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Rabias desdeñables

Ahí está la rabia, la vieja gruñona, la niña asustada, la bruja resentida, con su clamor de gritos y reclamos, perturbando la placidez de mis atardeceres, removiendo a manotazos el fondo de mis estanques, desmenuzando las fuerzas que reservo para la tarea de vivir.  Ahí está, y cumple su función de centinela, y sé que solo quiere defenderme y hacerme valer; pero emerge también de mis inseguridades y mis temores, es también un rebullir desesperado que lucha para preservar la infantil ilusión de omnipotencia. Es un dolor que encubre el dolor de la vergüenza. Y hoy no lo quiero, hoy prefiero mirar a la cara la verdad, que es amarga pero firme y reconfortante como el hogar paterno.  Ira, tú y yo hemos tenido ya unas cuantas citas, y pocas han acabado bien. Irrumpes con tu escándalo, quebrando a mazazos mi mansa lasitud, rasgándote las vestiduras como una plañidera y confabulando a los dioses para la guerra. No te quiero, rabia, no eres santo de mi devoción ni siquiera cuando aci...

La seriedad de la magia

Crecer consiste, en buena parte, en desprendernos de las ingenuidades mágicas de nuestra infancia. Opino, con escépticos como Richard Dawkins, que hay que tener el valor de abrir los ojos y sobre todo de mantenerlos abiertos, por difícil que resulte; y resistirse a la tentación de regresar a la magia y al animismo, como han hecho tantas personas a cambio de un cierto alivio para su angustia.  Sin embargo, por materialistas que nos mantengamos, por racionales y científicos que sean nuestros criterios de verdad, hay que tomar en serio las creencias. No para rendirnos a ellas, al contrario: para que no nos irrumpan por sorpresa, que no nos perturben en secreto desde sus moradas inconscientes.  No cabe duda de que una parte primitiva de nuestra mente funciona a través de las creencias. Una zona que probablemente sea más vasta y decisiva que el frágil envoltorio racional de nuestra corteza cerebral. En la primera infancia, sentimos y creemos antes de poder pensar. El sustrato de ...

La intolerancia no ama

Un profesor francés fue degollado brutalmente por comentar unas caricaturas irreverentes con ciertos símbolos religiosos. La intolerancia es una bestia atroz que siempre acecha.  ¿Qué es un fanático? Alguien que pone sus ideas o sus fantasías por encima de las personas. Sean del tipo que sean. Quizá se objete que hay muchas ideas que están, y deben estar, por encima de las personas: por ejemplo, la ley. De ningún modo: una ley justa no se sobrepone a las personas, sino que permanece a su servicio. Una ley justa satisface a la mayoría, protege a la minoría y no destruye cuando impone. Equilibrio arduo e inestable: por eso, un código es siempre algo inacabado y pendiente de cuestionamiento. Una ley, en el fondo, siempre se sabrá lastrada de una cierta injusticia. Todo lo contrario que los rígidos dogmatismos del fanático. Quizá por eso un pillo está más cerca de la inocencia que un puritano.  Todos tenemos verdades definitivas: el fanático cree las suyas absolutas. Pero no es es...

Convivir es interesante

Convivir es interesante (más interesante, desde luego, que no hacerlo), afirma Comte-Sponville. Creo que no se puede oponer ninguna objeción consistente a esa opinión.  Convivir resulta ameno, sorpresivo, sugerente. Lo imprevisible nos obliga a salir de nuestra fijación narcisista, y confrontarnos con la diferencia y la novedad. Al cuestionar las convicciones de lo que creíamos saber, nos instruye sobre los otros y sobre nosotros mismos. Nos da la oportunidad de tantear roles distintos a los habituales, de mostrarnos y expresarnos; es decir, literalmente, de existir, pues ante todo existimos entre los demás y con respecto a los demás.  ¿Por qué, entonces, si convivir tiene tantas ventajas, si ofrece el microcosmos preciso para nuestra vocación gregaria, por qué entonces se nos hace tan trabajoso y nos causa tantos desvelos que a veces preferimos eludirlo? Porque nadie dijo que lo bueno tuviera que ser fácil. Porque la convivencia siempre la vivimos en forma de interacción, e...

No está en nuestras manos

Tenía razón Buda al señalar el apego como origen último de todo sufrimiento mental. Traducimos los deseos en expectativas y anhelos, y entonces nos aferramos a ellos, empeñamos en su realización nuestro bienestar. Tal vez en el fondo sepamos que no es cierto, tal vez solo se trate de una ilusión, pero así se asienta nuestra convicción.  Y de esa manera nos abocamos al padecimiento. Sufrimos de antemano (porque esperamos con temor de no obtener, porque insistimos obsesivamente, porque centramos todo nuestro esfuerzo en persecuciones a menudo quiméricas); sufrimos mientras poseemos, en lugar de disfrutar (porque nos angustia el temor a la pérdida, porque nos decepciona que las cosas no sean como esperábamos) y sufrimos cuando las cosas se acaban (porque no nos basta haberlas disfrutado, nos obcecamos en su duración; o bien porque nos dejan exhaustos, después de la tristeza y la lucha). Y, en los tres casos, nos sentimos responsables del triunfo o el fracaso: responsables de consegu...

Esquiva belleza

La belleza es el amanecer de la alegría, el anuncio y la huella del gozo. Se le ha consagrado como diosa con razón, pues tiene una esencia de misterio que escapa a nuestra voluntad y que, además, inspira reverencia. Ante la belleza quedamos atrapados y rendidos, instados, como dice Schopenhauer, a «comportarnos igual que con un rey: colocarnos delante y aguardar a que nos diga algo».  La belleza se impone envolviéndonos con su poder de atracción. Valedora del placer, emplaza a nuestras motivaciones, inspira un movimiento de aproximación y de apropiación. Lo bello nos inspira alegría, frescura, armonía con el mundo. Lo bello consuela e ilumina, es un deleite que evoca otros deleites, una dulzura que anuncia, que se apresta. Queremos que lo bello sea nuestro, porque nos gustaría seguir maravillándonos en su presencia indefinidamente.  Es también una llamada, una convocatoria a la vida. Es ese encanto necesario del que hablaba Oscar Wilde. La belleza nos embarga, y en este sent...

Atisbo de la eternidad

«Y la nostalgia del instante de eternidad nos acompaña siempre», glosa con sugestiva imagen el sociólogo Francesco Alberoni acerca del enamoramiento. Habría que precisar: el enamoramiento de los desheredados, el que nos encandila pero no nos elige. El enamoramiento que nos consagra perdedores, y de ahí la nostalgia. «Haz que vuelva su rostro quien no quiso mirarme», canta Serrat.  ¿Y dónde está la puerta por la cual ingresamos en la eternidad? El novelista Milan Kundera nos lo expresó en una de sus frases más memorables: «El amor puede surgir con la primera metáfora». El destello de eternidad acontece cuando la realidad —tan plana, tan prosaica, tan literal— se inviste de simbolismo y se pone al servicio de lo poético. Es entonces cuando viene a imponerse el sueño, trastocándolo todo, cambiando de lugar las cosas y los significados. Había un anhelo contenido y se abrió la espita.  El enamoramiento es una marea que rebosa, una flecha que se proyecta hacia el futuro. Se hacen ...