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Partidarios de la alegría

La mayoría de la gente, aunque no se lo confiese ni apenas a sí misma, no quiere una vida fácil o plácida, sino una vida apasionada. La pasión es lo que nos hace sentirnos vivos, y de ahí que tenga mucha razón el refrán popular que afirma que, cuando no tenemos problemas, nos los buscamos: solo los desafíos y las pruebas nos sacan del marasmo, hinchan nuestras velas y hacen que sintamos en la cara los ventarrones de la existencia. Tienen además la virtud de hacer que pensemos menos en nosotros mismos, que tengamos menos tiempo para compadecernos o darles vueltas a nuestras miserias, y menos fuerzas para aferrarnos a nuestras manías: son, pues, heraldos del sueño amable y el buen humor, esto es, de la alegría.      Los tres grandes profetas de la alegría son Epicuro, Spinoza y Nietzsche. En ninguno de ellos hay coartada para la tristeza. Los tres son, además, aliados de la fuerza, anfitriones del apuro y adalides de la pasión. Cada uno a su estilo. Los tres confían en la v...

Alguien pregunta si soy feliz

Una señora que no conozco, al devolverle a mi madre algunos escritos míos que le había prestado, no escatima elogios, pero al final le apostilla : “Pero, tu hijo, ¿es feliz?” La pregunta, sobrecogedora y colosal, me deja impactado cuando mi madre me lo cuenta. ¿Qué impresión general se habrá llevado esa señora después de leer mis escritos? ¿Qué estaré comunicando, sin apenas darme cuenta, para que alguien indague sobre mi felicidad, tal vez con un punto de inquietud? Preguntarle a alguien si es feliz es tan excesivo que casi ofende. Más que una pregunta es un golpe bajo, una carga de profundidad. Un laberinto en el que uno se pierde irremisiblemente, como plantear si hay algo después de la muerte o si la vida tiene sentido. ¿Se puede responder con un sí o un no? De hecho, ¿se puede responder? Recuerdo que una vez, haciendo el servicio militar, en uno de esos experimentos que me da por hacer con la gente, inquirí repentinamente a un compañero de guardia cuál era para él el sentido de ...

La tarea del obstinado

Trabajar por lo que merece la pena es ahondar en nuestro propio valor; es adentrarnos en el camino que nos lleva a nosotros mismos; es ganar en dignidad y en sentido. Trabajar por lo que merece la pena es un acto de amor: a la vida, a la humanidad, a nuestros cercanos, a nosotros mismos. Al trabajar con pasión estamos conquistando mérito para el patrimonio común, ganando altura para todos, oponiéndonos a la mera facticidad, que tira de nosotros hacia el fondo. Al trabajar estamos afirmándonos como constructores, como creadores, como inventores, nos convertimos en presencia ― por más que efímera ― en la inmensidad ausente del universo frío. Nuestras creaciones sinceras prolongan nuestro ser más allá de nosotros. Se dirá que lo hacen hacia la nada, puesto que al final han de perderse. Pero es una nada que brilla, una nada que por un instante tuvo nuestro nombre. Como Sísifo, levantamos nuestra pesada piedra por la cuesta, aunque sepamos que al alcanzar la cima rodará ladera abajo. Mie...

Cuando no nos quieren

No hay remedio: por mucho que nos esforcemos, nunca ganaremos la simpatía de todos los que nos rodean. Para lograrlo, tendríamos que estar en otra órbita, fuera del barro del mundo. Tal vez sea el caso de los sabios o los santos. Para los que no somos ni lo uno ni lo otro, el barro es nuestra patria: pertenecemos a él, vivimos en él, morimos en él. Si no hemos logrado amar a todo el mundo, ¿cómo vamos a pretender que todo el mundo nos ame? En la aspiración a la simpatía universal quedan rescoldos de la hoguera original en la que nos cocimos: el sueño de la omnipotencia, la convicción de ser el centro del mundo. El niño es ― tiene que ser ― radicalmente egocéntrico. La madurez, si es que existe, reside ante todo en la r evolución copernicana que nos expulsa del centro del universo, y relega nuestro hogar a un mero arrabal, en el brazo de una galaxia espiral perdida entre otras incontables galaxias. Crecer, curiosamente, no es hacerse más grande, sino asumir la conciencia de la propi...

Lo arduo de la libertad

Vivir es un viaje abigarrado y difícil. La vida levanta la materia en un salto improbable que se opone a todo: a la pacífica gravedad mineral, a la escasez y al exceso, al desgaste del tiempo, al aumento universal del desorden… Los astrónomos buscan planetas habitables, y solo esa tarea ya es exquisitamente ardua: las estrellas, los planetas, las temperaturas, los gases, todo tiene que haber llegado a un raro equilibrio. Y ni aun las condiciones propicias hacen probable la vida: aún falta la concurrencia de incontables azares, su confluencia en un punto donde el acontecer contra corriente se haga milagro. “Lo raro es vivir”, escribe Carmen Martín Gaite. La vida es una excepción fruto de mil excepciones, y a cada minuto una legión de fuerzas atentan contra tanta complejidad, reclamándole el regreso a la sencillez. ¿Y hay algo más simple que morir? Basta con esperar. Morir es el punto de llegada ineludible del salto de la vida, allá donde se vuelve a la horizontalidad y concluye el i...

La paz mental de Robinson Crusoe

En la clásica novela de Defoe, Robinson, después de diez días de enfermedad, desesperado, pide a Dios que se apiade de él. “No tenía conocimiento divino. Esa era la primera plegaria, si la puedo llamar así, que había hecho en muchos años”. El náufrago duerme durante dos días y al despertar se siente mejor y hasta puede comer algo. Bendice el alimento, toma una Biblia que había rescatado del barco encallado y lee al azar: “Llámame un día de infortunio y Yo te liberaré y tú Me glorificarás”. Robinson se siente mucho mejor. “Esa noche, antes de acostarme, hice lo que nunca antes en mi vida había hecho: me arrodillé y le recé a Dios”. A partir de ese día, Crusoe se impone leer un fragmento de la Biblia cada mañana y cada noche. Y concluye: “Mi situación comenzó a ser entonces, si bien no menos desgraciada en lo que respecta al modo de vida, sí mucho más llevadera para mi mente”. Aquí nos interesa ese vuelco que Robinson logra para su ánimo instaurando  ― o más bien redescubriendo ― ...

La presencia virtual

Tal vez esta vida ausente que llevamos, donde lo virtual le gana terreno a la realidad, no esté tan mal, en el fondo. Perdemos una dimensión, sí, pero ganamos otra. Quizá no estemos muy presentes en el lugar donde estamos, pero las fotos y los comentarios que colgamos sobre él construyen otro que se le parece. ¿No es eso, para bien o para mal, lo que hemos hecho siempre? Creamos nuestro propio mundo imaginario  ― construido con nuestras percepciones, nuestras impresiones, nuestras expectativas… ―  y nos desenvolvemos en él como si fuera real. En ese juego del “como si…” reside el sentido, que es completo en sí mismo, y nos queda más cerca que la siempre fragmentaria realidad. Muchas veces, cuando voy de excursión, me descubro a mí mismo contemplando, en lugar de los bosques, los riscos o las flores, estampas para fotos interesantes. ¿Me aíslo del paisaje, o más bien lo estoy recreando? La pasión fotográfica limita, sí, mi presencia en la naturaleza, la recorta por los límite...