Ir al contenido principal

Grandes esperanzas

«La esperanza es lo último que se pierde», proclama el refrán popular, animándonos a no cejar en los empeños que valgan la pena. Fue, en efecto, la esperanza lo único que se quedó sin salir de la caja de males de Pandora. Curioso mito que expresa la profunda ambivalencia de ese sentimiento: ¿qué hacía en un depósito de males, y por qué no salió con los otros a hacer estragos por el mundo? ¿Se quedó en lo más profundo como último acicate del corazón, o para envenenarlo con su melancólica fe en la redención futura?
 

Ese don divino, que retuvo para nosotros la temeraria muchacha, huele a trampa. La apuesta contumaz por el mañana vivifica el ánimo abatido, pero también congela su mirada. Esperar tiene algo de cautiverio, de impotencia. Así nos lo previene Spinoza, hermanando esperanza y miedo. Esa «alegría inconstante» que nos inspira la primera tiene el reverso de la «tristeza inconstante» del segundo: uno nos lleva a otro sin darnos cuenta, paralizándonos en la contemplación de una quimera. 
Hay que contar con esta profunda ambivalencia. La esperanza, desde el punto de vista ético, puede actuar como elemento motivador fundamental, pero, alerta Comte-Sponville, también como un impedimento. Todo es cuestión, una vez más, de oportunidad y destreza. 

No podemos vivir sin esperanza, como no podemos vivir sin deseos. Platón ya avisó que el deseo equivale a carencia (solo deseamos lo que nos falta), y que la carencia es una amargura. Sin embargo, esa propia naturaleza carente es la que nos pone en marcha para compensarla, del mismo modo que la sed nos hace buscar una fuente. Y, cuando hay sed, y precisamente porque la hay, acudir a la fuente se convierte en un gozo. Así que el deseo no tiene por qué formar parte de la trampa que auguraba Schopenhauer, al hacernos oscilar entre la insatisfacción y el aburrimiento; basta que sepamos desear con buen ánimo, sin el matiz angustioso del compulsivo, y disfrutar razonablemente de nuestros logros, y aun más del camino hacia ellos. 
La esperanza es, por consiguiente, lo que nos proyecta hacia un futuro atrayente, lo que nos motiva, nos pone en movimiento en dirección a ese futuro. Trae el futuro al presente en forma de imagen deseable, y lo convierte en consigna para actos presentes; es decir: dispone el presente en función de esa expectativa imaginaria. En este sentido, la esperanza nos saca de la mera facticidad del presente —el viscoso engrudo de lo que es—, y pone en marcha una acción para convertirlo en otra cosa. La esperanza nos convierte en sujetos activos. 

Pero el grácil deseo se convierte en maldición cuando es obsesivo, cuando es él quien nos posee. Así, una esperanza desmedida, ilusa, tiene un efecto inmovilizador, bien porque nos pone al vano servicio de lo inalcanzable, bien porque, al presentárnoslo como tal, nos sume en la frustración. «Siempre estamos separados de la felicidad por la misma esperanza que la persigue», lamenta Comte-Sponville. Habría que apostillar: siempre, no; pero es sin duda un peligro. 
Los psicólogos distinguen dos estilos de toma de decisiones, basados en la aspiración. Los maximizadores dan vueltas y vueltas en busca de la decisión óptima; los satisfactores deciden rápidamente, agarrando la oportunidad al vuelo. Aquellos son los que más trabajan y se estresan, los que más oportunidades pierden y los que, por grandes que sean sus logros, nunca están del todo contentos. Lo mejor les priva de lo bueno. Sufren tanto porque están entregados a grandes esperanzas.

Comentarios

  1. Excelente artïculo, con final cerrado y muy acertado. Me siento reflejado.
    "La desesperanza se fundamenta en lo que sabemos, que es nada, y la esperanza en lo que ignoramos, que es todo". Algo así decía el escritor belga Maeterlinck, Nobel de Literatura en 1911. También estoy de acuerdo.
    Justamente es lo mejor que tiene la esperanza.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me alegra que coincidamos. La brillante sentencia de Maeterlinck viene como anillo al dedo para enfrentarnos a esa profunda ambivalencia de la esperanza. Hasta qué punto nos movemos por puras quimeras, hasta qué punto nos confunden, pero hasta qué punto -también- las necesitamos.

      Eliminar
  2. Sí, yo creo que en nuestro interior hay un rinconcito permanente y místico que nos hace sentir que las cosas mejorarán.

    ResponderEliminar
  3. ...o por lo menos, que existe esa posibilidad.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Y no solo eso. Todo lo que hacemos, lo hacemos proyectándolo hacia el futuro. La esperanza abre el futuro a nuestras intenciones, lo convierte en el escenario de la posibilidad; nos inmiscuye en nuestro destino, en lugar de someternos a él.

      Uf, me has hecho detenerme a pensar que este tema tiene tela y requiere un análisis más detallado. En todo caso, me parece que Spinoza se precipitó al reducir la esperanza a mera tristeza... Ya no lo veo tan claro. Me parece que es algo más serio y más complejo. ¡Gracias por el intercambio, querido amigo!

      Eliminar
  4. Sí, muy pocas veces las cosas son solo de una determinada manera. Quizá nunca.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Insidiosa complejidad

La vida hoy día se desintegra en un engrudo de complejidad. El mundo que nos ha tocado es intrincado de por sí, sobrecargado de estímulos y requerimientos, pero hemos interiorizado esa ansia de lo complejo y la hemos convertido en forma de vida mediante la hiperactividad. Tenemos que hacer muchas cosas, no podemos detenernos, hay que aprovechar cada instante so pena de empobrecer el propio ser ; porque en nuestro tiempo ser es ante todo hacer, cerciorarse de que no hay instante improductivo. Solo «vive» quien se entrega a una actividad frenética que llene todos los huecos (en una especie de horror vacui funcional) de una sustancia efímera y frágil, fácilmente desechable, para poder perseguir una nueva experiencia. Esto explica que la rebeldía, actualmente, se exprese como reivindicación de la inutilidad, como hace Nuccio Ordine en su obrita La utilidad de lo inútil.   La dispersión de nuestra era viene vinculada a otros fenómenos, que teóricos como Z. Bauman han descrito con deta...

La esperanza, desesperadamente

«La esperanza es una alegría inconstante», postulaba Spinoza, que la asociaba al miedo y a la incertidumbre. El deseo es carencia, revelaba ya Platón, y Comte-Sponville concluye: «Mientras deseemos lo que nos falta, está descartado que seamos felices». No en vano, esperanza es esperar, o sea, no acabar de tener, y, como dice Pascal: «De esta manera no vivimos nunca, pero esperamos vivir; y, estando siempre esperando ser felices, es inevitable que no lo seamos nunca». Pero, ¿qué sucede cuando se cumple el deseo? Entonces sobreviene el hastío o la decepción, y hay que concebir nuevos deseos, de modo que «siempre estamos separados de la felicidad por la misma esperanza que la persigue». Parece sabio, por tanto, empeñarse en superar la esperanza, y sustituirla por la comprensión : el que sabe no espera, sino que asienta firmemente sus pies en la realidad tal como se le presenta, gravita en ella y se ciñe a ella: a su dolor y a su gozo. No enfoca su telescopio hacia nebulosas lejanas y dud...

Carne de neurosis

Uno de los principales méritos de Freud fue asomarnos a nuestras vastedades interiores. Un cenagal que, a diferencia del mundo que nos rodea, está poblado de instancias imaginarias (personajes, estampas) cargadas de emoción. Grumos de la actividad neuronal a menudo inconscientes, lo cual les confiere aún mayor fuerza y dramatismo. Pero el verdadero drama es este: vivimos a un tiempo en la realidad palpable, que percibimos y manipulamos, que conocemos y explicamos, y en esa dimensión paralela donde se libran misteriosos procesos y enconadas batallas al margen de nuestra voluntad; la una influye en la otra, existe un comercio entre ambas, pero —he aquí el drama— la dimensión oculta es la que manda. Es en las profundas cavernas de nuestra psique, sumidas en la oscuridad, donde se escriben las claves de nuestra conducta y los hilos maestros de nuestro destino. La identidad, la voluntad, el sacrosanto sujeto cartesiano, consciente y dueño de sí mismo, se disipan, según sostiene este paradi...

Gato por liebre

En la feria de las interacciones sociales, podemos permitirnos ser benévolos, pero no ingenuos. La inocencia es una pulcritud que conviene ir embarrando, mientras dejamos que nos curta la experiencia. La sagacidad nos da la ocasión de probar a ser magnánimos con fundamento, no por ignorancia. Tampoco se trata de parapetarnos tras una suspicacia despectiva o cínica, pero resultaría cándido olvidar que, como canta Pedro Guerra, «lo que hay no es siempre lo que es, y lo que es no siempre es lo que ves». En general, podemos contar con que todo el mundo intenta sacar el máximo partido posible al mínimo precio. Incluso cuando no es así, es así. El solidario siembra semillas de una colaboración que espera que se le dispense cuando la necesite. El filántropo apacigua la conciencia o gana en prestigio. El altruismo se nutre de la expectativa. Todos esos pactos son buenos cuando son honrados, porque hacen la vida mejor para todos, que es de lo que se trata. Pero no dejan de ser pactos. Y en su m...

Perder de buen grado

Nunca nos repetiremos lo bastante aquella sentencia de François George, citada por Comte-Sponville: «Vivir es perder». No hay otro modo de persistir que exponerse al azote del tiempo y transigir con su implacable erosión. A cada instante nos dejamos una parte de nosotros: cuando menos, ese intervalo irrepetible que ya no podremos volver a habitar, del que somos literalmente exiliados. Pero nos dejamos algo más: el desgaste que conlleva. Cada día empezamos de nuevo, pero un poco más resquebrajados: con una cana más, con unas neuronas menos. Vivir envejece. Vivir hace más cercana la muerte al consumir tiempo (que se nos concedió limitado) y fuerzas (en cada replicación, las células pierden algo de lozanía). La rosa está programada para marchitarse, la belleza está hecha para declinar. Siddhartha Gautama inició su búsqueda tras el sobresalto de la vejez y la muerte; a todos nos ha sacudido esa conmoción, y nos estremece cada día cuando descubrimos nuevos anuncios de ella. Pero vivir tien...