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Sálvese quien pueda

La mente, parafraseando a Romain Rolland, es un buen animal. No tenemos mejor aliada en nuestras correrías, salvo, quizá, el cuerpo, que es el que las ejecuta y el que apechuga con sus consecuencias. El cuerpo vive, la mente (que en definitiva es una parte del cuerpo que va por libre) se dedica a contar la historia del cuerpo y a prepararle las maletas. La mente es un excelente instrumento para hacer, y a veces hasta nos ayuda en el ser, no tanto en el sentir. Celebrémosla, amén. 


Pero toda herramienta requiere pericia, porque el mismo poder que nos es útil también puede, usado con torpeza, hacer los problemas peores y volverse contra nosotros. La mente tiene por costumbre irse de vez en cuando por los cerros de Úbeda, complicar lo sencillo, enrevesar lo simple, sobre todo cuando se le mete el miedo o enfrenta problemas insolubles. Aciertan los orientales al recomendarnos que nos entrenemos ya no en domeñarla, sino directamente en acallarla. 
Al fallar las fuerzas es cuando a la mente le toca ayudar o apartarse. Nada más insidioso, en momentos turbulentos, que tener que dedicar energía, y no poca, a calmar un pánico desmedido, el rezongar de los reproches o la rumiante letanía de los lamentos. Es como un niño que se pone a patalear en plena emergencia, cuando necesitamos concentrarnos en el mero sobrevivir. No es momento de disquisiciones o de conflictos imaginarios. No es hora de entretenerse en chácharas: hay que ponerse a trabajar. Las viejas querellas, de momento, archivadas; ya volveremos a ellas cuando sobren las fuerzas. 

Así que, como aconsejaba Ignacio de Loyola, en tiempos de tribulación, mejor no hacer mudanza. Ni vuelcos precipitados, ni congojas autocompasivas, ni evocaciones melancólicas, ni sombras amenazantes. Respiremos hondo, plantémonos en nosotros mismos, invoquemos las viejas certezas como a esos amigos fieles, y más sensatos que nosotros, que siempre nos iluminan con la lucidez que nos falta. Esquivemos las tentaciones de la debilidad, que es un lujo que ahora no podemos permitirnos. No le demos la menor cancha a la condescendencia con nosotros mismos, porque hurgará en la impotencia y nos persuadirá de vararnos en ella. Agarrémonos a la escasa luz que quede y declarémosla cuartel general. Pongámonoslo fácil asumiendo sin rechistar lo difícil, mirando más allá, donde el tiempo lo erosiona todo. 
Sintamos el poder de cumplir con lo debido, desistiendo del heroísmo, pero apelando a la virtud, si tenemos fuerzas, o a la supervivencia, que al cabo es también virtud. Contemos con lo peor, pero solo para prevenirlo y comprobar que no era para tanto. Trabajemos duro: nada hay que no se cure trabajando. Ignoremos los espejos y encaminémonos hacia una lejanía que nos evada del delirio de Narciso. 

Los demás, en su sitio. Sin crueldad ni susceptibilidad, solo regresando cada cual a lo suyo, viviendo y dejando vivir. Es hora de evitar extremos y extremar la prudencia: apoyarse en quien merezca confianza y no contar con nadie más. A salvo de daño, pero no a la defensiva, sino desde una plaza de fuerza. La que quede, porque siempre queda alguna. La potencia, sobre todo, del afecto, porque es lo que más asienta y lo que más guarece. Cavilar, solo si no nos confunde más. 
No hace falta que aticemos mucho las ascuas del yo. Más bien conviene aposentarlo. El yo tiene por costumbre remover los armarios y dejar luego todo por en medio. Si trae buen día y sabe comportarse, abrámosle la puerta e invitémoslo a un café. Pero si viene impetuoso, armando bulla, que pase la noche al raso. Que descanse, mañana más. 

Comentarios

  1. Sí, para encontrar segura calma interior, es curioso que lo que conviene es salirse de uno mismo. Sacar la atención fuera de la mente.
    La "no dualidad", que promulga Sesha, mente y cuerpo son una sola cosa y todo está relacionado. Ahí coincide con Confucio. Bueno, algo así entiendo yo, lo cierto es que Sesha y sus enseñanzas, es algo complicado...Llevo años escuchándole y cada vez que lo hago, pienso cosas nuevas.

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    Respuestas
    1. Salirse de uno mismo, eso es. Pasamos demasiado tiempo regodeándonos en nuestras fijaciones, como el que mira una preciosa colección de baratijas, y en esto nos ponemos tan ridículos como el avaro de Molière, que no tenía ojos más que para su "cajita", mientras a su alrededor pasaban un montón de cosas importantes. Salir, salir a tomar el aire.

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