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Lo excepcional

Lo cotidiano marca la pauta de nuestra vida; lo excepcional zarandea su compás. Lo extravagante evita que el cálido hogar de la monotonía se convierta en prisión y acabe por asfixiarnos. Hay que saludar a la excepción: como contrapeso, como alivio, pero también como adorno del hábito y oportunidad de cambio. Lo excepcional abre una puerta por donde entra el aire fresco de lo distinto, y quizá de ahí germine algo nuevo. En realidad, basta con que lo parezca, con que el juego nos conceda un respiro de la rigidez de la costumbre. Tal vez, como decía Gil de Biedma, tengan razón los días laborables, pero para ello necesitan de la sinrazón festiva. 


Todas las culturas regulan ocasiones para la excepción, atribuyéndole el carácter numinoso del rito. Lo excepcional se impregna de sacralidad, es un tiempo propicio para que los dioses irrumpan en el mundo de los hombres. El sagrado descanso, la sagrada celebración colectiva, la honra a los muertos, la alegría de estar vivos. La magia desatada, la emoción del exceso. Y, en medio de todo ello, danzando, la conjura de lo nuevo y lo distinto. Toda ocasión excepcional es un rito de paso, un viaje iniciático del que, con suerte, tal vez regresemos renovados y más sabios. Algo se une y algo se separa, algo se puede ganar y algo se tendrá que perder. Volvemos del viaje triunfantes y derrotados: el triunfo de la edad adulta se cobra el arancel obligado del fin de la infancia; el matrimonio, mientras consagra la compañía, instituye también nuevos deberes y nuevos trabajos, quizá incluso nuevas soledades. Y en el fondo de todo ello está el tiempo, avanzando sin cesar y arrastrándonos con él. 

Como sucede siempre con los asuntos divinos, hay que ser cuidadoso con la magia de lo excepcional. Seguramente por eso —además de por control social— todas las culturas procuran estructurarlo de algún modo, ceñirlo a protocolos y dotarlo de autoridades oficiantes. Cuando se aflojan los límites habituales tienen que establecerse otros límites, quizá más sutiles, pero igualmente rigurosos. El exceso festivo podría destruirnos, o dar ocasión a que nos destruyéramos entre nosotros. Así sucede a veces, cuando fallan las contenciones y los compromisos básicos: el alcohol o las drogas pueden provocar peleas o accidentes; el goce orgiástico puede degenerar en violación. El tiempo de lo excepcional abre las puertas a lo reprimido, para bien y para mal, porque de bien y de mal está hecha el alma humana, y la moral, a fin de cuentas, es un pacto muy frágil. 
Sin llegar tan lejos, hay que contar con otro peligro más sutil: el envolvente embeleso del encanto. Acudimos a los festejos más bellos y entusiastas, más propensos al juego y la aventura. Nos vestimos con ropajes que pretenden impactar, seguramente seducir. Dionisos anda suelto, llenando nuestras copas y hechizándonos con su música y su danza. El deseo podría inclinarnos a tomar los juegos demasiado en serio: no todas las bromas seductoras son invitaciones al amor, ni todos los dardos sarcásticos se lanzan para humillar. Hay que tener cuidado con pretender apropiarse de los amores de una noche de verano, que, como retrata Shakespeare, son traviesos y equívocos, y languidecen con las primeras luces del amanecer, cuando los cabellos están despeinados, las caras desencajadas, el cuerpo exhausto, y toca regresar al hogar y al tiempo del orden. 

En ese punto se descubre que las incitaciones eran meros divertimentos, y las promesas apenas licencias poéticas. La mujer que arrastró al baile a ese hombre solo quería bailar y reír un rato; el mozo que cameló a la chica solo perseguía el sabroso desbarajuste del éxtasis por una noche. Tal vez en esos juegos germinen nuevos sentidos, que valga la pena explorar; pero deberán pasar la prueba de la luz del día, de las velas consumidas, del fastidioso levantamiento de las mesas y la miseria de los cuerpos extenuados. Para saber hasta dónde llega lo nuevo habrá que someterlo al tránsito de lo cotidiano. Lo más probable es que entonces se disipe como los vapores del vino y los perfumes gastados. Los románticos y los ilusos son a menudo víctimas del frenesí de lo excepcional, y en los regresos nunca falta desengaño. Nadie tiene la culpa: la edad y el sentido común deberían irnos haciendo más prudentes. 
¡Cuidado, entusiastas! Lo excepcional se rige por las leyes espléndidas y delirantes de Dionisos; lo cotidiano es el reino del cabal Apolo. Al traspasar la frontera de vuelta, la magia palidece, y prefiere quedarse al otro lado. La mujer seductora ya está cansada, bosteza, mira al embelesado con una mezcla de simpatía y compasión; seguramente, también con algo de fastidio. Se levanta y va a buscar a sus niños, que andan correteando o adormecidos por los rincones. Ella y el marido intercambian miradas, asienten, toman a los niños en brazos y se marchan. «Amadores desdichados que seguís milicia tal, decidme qué buena guía podéis de un ciego sacar», se lamentaba Góngora: no queda más que mirar cómo se marcha sin despedirse, y lamerse las heridas de la renunciación a lo que no pudo, no podrá nunca ser. Siempre nos quedará una última copa melancólica, y volver al lecho solitario con el rabo entre las piernas. Y pasar todavía un rato de insomnio: ¿Cómo se te ocurrió esperar otra cosa? ¿Cómo olvidaste que lo peor de los sueños no es que sean sueños, sino que tan raras veces estemos a su altura? El tiempo de la magia, en fin, concluye, y nos deja solos con nuestros deseos frustrados. Si somos inteligentes, nos consolaremos con una buena ducha de realidad. 

Con el nuevo día todo vuelve a empezar, incluido lo improbable. El juego y el rito volverán, lo excepcional siempre vuelve. Amadores desdichados, otro día seremos más cuidadosos con nuestros deseos, menos ilusos con nuestros arrebatos. La vida continúa. Lo excepcional nos hechizó: dejémonos conquistar ahora por la razón de los días laborables. Lo que hoy nos resulta descorazonador, mañana, como al pobre Segismundo, nos parecerá apenas un vago sueño. Ya sucedió así muchas veces, y así seguirá sucediendo muchas más. Meditándolo, quizá recordemos el sereno estoicismo de Cela en el Viaje a la Alcarria: «El viajero es un hombre con una vida tejida de renunciaciones».

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