiso mirarme», canta Serrat.  ¿Y dónde está la puerta por la cual ingresamos en la eternidad? El novelista Milan Kundera nos lo expresó en una de sus frases más memorables: «El amor puede surgir con la primera metáfora». El destello de eternidad acontece cuando la realidad —tan plana, tan prosaica, tan literal— se inviste de simbolismo y se pone al servicio de lo poético. Es entonces cuando viene a imponerse el sueño, trastocándolo todo, cambiando de lugar las cosas y los significados. Había un anhelo contenido y se abrió la espita.  El enamoramiento es una marea que rebosa, una flecha que se proyecta hacia el futuro. Se hacen ...

Una pareja

Conozco a una pareja que se martiriza y se quiere. Supongo que no es un contraste singular; pero resulta que esta pareja me queda cerca y me importa personalmente. La conozco bien. Por eso nunca agoto con ella el desconcierto.  Sucede además que me importan, y solo con eso queda justificado mi interés por su historia. Río y sufro con ellos, y el espectáculo de su vida forma parte del argumento de la mía, así que los observo con pasión y no dejo de hacerme preguntas. Cuestiones para las que hace tiempo que no espero respuesta, que han entretejido de enigmas la textura de mi proximidad.  Llevan toda la vida conviviendo, ya el último acto queda cerca. Eso pone un punto de dramatismo en su contemplación. Mirar por una tronera su paisaje, hasta donde alcance la vista, es una ofrenda de cariño y un modo de interpelar a la propia vida, que siempre escapa. Temo que apenas disfrutaron juntos, y sin embargo jamás se separaron: quizá no fueran del todo infelices, y tuvieran razones par...

Los álamos de Kurkuréu

Dicen que en Kurkuréu, una aldea del Kirguistán que quizá no existe, hay dos álamos que cantan cuando sopla la brisa. Los árboles gemelos, orgullosos y plácidos, se asoman a la aldea desde la cima del otero que la preside. Imposible contemplarlos sin sentir la emoción de la firme sintonía con que ejercen de centinelas de las sencillas gentes del lugar. Y dicen los lugareños más viejos que en aquella colina, justo detrás de donde ahora están los álamos, hubo un rudimentario cobertizo que acogió, hace mucho tiempo, la primera escuela del pueblo.  ¿Hablarán de amor los álamos cuando los mece el viento? Seguramente. Pongamos que de amores necesarios e imposibles, como el de la joven Altinái por su mentor Duishén en el relato El primer maestro , del escritor kirguí Chinguiz Aitmátov. Duishén es un joven campesino, más bien simple e idealista, que se empeña en organizar una escuela en una remota aldea de las estepas, y en el despliegue de esa tarea adquiere la dimensión de un héroe en...

Tiempo libre

El esperado sábado me alcanza con la flojera de la melancolía. Paso mala noche de sueño inquieto, peregrinajes al baño, miradas al reloj y esperanzas de que la claridad empiece a insinuarse en las ventanas.  Al fin me levanto, me apoyo en el ritual del desayuno, intento leer y no logro concentrarme. Yo quería un puente de respiro entre semana y semana, pero ahora que lo atravieso descubro, tambaleante, que no es más que una insegura pasarela, y añoro la tierra firme del trabajo. No acabo de hallarle razones para la gratitud.  ¿A qué se deben las tristezas súbitas que, como un día plomizo o una madrugada inhóspita, irrumpen a la hora de la supuesta paz, para inundar el mundo de sinsentido y extrañeza? ¿En qué recónditos parajes se preparan, de qué ocultos pozos brotan? Uno va sobrellevando la vida, más o menos entero, más o menos diligente y productivo, guarecido en la santa rutina, embebido en los asuntos irrisorios de la cotidianidad, y parece que todo está ya escrito, que ...

Regalos

¿A quién no le gusta recibir un regalo? El obsequio que nos trae un invitado, el detalle que nos dispensa un amigo largo tiempo ausente, los agasajos que recibimos por nuestro cumpleaños: todos ellos tienen el agradable sabor de las buenas intenciones, el halo tan grato de las ofrendas. Sin embargo, tras la costumbre de hacernos regalos unos a otros hay mucho más que una muestra de afecto o generosidad, hay implícito un complejo juego de intercambios que nos remite a lo más profundo de nuestra naturaleza.  Un regalo puede constituir un mero reconocimiento, una señal de gratitud o de estima (de la gratitud que nos despierta la estima), incluso una manera de compartir la alegría, de hacer al otro partícipe de mi satisfacción. Pero, ante todo, y probablemente en origen, un regalo es un modo de crear una deuda, de comprometer al otro a hacer algo por nosotros, si es que en algún momento resulta necesario. Somos animales sociales, la sociabilidad se basa en el intercambio, el intercam...