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A cada uno lo suyo

El psiquiatra M. Scott Peck cuenta, en su famoso libro La nueva psicología del amor , una anécdota que invita a reflexionar. Ejerciendo como interno en un hospital, se encontró desbordado de trabajo. Decidió plantear a su jefe que le resolviera esa molesta situación. El superior se limitó a replicarle, con mucha amabilidad pero con firmeza, que el problema era suyo, y por tanto le correspondía a él buscarle una solución.  Hacerse cargo de los propios problemas, en lugar de endosárselos a los demás o pretender que ellos nos los resuelvan, es una incómoda usanza que se llama responsabilidad. Todos hemos esperado a veces que los demás nos saquen las castañas del fuego, todos hemos intentado cargarles con nuestras responsabilidades, incluso  ― ¿especialmente? ―  cuando se trata de líos que hemos provocado nosotros. Y para delegar sin remordimientos, llegamos a engañarnos sobre la causa de los desaguisados, que procuramos colgar a los demás, o al pérfido mundo. La culpa de l...

Umbrales

Umbrales. Las cosas se sostienen manteniéndose en una disposición determinada, y resisten en ese estado a las fuerzas que las zarandean, las desgastan, las modelan o las minan… hasta que se alcanza un estado crítico, un punto de inflexión en el que esas fuerzas las vencen, las transforman, las convierten en otra cosa. Pequeños cambios se acumulan hasta que se desata un vuelco grande. Ese punto preciso, en el que un cambio ínfimo transforma completamente un estado global, es un asombroso enclave del flujo de los sucesos.  Se habla del efecto montón de arena , aludiendo a ese acumularse hasta que un solo grano traspasa la tolerancia de la estructura y provoca un desmoronamiento, tal vez aparatoso. La sabiduría popular lo recoge en la expresión “la gota que desbordó el vaso”: el recipiente tolera que le vayan colmando una gota tras otra, y no pasa nada; se diría que siempre cabe una gota más. Pero, en el límite, hay una que inevitablemente será la última; cuando el recipiente está a...

Invisibilidad

Recuerdo que, cuando yo era pequeño, las personas mayores parecían pertenecer a un mundo remoto de asuntos serios y complicados, al que mi simpleza infantil (según se me daba a entender) no podía tener acceso. Aquellos gigantes lo eran todo en la misma medida en que yo para ellos no debía ser nada.  Ellos sabían, ellos mandaban, ellos tenían todo el poder, y yo por eso les temía, y a la vez les debía gratitud porque, aun siendo inútil y molesto, me sustentaban y me protegían, y sobre todo tenían la deferencia de dejarme existir. De hecho, para la mayoría de aquellos semidioses siempre ocupados en gravísimos, indescifrables quehaceres, yo a duras penas existía, y, cuando me cruzaba con ellos por la calle, tenía la clara impresión de que a sus ojos era invisible.  Entonces no me daba cuenta de que, en el fondo, para mí ellos también lo eran. En la adolescencia, cuando empecé a interrogarme más conscientemente sobre mi lugar en el mundo y entre los demás, comprendí con amargura...

¿Por qué (no) nos entendemos?

¿Cuáles son los factores que favorecen o dificultan la comunicación entre las personas? ¿Qué es lo que hace que dos personas se ensamblen de maravilla, compartiendo de forma casi inmediata un código y hasta puntos inauditos de complicidad? ¿Y qué hace, en cambio, que haya gente con la que no logramos entendernos, por mucho que pongamos buena voluntad y apertura de miras?    Es obvio que el hecho de compartir referente cultural y social facilita de entrada la comunicación. Dos personas pertenecientes a un entorno similar tienen muchas cosas en común: valores, costumbres, expectativas, conceptos, incluso maneras de expresarse. Habitar una misma zona geográfica o pertenecer a una misma generación son rotundos factores de proximidad, que de hecho se incorporan como señas de identidad y, por ello, tienen un efecto cohesionador; el idioma, en particular, juega un papel decisivo en la probabilidad y la fluidez de una interacción. Hay otros aspectos que condicionan radicalmente la ...

Partidarios de la alegría

Somos partidarios de la alegría. Convencidos, fervientes, entusiastas adeptos. La alegría de Epicuro, que paseaba con amigos y saboreaba un trozo de queso. La alegría del Quijote, cabalgando a la zaga de sus sueños. La alegría de Spinoza, que la invocaba como fuerza de la vida. La alegría de Nietzsche, contemplando desde las cumbres las vastas lejanías.  Sabemos que ella es frágil y está sola; que a menudo se extravía por quebradas y despeñaderos, y muchos sucumbieron en el afán de rescatarla. Sabemos que, de tan bella, resulta poco convincente. Sabemos que muchos la socavan y pocos la edifican. Sabemos que es fácil arrasarla y difícil restaurarla.  Por eso estamos ahí, porque nos necesita de su parte. Ahí estamos, celebrando su tímido amanecer, sus misteriosos crepúsculos. A veces, al caer de la noche, nos sobrecoge la duda; ¡parece tan poderosa la negrura! Hay un instante en que todo se tambalea. Pero echamos mano de una canción antigua o de las palabras de un maestro, y v...

Lo que nos queda

“No es amarga la verdad ―canta Serrat―, lo que no tiene es remedio”. ¿Tenemos remedio nosotros? ¿Al menos en parte? ¿Y en qué parte? ¿Y cómo?  Yo creo que no tenemos mucho remedio, y esa sí es una amarga verdad. Se nos esculpió a fuego, y ya no hay vuelta atrás. De niño me traspasó la sospecha de no merecer que me quisieran; no esperarlo me hizo receloso. Y esa convicción, por irracional y desesperada que emergiera, es tan profunda, tan primitiva, que tras una vida de reflexiones, terapias, lecturas y experiencias, sigue rigiendo el meollo de mi personalidad. La voluntad no ha logrado curarme de mí mismo. Hasta el punto de desechar inconscientemente lo que contradice mi primitiva convicción, y colaborar con lo que la reafirma.  Para cuando nos descubrimos adultos, lo esencial ya está compuesto: difícilmente llegaremos a nadar lejos de esa patria. ¿Nos queda algo por hacer? “Suicídate”, me sugirió una amable muchacha a la que rondé ―por suerte poco tiempo, y con evidente maso...

Risa, pero indulgente

¿Han visto Zorba el griego ? Las torpezas duelen menos con una carcajada. “Me reiré de mí mismo porque el hombre es lo más cómico cuando se toma demasiado en serio”, propone Og Mandino. Dicen que el viejo Demócrito no podía contener la risa cuando pensaba en la histriónica condición humana, y ya sabemos aquella célebre chanza de Groucho Marx: “Nunca pertenecería a un club que me admitiera como miembro”.  El que lleva una buena temporada en compañía de sí mismo, debería haber aprendido a reservarse de tanto en tanto unas cuantas risotadas: razones no suelen faltarnos, y la risa indulgente quita hierro a las amarguras y nos rocía de una compasión que abre las puertas del afecto. “Cuanto más locos estamos, más reímos; y cuanto más reímos, más sensatos somos”, escribe Romain Rolland. Al reírnos, recuperamos la verdadera medida de las cosas, que no suele ser tan trágica como solemos pretender con malsana autocomplacencia, y restauramos una cierta sensación de que nuestra “situación es ...