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Mellas del estrés

El capitalismo avanzado ha creado el estrés y nos ha mostrado sus males. Como dice Byung-Chul Han, “el individuo del rendimiento contemporáneo se violenta a sí mismo”, convertido en su propio y más cruel patrón. En la sociedad del rendimiento, la vida se convierte en una abigarrada carrera de obstáculos, que hay que sortear sin descanso ni reticencia, a un ritmo cada vez más frenético para poder encajarlos en unas jornadas que se resisten a durar más de veinticuatro horas. 


Hay algo inhumano en esa precipitación que no va a ninguna parte, ese trotar en círculo del asno persiguiendo la zanahoria. Y no solo porque resulte alienante en sí misma; no solo porque exija una creciente eficacia, en el sentido de volumen de producción. Hay otro rasgo que cosifica al sujeto tal vez más, imponiéndole los rasgos de la máquina: la progresiva aceleración del tiempo, la contracción del descanso, la abolición del ocio. El individuo del rendimiento no puede, no debe parar. Ese precepto de celeridad quiebra la armonía del cuerpo y del ánimo, hace que andemos “pasados de vueltas”. La mente se aturde, el cuerpo cruje. Somos carne de estrés. 

La sobrecarga no solo nos devasta: también suele sacar lo peor de nosotros, no porque sea mala en sí misma (a veces resulta estimulante), sino porque, como dicen los psicólogos, consume demasiados recursos. Uno de los más llamativos es la capacidad de autocontrol, que se ve rápidamente mermada por la ansiedad. Aunque en esto no somos iguales, todos respondemos mal a las situaciones de tensión, porque acaparan nuestra atención, nuestra energía y nuestra capacidad de procesamiento: recursos de los que, saturados, apenas disponemos cuando se presenta un nuevo problema. He ahí la gota que colma el vaso, el grano que causa el desmoronamiento de la estructura. Perdemos la paciencia, reventamos desmedidamente donde y como no deberíamos. 
La merma del autocontrol nos impide afrontar las trabas convenientemente, y en buena parte es porque reduce la capacidad de modular los impulsos. O sea, mina los filtros de la inteligencia y debilita la tarea moderadora de la prudencia. El resultado es que, además de sentirnos inseguros y zarandeados, nos equivocamos más y peor. Se incrementa la probabilidad de que tropecemos, y de que, al hacernos daño, se lo hagamos a otros. Es como si el estrés nos relegara a nuestra versión más rígida, impulsiva, enajenada. 

Lo sensato sería el difícil arte de no llegar hasta ahí. El mandato délfico no nos instaba a conocernos a nosotros mismos por mera curiosidad: nos conviene tener conciencia, ante todo, de nuestros puntos débiles, de las muescas por las que más fácilmente podemos derramarnos; nos conviene cuidarlos —cuidarnos de ellos— con especial esmero. Tenemos que salirles al paso con las herramientas en la mano, para cuando la debilidad ejecutiva los pueda convertir en un contratiempo. Como suele decirse, prever por dónde es probable que nos pille el toro, y tener listas las artes de urgencia para contenerlo y devolverlo al redil. Y hacerlo cuanto antes, adelantándonos a su estropicio: si es posible, en cuanto asome el hocico. Porque ya se sabe que, cuanto más se nos desmande, más costará apaciguarlo y reconducirlo. Las posibilidades de éxito, como dice el refrán, residen ante todo en la prevención. 
Conviene, entonces, no llegar al extremo, porque allí todo resultará más difícil y quizá sea tarde. Es como un precontrol del control, una unidad de emergencia presta a apoyar la voluntad maltrecha, un protocolo bien ejercitado que nos guíe por inercia cuando no tengamos tiempo de pensar. 

Comentarios

  1. El protocolo más eficaz que conozco cuando hay cúmulo de tareas, es la fila india. Debe ser así porque resulta acorde con la naturaleza de nuestro cerebro. Por mucho que nos empeñemos, no está diseñado para prestar atenciôn a más de una sola cosa a la vez.

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    Respuestas
    1. Supongo que te refieres a aquello de "Un tiempo para cada cosa y cada cosa a su tiempo". Totalmente de acuerdo. Uno de los rasgos disfuncionales de nuestra sociedad es que nos convierte en esclavos de la actividad (la sagrada producción), poniendo la vida a su servicio; todo tiene que estar hecho "para ayer", poniendo la urgencia de resultado por encima de nuestra salud y nuestro equilibrio. El problema es que, aunque seamos capaces de cambiar la actitud, la sociedad nos presiona a través de lo económico. Aún hay mucho por lo que luchar.

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  2. Así es, querido amigo. Toca adaptarse, e intentar crear nuestro rinconcito de tranquilidad.

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