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Sombras

Una de las imágenes más acertadas de la poética psicología junguiana es la de la sombra. La sombra es todo aquello que rechazamos en nosotros, más o menos conscientemente, y que nos mortifica mientras no sabemos afrontarlo e integrarlo. 


La sombra, según el psicoanalista suizo, nos persigue porque es una verdad que necesita ser reconocida. A la parte de nosotros que aspira a la luz y a la grandeza le da miedo mirar a la cara a esas miserias, a esos monstruos de los que anhelaría deshacerse con una simple negación. Pero la negación no suprime la verdad, solo nos la escatima, y casi siempre en nuestro menoscabo. No en vano, son facetas tan nuestras como cualquier otra, en las que, por debajo de la oscuridad, alientan oportunidades y riquezas por explorar. 

No existe sabiduría sin enfrentamiento contra esas partes de nosotros que consideramos oscuras, defectuosas, terribles. Solo afrontando la sombra e integrándola podemos conseguir unificar nuestro ser y alcanzar la paz. Esta es una antigua enseñanza que nos transmiten todos los mitos, y que en la atávica filosofía de Oriente constituye un eje fundamental. A ello alude el famoso símbolo taoísta del yin y el yang, donde lo oscuro y lo luminoso se interpenetran en el círculo de una existencia que no deja de girar. Somos seres siempre en movimiento, siempre en construcción, siempre inacabados. 
Jung nos recordó que todos los viejos relatos sugieren las líneas maestras del relato de la vida, de sus fuerzas y sus personajes, sus roles y sus aventuras. Entre ellos, como no podría ser menos, siempre está la sombra, y además en un lugar destacado. El antagonista del héroe no es más que su contraparte, lo que el bueno podría ser si no fuera el bueno, lo que en el fondo es también, más allá de su bondad, aunque se resista a aceptarlo. La eterna lucha del bien y el mal es más bien la tensión provocada por la escisión interna, un anhelo de superarla y avanzar en la totalidad. El héroe crece, se consolida, madura en la lucha con su parte oscura, y acaba completándose al vencerla e integrarla. La derrota del malvado, si se tiene la humildad de comprenderlo y la generosidad de perdonarlo (perdonar equivale a comprender), es en el fondo una redención para el espíritu del héroe, una iniciación a lo negado y lo reprimido que, bien llevada, puede concluir en la persona, que ya no es un héroe sino algo mejor: un ser humano, demasiado humano, pero completo. 

Existen, en efecto, muchas historias que podemos considerar metáforas sobre la parte oscura del ser humano y la ineludible tarea de enfrentarse a ella, no para destruirla, sino para incorporarla y permitir que forme parte de nuestro ser. Los modelos son inagotables. El Minotauro es la sombra de Teseo, agazapada en lo más recóndito del laberinto de su alma. Hasta Dios tiene una sombra, sometida pero indestructible, en el ángel caído. A Darth Vader le toca el trágico papel de encarnar la parte oscura de los Jedi. ¿Cómo se luciría el genio de Sherlock Holmes sin el espejo oscuro de Moriarty? 
En el ciclo de Terramar, por poner otro ejemplo, Úrsula K. Le Guin nos regala una exquisita metáfora de estos lances con la sombra. El protagonista, el aprendiz de mago Gavilán, da forma a un ser oscuro, un vago espectro de negrura, al usar su poder con imprudencia y con orgullo. Esa sombra desatada lo persigue a través de sus correrías por Terramar, y el joven se limita a huir de ella hasta que comprende que la única manera de vencerla será saliéndole al paso y plantándole cara. 
No somos héroes, pero todos tenemos una sombra de la que huimos y con la que, secretamente, soñamos fundirnos.

Comentarios

  1. Efectivamente, comprenderla y aceptarla es un gran logro. Un objetivo difícil con un resultado excelente

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    Respuestas
    1. En definitiva, cualquier terapia se resume en eso: en afrontar la sombra y trabajar para integrarla. Como dices, difícil y necesario, porque la sombra tiene la virtud de no dejarnos en paz.

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  2. Sí, sobre todo si la niegas.
    Si la aceptas, molesta menos.

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