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Alguien pregunta si soy feliz

Una señora que no conozco, al devolverle a mi madre algunos escritos míos que le había prestado, no escatima elogios, pero al final le apostilla: “Pero, tu hijo, ¿es feliz?” La pregunta, sobrecogedora y colosal, me deja impactado cuando mi madre me lo cuenta. ¿Qué impresión general se habrá llevado esa señora después de leer mis escritos? ¿Qué estaré comunicando, sin apenas darme cuenta, para que alguien indague sobre mi felicidad, tal vez con un punto de inquietud?


Preguntarle a alguien si es feliz es tan excesivo que casi ofende. Más que una pregunta es un golpe bajo, una carga de profundidad. Un laberinto en el que uno se pierde irremisiblemente, como plantear si hay algo después de la muerte o si la vida tiene sentido. ¿Se puede responder con un sí o un no? De hecho, ¿se puede responder? Recuerdo que una vez, haciendo el servicio militar, en uno de esos experimentos que me da por hacer con la gente, inquirí repentinamente a un compañero de guardia cuál era para él el sentido de la vida. Me miró con los ojos desencajados, como si estuviera loco, y creo que se limitó a soltar una imprecación. La pregunta era tan desmesurada e inoportuna que debió chirriarle como el derrape de un coche. Yo tengo a veces estas cosas, que hacen que la gente se plantee súbitamente mi integridad; son pequeñas pruebas, arriesgadas y entretenidas.
Tal vez a esa señora amiga de mi madre le gusten también los experimentos. O quizá se quedó sinceramente impactada por lo que le transmitían mis escritos. Esforzándome por ponerme en su lugar, he releído algunos, intentando detectar el perfume de fondo, y me ha parecido que sí dejan una cierta estela de melancolía. No me parecen trágicos en absoluto, en el sentido en que lo serían los de Unamuno; tampoco del crudo pesimismo que destila, por ejemplo, Cioran. Mi tono se parece más, salvando las distancias, al de los intimistas románticos: Rousseau, Rilke… Sí, en mis meditaciones hay congojas, porque la vida tiene vetas tristes y circunstancias sombrías, o al menos así es como yo la siento. No comparto el arrobamiento feroz de los apóstoles de la autoayuda, que invitan al rechazo de todo lo crepuscular, que prometen una vida de fiesta en fiesta. El dolor no solo existe, sino que nos reclama mirarlo a la cara. Vivir es difícil, y a menudo el viento sopla en contra, y hace frío.

Sin embargo, ni mi ánimo ni mis reflexiones se detienen ahí, y creo que solo una lectura superficial sacaría tal conclusión. Afrontar el malestar con lucidez y respeto es el imprescindible punto de partida para la serenidad, como sabían bien los epicúreos y los estoicos. Ninguna sabiduría emana de una mirada parcial: hay que empezar por abrir bien los ojos, también a nuestro propio corazón. Y el corazón no sería humano si no se estremeciese con las pérdidas y con los baches de la existencia. Si murió mi mejor amigo y sé que moriremos todos, es natural que al contemplar el mundo me sacuda el escalofrío de las ausencias. Si soñé con el cariño y me encontré dando tumbos por los crudos barrancos del desamor, ¿cómo no voy a contemplar con tristeza los campos arrasados?
Y, ¿quién se atreverá a juzgarme por asumir mis límites y por ponérselos a los asuntos con los que no acabo de arreglármelas? Habrá quien considere mis retiradas cobardía: no se lo negaré, pero, ¿no requiere también valor despedirse de lo que a uno le parece que ya no está a su alcance, o que, aun estándolo, exige el sacrificio de otras cosas no menos valiosas? La principal de ellas, el sosiego del ánimo: la misma que buscaban Buda, Epicuro, Séneca y Montaigne. Con qué facilidad nos ponemos apremiantes al requerir más osadía a los otros “Tienes que seguir adelante”, “No puedes darte por vencido”, “Sé fuerte”…, y, en cambio, cuando se trata de nuestras angustias, las acogemos mucho más comprensivos y complacientes. Vivir es negociar, y eso incluye cesiones y renuncias.
Otra cosa sería regodearse en la compasión por uno mismo. Respeto profundamente a quienes se adentran, casi siempre a su pesar, en las noches oscuras del alma. La depresión es a menudo una puerta que solo se abre hacia dentro. Yo he sentido el impulso desesperado de zarandear a personas que se sumían en tristezas morbosas, aparentemente sin razón, como las mariposas nocturnas que se lanzan a las hogueras por mucho que uno intente apartarlas. El tiempo me ha enseñado a respetar esos misteriosos vericuetos del espíritu que llegan a empujar hacia la autodestrucción. A veces incluso he creído llegar a comprenderlos. Pero eso no significa que me parezcan deseables, ni que considere que debamos estar de su parte. Si busco las claves del buen vivir, tengo claro que no son las que me lleven en esa dirección. El dolor es inevitable, pero no lo deseo, ni quiero basar mi vida en principios que no lo rechacen. Lo he dicho a menudo y lo seguiré diciendo: soy partidario de la alegría, en todas sus versiones, incluso las que en apariencia resultan superficiales o ridículas. A veces un chiste malo pone una mota de luz en la penumbra, y al forzar una carcajada acabamos riendo de verdad. Porque la alegría es, precisamente, asumir, con todo lo que dan la conciencia y la lucidez, cuánto de loco y absurdo tiene la vida.
Y creo, honestamente, que mis reflexiones no destilan menos sonrisas que melancolías, menos ilusión que decepción, menos entusiasmo que abatimiento. Lloro y lloraré y qué bien me hubiera hecho llorar más, pero confío en no dejar nunca de reír entre las lágrimas. Como Spinoza, recelo de las esperanzas, que nos emplazan en reinos imaginarios, y prefiero la verdad cruda y algo deslucida de los proyectos, que son trabajo en marcha para construir el futuro, aunque su resultado sea siempre incierto y acaben tantas veces en naufragio. Admito lo que jamás podré alcanzar, pero solo para centrarme en lo posible, siempre más modesto pero no por ello menos valioso.

Séneca recomendaba no atender a lo que no está a nuestro alcance: ni con el deseo ni con el rechazo, puesto que ambas cosas nos frustrarán. Supongo que no podemos evitar acariciar a veces deseos irrealizables, o rebelarnos en ocasiones contra las desventuras que nos reserva el mundo; el proyecto de los estoicos es brillante, pero tan exigente que a veces se nos antoja inhumano. Cuando Séneca escribe a una madre, Marcia, y le insta a que no pierda la compostura por la muerte de su hijo Metilio, puesto que la vida y la muerte no están en sus manos, uno se pone de repente a reivindicar el desconsuelo de esa mujer. Supongo que el maestro nos señalaba un camino por el que transitar, no un destino al que llegar. Montaigne lo comprendió, y, por más que tomaba a los estoicos como modelo, no tenía reparo en quejarse de los dolores de sus cólicos o en celebrar, como Epicuro, los pequeños placeres de la vida.
Así, modestas y comedidas, procuro yo que sean mis alegrías y mis tristezas. ¿Soy feliz? A mi manera, y según lo que tengo, y si miro en perspectiva lo vivido, lo logrado, lo perdido, creo que soy bastante feliz, si es que esa es la manera de decirlo. Una felicidad sin aspavientos ni fuegos artificiales, sin esas promesas desmesuradas que nos hacíamos en la adolescencia, cuando todo nos parecía posible solo con quererlo. Mi felicidad, como yo, ha envejecido; es como un perfume leve que flota en el aire o una melodía lejana al atardecer, que está hecha de detalles pequeños y modestas sorpresas, que se sostiene en la obstinación de la voluntad por afirmar la alegría. Mi felicidad no se toma a grandes tragos, sino con pequeños sorbos; pero en ellos puede paladearse el dulce poso de lo bueno de la vida. Al menos de lo que está a mi alcance. Y también, por supuesto, se notará en mi elixir más de un dejo de amargura: quien la niegue, o miente o es un iluso. La vida es (también) dura: proclamarlo con sencillez, aun temblando, es en cierto modo un gozo.
Mi felicidad, en fin, es tan pequeña, tan simplona, tan sinuosa, que ni siquiera me atrevería a considerarla un ejemplo, y desde luego no pretendería fundar con ella una doctrina; es probable que no le sirva a nadie más que a mí. Así que, conmovedora y conmovida señora, podríamos decir casi que sí, que soy razonablemente feliz. ¿Y usted?

El hombre se alegra cuando hace lo que le es propio. Marco Aurelio.

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