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La intolerancia no ama

Un profesor francés fue degollado brutalmente por comentar unas caricaturas irreverentes con ciertos símbolos religiosos. La intolerancia es una bestia atroz que siempre acecha. 


¿Qué es un fanático? Alguien que pone sus ideas o sus fantasías por encima de las personas. Sean del tipo que sean. Quizá se objete que hay muchas ideas que están, y deben estar, por encima de las personas: por ejemplo, la ley. De ningún modo: una ley justa no se sobrepone a las personas, sino que permanece a su servicio. Una ley justa satisface a la mayoría, protege a la minoría y no destruye cuando impone. Equilibrio arduo e inestable: por eso, un código es siempre algo inacabado y pendiente de cuestionamiento. Una ley, en el fondo, siempre se sabrá lastrada de una cierta injusticia. Todo lo contrario que los rígidos dogmatismos del fanático. Quizá por eso un pillo está más cerca de la inocencia que un puritano. 
Todos tenemos verdades definitivas: el fanático cree las suyas absolutas. Pero no es eso lo que le hace pernicioso. Cada cual amuebla su casa como quiere. El problema es que el fanático se proclama colmado por un amor tan grande que le parece infalible. No importa lo que haga: todo estará justificado si lo hace en nombre de su ideal. 
Discípulo de Platón, sueña un mundo superior de esencias perfectas, bajo el cual no hay más que sombras. Solo a unos pocos como él se les ha concedido la gracia de saberlo: el resto son ignorantes, paganos, advenedizos. Por eso los odia o los desprecia. Por eso su apostolado es expansivo y violento. El fanático nunca se conforma con su parcela: aspira a inundarlo todo, a barrerlo todo, a reorganizarlo todo. Se siente llamado al saneamiento universal, a instaurar un orden —su orden— en el caos del mundo. 

En realidad, el intolerante no ama en absoluto. Más bien al contrario: se esconde tras grandilocuentes ideales para disimular (también ante sí mismo) su flagrante odio a todo. Sus esencias imaginarias son la coartada para una crueldad implacable. El verdadero pecado se disfraza de santidad, dando carta blanca para los más arbitrarios desmanes. 
El que ama de veras se complace dejando amar a los demás. Su amor le basta, no necesita parasitar el de los otros. El amor es afirmación, potencia spinoziana, ajena a cualquier género de negaciones. El amor nos hace buenos no por convicción, sino por alegría, una alegría tan grande que ilumina el mundo. Se dirá que nadie se comporta de un modo tan admirable, y habrá que responderle que así es, pero solo porque no amamos lo suficiente. Porque ni siquiera en el amor somos perfectos. Eso debería hacernos prudentes. 

Pero volviendo al fanático, no es que ame poco, no es que ame mal, no es que tenga un amor confundido. No: el fanático, en tanto que fanático, no se mueve por el amor. Hay que negárselo cuando lo afirma. Se mueve por su pasión ególatra, y pretende que todos bailen al son de sus banderas. Quien no lo hace, quien se resiste a la perfección, debe ser persuadido; y si no se deja persuadir, debe ser forzado; y si no se deja forzar, debe ser destruido. 
El fanático, en efecto, acabará destruyendo, pues siempre hay alguien que discrepa, o se resiste, o simplemente no cabe entre los elegidos. Ante el disidente, se quita la máscara del amor. El fanático es peligroso y hay que prevenirse ante él. Hay que denunciar la sombría negrura de su corazón, la amenaza de su proselitismo, el veneno que salpica sobre la plaza pública y los espíritus tiernos. Hoy intentará arrimar el ascua a su sardina: mañana quizá los descuartice.

Comentarios

  1. Así es. Cuando veo a esos fanáticos de un equipo de fútbol que se dedican a insultar al rival, me genera mucha pena. ¿Cómo es posible que no vean que los valores del deporte pasan precisamente por respetar al rival? El rival es precisamente quien te lleva a superarte.
    Recuerdo hace muchos años un partido que jugaron el Athletic y el Barcelona. Ganó el Athletic por un gol a cero, dando la sorpresa, y entonces el entrenador de los vascos, Luis Fernández, comenzó a mofarse de los jugadores del Barça que se retiraban cabizbajos. Entonces Guardiola, que era jugador del Barcelona, corrió desde la otra punta del campo adonde estaba el entrenador vasco, y mientras levantaba con firmeza el dedo índice se le oía gritar: " No se ría del contrario, no se ría del contrario". Y el semblante del entrenador cambió al momento, se tornó serio, y bajó la cabeza, dándose cuenta, como vió todo el mundo, que estaba en un error.

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    1. Ilustrativo episodio. Al cambiar su actitud, ese entrenador demostró no ser un fanático. No temo a los errores, sino a quien no está dispuesto a corregirlos.

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