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Tasar el sufrimiento

Ya se sabe que, en ese patio de Monipodio que es la charlatanería de muchos opinadores, uno puede encontrar todo tipo de perlas, y por eso hay que leer con buen estómago y espíritu muy paciente y generoso. Pero con los tiempos de espanto que nos está tocando vivir como consecuencia de la plaga del coronavirus , uno no está con ánimo para soportar según qué sandeces. Un joven de poco seso califica lo que nos pasa de mero confinamiento Netflix (se sentirá muy ingenioso por la ocurrencia), y lo desprecia afirmando que nuestros padres y abuelos sí que las pasaron canutas en guerras y necesidad. O sea, según entiendo, que no nos quejemos, que lo nuestro, comparado con otros, es apenas una leve incomodidad. Parece que, para tal especialista en sufrimientos, que se arroga el derecho a juzgar el dolor de la gente, este se divide en dos únicas modalidades: el sufrimiento de verdad y el sufrimiento de pacotilla. Y nuestra crisis no pasaría del segundo, así que no solo no tenemos derecho a q...

Pandemia

Se extiende sin visos de control la pandemia del llamado coronavirus , dando un vuelco al mundo tal como lo conocíamos, con una ferocidad que ninguno de nosotros habría podido imaginar. Desde su pistoletazo de salida en el corazón de China, que nos parecía tan remoto, el vil patógeno se ha propagado exponencialmente hasta el último rincón, incubándose en el cuerpo de los incontables viajeros que lo surcaban (ahora, de momento, no) de un lado a otro. Nos recuerda así que la globalidad no es solo cosa de comercio o información, sino que también incluye nuestras más arriesgadas vulnerabilidades. Esa red apelmazada en la que hemos convertido el mundo se convierte en una autopista para los parásitos y los oportunistas de nuestros cuerpos. Es la salud líquida, capaz de poner patas arriba esa vida cotidiana que, a fuerza de mantenerse igual a sí misma, llegó a parecernos inexpugnable. Confinados en nuestras casas, rendidos y cada vez más alarmados ante un disparo de cifras que parece i...

¿Qué verdad?

Colgando de la pared, en una iglesia de Roma, hay una escultura que representa un adusto rostro con la boca abierta. La llaman Bocca della Verità . Cuenta la leyenda que si uno mete la mano en su ranura y miente, la boca le morderá. ¿Por qué no lo hace nunca? ¿Será que sabe que su leyenda no es verdad? André Comte-Sponville insiste a menudo en que, si somos coherentes, la verdad debería estar por encima de intereses, preferencias u otras consideraciones, tal vez más inmediatas, pero a la larga traicioneras. La verdad, tan a menudo amarga, áspera, incluso dolorosa, es lo único que, como asevera el Evangelio, nos hace libres y nos guía eficazmente. ¿Cómo negarle la razón? Cerrar los ojos o engañarse con fantasías son modos de huir del mundo y de uno mismo, en lugar de quedarse ahí y tener el coraje de abrir los ojos. La verdad es, en efecto, el primer valor ― ¿qué sentido tendría pensar, si no aspirara a ella? ― , y eso convierte a la sinceridad y al rigor en virtudes. Justificar l...

El pozo del sufrimiento

El grado de satisfacción con la vida, o, si se quiere, eso que llamamos “felicidad”, es algo elástico que se estira y se encoge según el color del cristal con que se mira. Spinoza ya nos lo explicó: depende de la relación de fuerzas frente a las cosas con las que nos topamos; a una picadura de mosquito le podemos, una punzada de araña tal vez nos pueda. Nos complace lo que nos sabemos capaces de vencer, y nos fastidia (o nos mata) lo que nos vence. En vano soñamos con ir ascendiendo puestos en la escala del contento, si pretendemos que las marcas alcanzadas se mantengan ya estables como territorio conquistado: habrá golpes de viento que nos despeñarán. También hay oleadas repentinas que nos elevan, a menudo misteriosamente, pero esas siempre son menos. Ley de entropía: para caer basta con esperar lo suficiente; en cambio, subir es improbable y requiere esfuerzo. Pero con esto del ánimo sucede otro fenómeno que me parece aún más interesante y asombroso, y que si llegáramos a asum...

Negación

“El hombre es el ser que siempre decide lo que es”. Con esta sentencia, tan sencilla y tan exacta, Viktor Frankl resume toda la filosofía existencialista. Sartre, que hablaba con tanto tino, no lo dijo tan bien. Lo que define al ser humano es su libertad: gozosa o inquietante, pero ineludible. Ser humano es tener que elegir: continuamente, agotadoramente. Sentir el poder y la angustia de ese deber insoslayable. Sentirse interpelado por el mundo en cada uno de los pasos, y responder: no se puede no responder. Oponer la voluntad a la facticidad, el proyecto al límite. Vivir sumido en el barro, pero para modelarlo a la luz del deseo; aunque luego la riada se lleve el barro y la vida. Pero, ¿qué es decidir? Decidir, se dirá, es afirmar una dirección entre muchas, descartando todas las otras. Sin embargo, parece más preciso invertir los términos: descartar todas las opciones menos una. Elegir es ante todo renunciar, pues la renuncia es infinita, mientras que la elección es una sola. P...

Vivir aquí

Hay que vivir aquí. No hay otro sitio. Es uno de los tópicos que más se repiten: “Aquí y ahora, es lo único real…”. No obstante, debo insistir. Porque tengo tendencia a olvidarlo, o quizá no acabo de creerlo. Porque estoy hecho para añorar lo perdido y para esperar un porvenir mejor. Así me han educado, también: lo que fui (y se me alaba, o se me reprocha, o se me recuerda como si solo entonces hubiese sido yo mismo); lo que seré (porque solo el futuro puede restituir mis carencias y cumplir mis proyectos). Una y otra vez vuelvo a pensar así. Ausentarse tiene muchas ventajas, y yo las aprovecho. La nostalgia me permite adornar el pasado y mantener la creencia en que hubo un paraíso, aunque lo perdiera. O bien, atormentarme con viejos errores o antiguos agravios me distrae de la única tarea verdadera, lo único que realmente cuesta y me desafía, que es el presente. El pasado me atrapa, pero porque yo quiero ser atrapado: porque si soy libre tengo que elegir, tengo que hacerme respons...

Lugares de paso

¿A qué se debe esa aura de tristeza de las estaciones y los aeropuertos? Yo creo que reside en su carácter anónimo y transitorio, en lo que tienen de «tierra de nadie», de mero lugar de paso al que, por su propia naturaleza, es imposible pertenecer. Con dos excepciones. La primera, tan obvia, sus trabajadores: curiosamente impregnados de esa misma languidez del entorno, sombras etéreas que apenas se ven. La segunda es menos evidente. Podríamos fantasear con la figura de alguien que quedara atrapado en ese limbo y se viese obligado a habitarlo, como Spielberg retrata con su habitual genialidad en La terminal . Para mí, el principal atractivo de esa película es el contraste entre la angustiosa despersonalización a la que el entorno somete al protagonista (robándole las habituales señas de identidad: documentos, nacionalidad, objetos personales, libertad de movimiento…) y la poética tarea de resistencia humanizadora de este, que, para nuestro alivio, acaba por triunfar. Una situació...