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Partidarios de la alegría

La mayoría de la gente, aunque no se lo confiese ni apenas a sí misma, no quiere una vida fácil o plácida, sino una vida apasionada. La pasión es lo que nos hace sentirnos vivos, y de ahí que tenga mucha razón el refrán popular que afirma que, cuando no tenemos problemas, nos los buscamos: solo los desafíos y las pruebas nos sacan del marasmo, hinchan nuestras velas y hacen que sintamos en la cara los ventarrones de la existencia. Tienen además la virtud de hacer que pensemos menos en nosotros mismos, que tengamos menos tiempo para compadecernos o darles vueltas a nuestras miserias, y menos fuerzas para aferrarnos a nuestras manías: son, pues, heraldos del sueño amable y el buen humor, esto es, de la alegría.


    Los tres grandes profetas de la alegría son Epicuro, Spinoza y Nietzsche. En ninguno de ellos hay coartada para la tristeza. Los tres son, además, aliados de la fuerza, anfitriones del apuro y adalides de la pasión. Cada uno a su estilo. Los tres confían en la vida y la aman tal como viene, sin apelar para ello a entidades imaginarias ni subterfugios trascendentes. Y la aman tanto que, aunque prefieren el placer al dolor, no le hacen ascos al sufrimiento si es el precio que hay que pagar por la aventura humana. Son partidarios de un hombre libre, lúcido, valiente, que mire a la cara y lo afronte todo sin excusas. Los tres sufrieron (dolor, persecución, soledad, rechazo), y ninguno tuvo la tentación de renegar por ello de la alegría.

    Epicuro proclamó la dicha solar de una existencia sencilla, rodeada de amigos y entregada a la sabiduría. Aconsejaba la renuncia a los deseos fatuos, que casi siempre nos quitan más de lo que nos dan y nos abandonan en cuanto se cumplen, a cambio de un refugio seguro en placeres tan ínfimos como inmediatos: un trozo de queso, la carta de un viejo amigo, el goce del sol y de la tierra. Del pasado se queda con los gratos recuerdos de los que amamos, “dulce es el recuerdo del amigo muerto”; y del futuro no le inquietan ni la penuria, que solo afecta al codicioso, ni la muerte, puesto que cuando ella llegue nosotros ya no estaremos: “Debemos hacer la jornada siguiente mejor que la anterior, mientras estamos en camino y, una vez lleguemos al final, estar contentos igual que antes”.

    Spinoza es el desconcertante geómetra de una razón que esconde la pasión más candente, el amor más devoto a la dicha y la libertad humanas. Para él, la alegría era la propia potencia, ese afán de vivir y medrar que tienen todos los seres y que él llamó conatus: “Cuando el espíritu se concibe a sí mismo y su potencia para obrar, se alegra”. La base de la ética de Spinoza es, pues, favorecer las ocasiones para la fuerza, que despiertan alegría, y evitar las que nos debilitan en vano, causando tristeza. ¿Cuántos de nosotros sabemos ser tan fieles y tan coherentes con nosotros mismos?

    Y entre las agitaciones del Romanticismo y los cataclismos del siglo XX se alza la figura de Nietzsche, reclamando una nueva dignidad para el individuo, proclamando su emancipación de todas las evasivas que, con la excusa de darle consuelo, buscan someterlo e inmovilizarlo. El hombre liberado se alzará sobre la dignidad de su existencia bullente y perecedera y entonará el canto de su entusiasmo vital, mirándose al espejo sin vergüenza y con amor incondicional, y esperando la complicidad de sus hermanos. “Como una bendición llevo yo a los abismos mi clara afirmación”, sentencia, con un pathos tan desafiante que uno tiembla temiendo que sea una carga excesiva para la debilidad humana, como lo fue al final para la suya.

    Una vida casi siempre difícil, a menudo ingrata, pero llena de pasión y de sentido: gozarla así tiene su propia sabiduría.

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