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Carne de tribu

La soledad nos duele porque estamos hechos para la tribu. Es la condición que nos grabaron a fuego milenios de supervivencia en grupo. Nuestra esencia gregaria teme y ansía las proximidades. Nuestra piel anhela la huella del contacto, nuestros ojos no ven nada hasta que se cruzan con otra mirada. 


Tal vez los otros sean un infierno, como declaraba Sartre, pero en cualquier caso son un infierno necesario, el abismo ineludible sobre el que se tienden los puentes de la vida. La presencia del otro, ciertamente, interrumpe el idilio perfecto de nuestro narcisismo, pero esa intromisión nos salva de anegarnos en él. Nos obliga a ser-para-los-otros, sí, pero, ¿acaso tenemos alguna otra manera soportable de ser? 

Dicen, con aire trágico, que nacemos y morimos solos, y no es cierto. Nuestras madres nos acompañan con un dolor que se traducirá en amor, y casi siempre hay alguien más con ella para recibirnos. Y en la muerte, por recóndita que nos llegue, también nos vienen a buscar, seguramente, nuestros amantes y nuestros antepasados. Nunca, nunca estamos completamente solos: siempre hay una sombra emergiendo de la devoción, de la nostalgia, del agravio, del arrepentimiento. 
Lo que nos sobra en los demás es el reverso de lo que nos falta en nuestro interior. Hasta los más solitarios necesitamos encuentros, siquiera ocasionales, siquiera mediados por el teléfono o la palabra escrita; encuentros que nos hagan ser vistos y reconocidos, y buscados por otro. Encuentros, al menos, imaginarios, concebidos por la añoranza o el resentimiento, el temor o el deseo. Confluencias que, como balizas, esbozan una geografía reconocible en el monótono océano de la ausencia; nos urgen a mirarnos en su espejo y vislumbrar atisbos de identidad; a medirnos en los contrastes de la rivalidad y reconfortarnos en el consuelo del amor. Solo el contraste del otro perfila nuestra existencia, le confiere sentidos y emociones, que son los testimonios de la vida. 

La soledad nos duele porque pesa con las cadenas de nosotros mismos. Por eso buscamos desesperadamente maneras de volcarla hacia fuera: para que no nos inunde con el estéril tedio de lo propio. Hace falta que alguien escuche para aligerar los fardos de la mente, las viejas angustias que arrastramos desde los manantiales de la memoria. 
Solo en la interacción el ser cobra consistencia. Quien no tiene con quién hablar, a quién amar, contra quién luchar, se apresura a inventar sombras que llenen simbólicamente ese vacío. Únicamente ante el otro, aunque sea imaginario, tenemos algo interesante que hacer; porque solo la alteridad abre las puertas a lo inesperado. Necesitamos el misterio de lo desconocido, lo incierto, lo que escapa a nuestro control: para temerlo, para explorarlo, para convertirlo en aventura. 

No en vano el castigo social por antonomasia es el aislamiento. El ostracismo y el exilio bloquean el cordón umbilical que une a la colectividad. El prisionero en su celda no tiene más compañía que los espectros de sus recuerdos: por eso languidece como una planta sin riego. El robinsón de la película Náufrago crea su célebre Wilson, un balón de béisbol al que le pinta una cara; esa ilusión de presencia lo salva de la locura. Hay quien inventa espíritus o dioses y dialoga con viejas sombras; se escribe, se canta, se reza: la cuestión es eludir el silencio. Los niños, esos náufragos de la primera edad, proyectan la amistad sumisa de sus muñecos, y conjuran con eso el desamparo. La cultura entera es un sofisticado edificio de refugios simbólicos contra la soledad. Los locos hablan solos porque son náufragos de la tribu. 

Comentarios

  1. Genial artículo amigo mío.
    Me vienen a la mente varias asociaciones más. Por ejemplo, el hecho de que los tratamientos contra la adicción se basan en la convivencia con otras personas, pues la adicción te arrastra siempre al aislamiento (del latín "a-dicto", "no dice"). Y de qué manera verte reflejado en otras personas puede ayudarte a crecer.
    Lss mascotas son otro buen ejemplo en ese sentido .

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  2. Esa definición de "a-dicto" es de tipo psicoanalítico, no gramatical.

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