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Triunfos del parásito

El parásito, en lugar de adquirir el sustento por sí mismo, se apropia del de otro individuo, al que se adhiere como una sombra, lo mismo que un inquilino gorrón. El fenómeno del parasitismo resulta fascinante: se diría que el parásito existe solo hasta cierto punto, o, mejor, que existe como parte de otro. Lo que pierde como entidad lo gana en prosperidad.  Bien mirado, desde la perspectiva de un biólogo, hay que reconocer que en el contexto de la naturaleza tampoco resulta un recurso tan sorprendente: tiene mucha similitud con la depredación, solo que sin ataque y sin sangre, con un estilo basado en la discreción y la persistencia; una depredación a fuego lento que, la mayoría de las veces, no mata al anfitrión, solo le debilita. El inquilino gorrón tampoco suele llevarnos a la ruina, sino que se limita a colonizar nuestro espacio y aligerar nuestro bolsillo. El anfitrión así exprimido dura más que la víctima aniquilada, lo cual es una ventaja para el parsimonioso parásito, que...

La insoportable persistencia de la infancia

Es una idea bastante asentada entre los psicólogos que, a partir de una cierta edad temprana —demasiado temprana—, uno ya ha decidido quién es y qué hará en la vida. Como diría Eric Berne, uno ya ha escrito su guion.  Si eso es cierto, la existencia humana se reduce a un despliegue más o menos exitoso de un argumento esbozado mientras éramos unos enanos en manos de gigantes. Dicho de otro modo: la vida es la niñez y el resto es territorio conquistado. Pura redundancia.  Esta tesis fatalista resulta descorazonadora: los primeros años se convierten, así, en una condena, pero al mismo tiempo, como avisó Sartre, sirven peligrosamente de coartada. Al partir con la libertad mermada, el individuo queda exento de responsabilidad. Hay que resistirse a ese determinismo que nos reduce a meros autómatas programados al salir de fábrica.  ¿Qué pasa con los esfuerzos por redirigir lo establecido, por salirse del guion e inventar algo nuevo? ¿Qué pasa con Prometeo, con Sísifo, con Ulis...

Carne de tribu

La soledad nos duele porque estamos hechos para la tribu. Es la condición que nos grabaron a fuego milenios de supervivencia en grupo. Nuestra esencia gregaria teme y ansía las proximidades. Nuestra piel anhela la huella del contacto, nuestros ojos no ven nada hasta que se cruzan con otra mirada.  Tal vez los otros sean un infierno, como declaraba Sartre, pero en cualquier caso son un infierno necesario, el abismo ineludible sobre el que se tienden los puentes de la vida. La presencia del otro, ciertamente, interrumpe el idilio perfecto de nuestro narcisismo, pero esa intromisión nos salva de anegarnos en él. Nos obliga a ser-para-los-otros, sí, pero, ¿acaso tenemos alguna otra manera soportable de ser?  Dicen, con aire trágico, que nacemos y morimos solos, y no es cierto. Nuestras madres nos acompañan con un dolor que se traducirá en amor, y casi siempre hay alguien más con ella para recibirnos. Y en la muerte, por recóndita que nos llegue, también nos vienen a buscar, segu...

Crueldad

El deseo y el temor nos urgen, y a veces hacemos daño. La moral resultaría fútil para un amor perfecto; si hace falta es porque la bondad escasea y es difícil.  Sin ánimo de justificar nada, quizá resulte que vivir conlleva perjudicar a veces. Nada de esto parece sorprendente. Sin embargo, en determinadas ocasiones, la voluntad de causar sufrimiento va más allá; el daño no solo es deliberado, sino además alevoso, insistente, mórbido. Ese empeño es lo que lo convierte en crueldad.  La desmesura del comportamiento cruel plantea muchas perplejidades. La primera, la que nos concierne de lleno, tiene que ver con nuestra contrariedad de víctimas: ¿por qué nos han tratado cruelmente? ¿Habremos suscitado de algún modo la fiereza? ¿Qué podríamos haber hecho para disuadir o apaciguar a nuestro verdugo? Cuando presenciamos la crueldad desde lejos, nos invade el asombro. ¿Qué impulsa a una persona a comportarse así, ensañándose en el dolor ajeno? Sabemos que buena parte de la agresivid...

Contención

La civilización empieza en el control consciente de los propios impulsos, primera condición para ejercer esa soberanía de uno mismo que llamamos voluntad.  Muchos animales se contienen, pero suponemos que en ellos el autocontrol es un instinto más, regulando otros instintos. En nuestro caso, el automatismo no basta. Nuestra conducta se rige por metas y se guía por planes; tenemos preferencias y deseos; nos regimos por acuerdos y por normas; nuestras relaciones se basan en el intercambio y el poder. Todo ello requiere una dirección interna, y por eso hemos tenido que desdoblarnos por dentro, desarrollando un núcleo ejecutivo que ejerza un cierto gobierno sobre los comportamientos, decretándolos y limitándolos.  Muchos han querido disociar a esa instancia del conjunto del cuerpo, y así se inventó el fantasma del alma. Pero no hace ninguna falta aludir a trascendencias platónicas ni a dualismos cartesianos. Ya no necesitamos de la metafísica para describir los procesos de la p...

No rendirse todavía

Razones para el pesimismo nunca faltan. Tampoco para un cierto optimismo (al fin y al cabo, queremos vivir), pero estas siempre nos parecen más frágiles, menos convincentes, como los matojos que pueden ser arrasados por el envite de una sola riada.  Lo bueno siempre parece volátil, alzado fatigosamente a contrapelo del mundo, mientras que lo malo se impone en un momento, lo malo es lo que queda invariablemente tras lo bueno, y por eso aguarda sin prisa en sus rincones. Por eso nos parece más real, más consistente. Es como si hubiese un sustrato de desgracia que acabará por emerger, más tarde o más temprano, en cuanto algo erosione la fina membrana de lo feliz. Como si lo bueno fuese la excepción, un lujo, una rareza que hubiese que remontar con sangre y sudor por la pendiente de Sísifo, para ver cómo luego, en cuanto flaquean las fuerzas o aflojamos por un instante, se nos escapa rodando cuesta abajo, y se hunde al fondo en un momento.  El pesimismo ostenta la razón incólum...

Arrogancia

Cuando uno es joven hace muchas cosas bellas y estúpidas (envejecer es seguir haciendo cosas estúpidas, pero cada vez menos bellas). Hoy recordaba cuando un grupo de amigos fuimos a casa de otro en un pueblecito cercano a Teruel. Eran las fiestas del Ángel en la capital, y nuestro anfitrión nos acercó en su coche.  Gentío, alcohol, risas y la sensación de ser dueños del mundo. Mis compañeros me dejaron charlando con una guapa muchacha que nos presentó mi amigo, y se me fue el santo al cielo de la hora a la que habíamos quedado en el Torico para volver a su casa. Cuando la ninfa me despachó y me dirigí al punto de encuentro, ya se habían marchado; según supe después, mi amigo creyó que había decidido quedarme con la moza. Así que vi amanecer sin cobijo y sin gloria, y aún tuve que esperar tirado algunas horas, a que mi amigo durmiera la mona y se le ocurriera venir a buscarme. En aquel tiempo no había teléfonos móviles.  Ya de mañana, mientras rumiaba el fastidio, paró un co...