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La más violenta de las cóleras

En uno de los cuentos tradicionales que recoge Jean-Claude Carrière en su delicioso libro El círculo de los mentirosos , leo una frase que me sobrecoge: “Era presa de la más violenta de las cóleras, que es la cólera contra uno mismo”. Carrière titula el cuento “El hombre con barba”, y es una alegoría de la violencia sutil y a la vez brutal con que el ego puede ensañarse con nuestra parte más inocente. Tras la muerte de su hijo, un hombre se retira al desierto y dedica todas sus horas a encontrarle sentido a esa terrible desgracia. Un pájaro escucha su historia y, riendo, le dice que no encuentra la respuesta porque solo piensa en su barba. El ermitaño se ensaña entonces con la barba y se la arranca a mechones. Pero el pájaro no parece conmoverse ante esa violencia, y sigue riendo. “¿Por qué te ríes?”, pregunta el ermitaño con el rostro sanguinolento. Y el pájaro replica: “¡Porque sigues sin pensar en otra cosa que en tu barba!” El relato admite muchas lecturas, pero todas ellas ti...

Somos como somos (y cada vez más)

Todos creemos conocernos con bastante precisión. Nos tratamos a nosotros mismos como a seres que cuentan con una personalidad o un carácter, es decir, un conjunto de rasgos más o menos consistentes y persistentes. Todos nos sentimos capaces de afirmar cómo somos, y al hacerlo estamos convencidos de estar hablando de algo realmente existente. “Yo soy desordenado, y soy optimista, yo soy susceptible…” Sin embargo, ¿y si esos “yo soy” carecieran de la solidez que solemos atribuirles? ¿Y si fuesen meras conclusiones provisionales, a partir de lo que nos hemos visto hacer a veces? ¿Realmente existe algo a lo que podemos llamar personalidad, que nos antecede y nos define? ¿O más bien es un esquema sobre nosotros mismos que construimos, reconstruimos y siempre insistimos en confirmar con nuestros actos? Si el recuerdo, como sugieren los psicólogos, es una recreación del pasado, ¿resultará que la memoria es performativa, o sea, que nos configura al escribirse? Al declarar que soy desordenado,...

Simplemente soy así

“Simplemente soy así, y no lo puedo evitar”. Cuántas veces hemos oído a gente que escuda actitudes y comportamientos que sabe incorrectos bajo esa coartada. Embozados detrás de un lema parecido, muchas personas someten a los demás a caprichos abusivos, empellones e incluso brutalidades, y lo hacen a un mínimo coste social (el que les plantee el límite de paciencia de los otros) y ético (el que les dispense el margen de su conciencia, que ya sabemos que puede ser bastante elástico). Hay que reconocer que la excusa de que no podemos evitar ser como somos tiene su fundamento. Cada cual acarrea, para bien o para mal, con lo que han hecho de él, muchos factores que no domina: los cimientos del temperamento, fruto de la lotería genética; las vivencias acumuladas por la biografía, muchas de las cuales vinieron impuestas por causas y azares que no podíamos controlar, sobre todo en la infancia; la sociedad en la que vivimos, con sus cargas culturales; las exigencias de nuestras responsabilid...

Lo apropiado

Cada día protagonizamos miles de episodios, algunos importantes, otros triviales; muchos de ellos, incluso, mecánicos, comportamientos habituales que ya hemos interiorizado y que juegan un papel esencial en nuestra vida, ya que la simplifican. Porque hay dos cuestiones que tiñen de dificultad nuestras conductas cotidianas: la obligación de decidir y, como premisa de nuestras resoluciones, la necesidad de juzgar. No nos basta con actuar: precisamos hacerlo con la convicción de que lo hacemos bien; somos seres éticos en el doble significado de la palabra: en que aspiramos a distinguir lo que nos conviene y, además, deseamos que nuestras elecciones sean buenas en el sentido moral, es decir, correctas, apropiadas. Esa tarea inexcusable convierte en arduo nuestro comportamiento y puede trocar algunas jornadas en agotadoras. A menudo nos escandalizamos de la inmoralidad que muestran algunas personas —¿podríamos lanzar la primera piedra?— en algunos de sus actos. Un marido maltrata a su mu...

Esperas

Espero en el bar del aeropuerto a que sea la hora de facturar el equipaje; después esperaré a una hora prudencial para ponerme en la larga cola de ingreso al recinto interior. Ahí aguardaré atento a que se inicie el embarque, y finalmente subiré al avión, me encajaré en mi asiento-jaula y dejaré que el viaje “suceda”. Sentiré por un instante que se me concede una pausa, descansaré de esta alerta, esta tensa expectación del porvenir que me reclama atención. Durante las horas de vuelo, podré olvidar el deber de cumplir trámites y horarios, solo tendré que dejarme conducir. Sin embargo, eso solo será una tregua; basta que me detenga a pensar para notar de nuevo el incómodo tirón del futuro, para sentirme de nuevo incompleto y alerta. Cuando el avión llegue a destino, me pondré en la cola de control de viajeros, donde esperaré pacientemente a que comprueben mi pasaporte, partiendo del supuesto tranquilizador de que todo transcurrirá en orden, y sin embargo consciente de la leve pero r...

¿Qué libertad?

Luchamos por la libertad porque solo cuando elegimos tenemos noción de ser alguien, es decir, un ser diferenciado en el océano del ser. El yo se materializa en sus decisiones, y aún más en los actos que las ejecutan. Cuando se nos restringe la libertad sentimos que nos arrebatan una parte de nuestra identidad; el sometimiento parece hacernos más pequeños. Por eso nos rebelamos contra los tiranos, sobre todo contra los pequeños dictadores que pretenden apropiarse de nuestros espacios cotidianos, porque es en las costumbres y en las pequeñas cosas donde se urde el tejido que nos compone. Sin embargo, como todas las cosas grandes, la libertad también nos da miedo. Ya lo señaló Erich Fromm: a menudo buscamos, de un modo más o menos sutil, que se nos someta, para no tener que afrontar la vastedad vertiginosa de ser rigurosamente libres. Esto es así porque la libertad tiene dos precios muy caros: la incertidumbre y la responsabilidad. La primera nos angustia porque nos deja sin agarradero...

Muchos en uno

Somos muchos en uno, muchas voces, muchos anhelos, muchas esperanzas... —Sí. —Somos un destello de razón en un fulgor voluble de emociones. ¡Qué pequeña, qué débil es la fuerza de nuestro raciocinio cuando se alza en ese vórtice de sentimientos! —Sí. —Lo que llamamos voluntad es sólo un intento torpe de encauzar el río de la vida que nos arrastra. —Sí. —Tenemos hambre de caricias, de encuentros, de manos y de besos. Quizá no podamos vivir sin ellos. Quizá no podamos controlar esa nostalgia. —Sí. —Hoy estoy triste. Hoy contemplo mi vida y me parece una extensión árida y fría. Hoy me siento desértico y me estruja una añoranza de fuentes y de arroyos. Hoy me agitan extraños encuentros y desencuentros conmigo mismo, y no estoy bien en mí. Hoy necesitaría que me quisieran para quererme, y todo lo demás me parece deshabitado. Pero si lo pienso bien, me doy cuenta de que todo esto, que me invade con tanta intensidad y parece tan real, se asemeja más bien a un espejismo, a un d...