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Lo arduo de la libertad

Vivir es un viaje abigarrado y difícil. La vida levanta la materia en un salto improbable que se opone a todo: a la pacífica gravedad mineral, a la escasez y al exceso, al desgaste del tiempo, al aumento universal del desorden… Los astrónomos buscan planetas habitables, y solo esa tarea ya es exquisitamente ardua: las estrellas, los planetas, las temperaturas, los gases, todo tiene que haber llegado a un raro equilibrio. Y ni aun las condiciones propicias hacen probable la vida: aún falta la concurrencia de incontables azares, su confluencia en un punto donde el acontecer contra corriente se haga milagro. “Lo raro es vivir”, escribe Carmen Martín Gaite. La vida es una excepción fruto de mil excepciones, y a cada minuto una legión de fuerzas atentan contra tanta complejidad, reclamándole el regreso a la sencillez. ¿Y hay algo más simple que morir? Basta con esperar. Morir es el punto de llegada ineludible del salto de la vida, allá donde se vuelve a la horizontalidad y concluye el i...

La paz mental de Robinson Crusoe

En la clásica novela de Defoe, Robinson, después de diez días de enfermedad, desesperado, pide a Dios que se apiade de él. “No tenía conocimiento divino. Esa era la primera plegaria, si la puedo llamar así, que había hecho en muchos años”. El náufrago duerme durante dos días y al despertar se siente mejor y hasta puede comer algo. Bendice el alimento, toma una Biblia que había rescatado del barco encallado y lee al azar: “Llámame un día de infortunio y Yo te liberaré y tú Me glorificarás”. Robinson se siente mucho mejor. “Esa noche, antes de acostarme, hice lo que nunca antes en mi vida había hecho: me arrodillé y le recé a Dios”. A partir de ese día, Crusoe se impone leer un fragmento de la Biblia cada mañana y cada noche. Y concluye: “Mi situación comenzó a ser entonces, si bien no menos desgraciada en lo que respecta al modo de vida, sí mucho más llevadera para mi mente”. Aquí nos interesa ese vuelco que Robinson logra para su ánimo instaurando  ― o más bien redescubriendo ― ...

La presencia virtual

Tal vez esta vida ausente que llevamos, donde lo virtual le gana terreno a la realidad, no esté tan mal, en el fondo. Perdemos una dimensión, sí, pero ganamos otra. Quizá no estemos muy presentes en el lugar donde estamos, pero las fotos y los comentarios que colgamos sobre él construyen otro que se le parece. ¿No es eso, para bien o para mal, lo que hemos hecho siempre? Creamos nuestro propio mundo imaginario  ― construido con nuestras percepciones, nuestras impresiones, nuestras expectativas… ―  y nos desenvolvemos en él como si fuera real. En ese juego del “como si…” reside el sentido, que es completo en sí mismo, y nos queda más cerca que la siempre fragmentaria realidad. Muchas veces, cuando voy de excursión, me descubro a mí mismo contemplando, en lugar de los bosques, los riscos o las flores, estampas para fotos interesantes. ¿Me aíslo del paisaje, o más bien lo estoy recreando? La pasión fotográfica limita, sí, mi presencia en la naturaleza, la recorta por los límite...

Más allá del chismorreo

Recomiendan los sabios que, para una vida plácida y feliz, evitemos el chismorreo. Los budistas insisten especialmente en ello: hablar mal de los demás ensucia nuestro pensamiento, y alimenta los malos sentimientos. También contradice ese amor compasivo que debería inspirarnos el sufrimiento universal, y que nos transmite la fuerza de la empatía. Hablar mal solo ensancha distancias, y ahonda desencuentros. Mina nuestra dignidad y seguramente nos hace más malos. Pone en cuestión hasta qué punto somos merecedores de confianza; “el que chismorrea contigo de los defectos de los demás chismorrea con otros de los tuyos”. Todo eso es cierto. Sin embargo, ¿realmente podemos dejar de hacerlo? ¿No es verdad que a menudo los chismes nos ayudan a sobrellevar la frustración? ¿No son un modo de suavizar lo insoportables que a veces son capaces de hacérsenos nuestros semejantes? ¿Acaso no nos consuela frente una angustia o una rabia que sobrellevamos en silencio? Es más: ¿no sirve el cotilleo para...

Campanas que doblan por mí

Las grandes noticias tienen mucho de espectáculo y no menos de propaganda, y en la sociedad ultracapitalista los medios de comunicación son como la pared de la cueva platónica, donde se proyectan las sombras que mantienen hipnotizados a los ciudadanos de Matrix. Cuando uno se compra el diario varios días seguidos, tiene la sensación asfixiante de quedar atrapado en un extraño circo de despropósitos: las piruetas, tantas veces criminales, de quienes nos someten a su gobierno; las desgracias que sacuden a gentes tan lejanas que no parecen del todo reales; la economía y los deportes, tan parecidos en su permanente forcejeo de ganancias y pérdidas; los sucesos morbosos protagonizados por personas desquiciadas u oportunistas… A mí generalmente hojear los periódicos, más que aportarme, me vacía: de certidumbre, de lucidez, de sosiego… No digo que no sean necesarios, que no resulten útiles si se les encara con mirada selectiva y crítica, pero ¡qué exceso de acontecimientos, de palabras, de...

Me mezclo con la gente del mundo

Nuestra vida se escribe en una sucesión de encuentros con los otros. Por solitarios que seamos, más allá de ese encuentro no hay nada, porque solos no somos nada, o no podemos saber qué somos. Incluso en nuestra soledad dialogamos permanentemente con otros interiorizados: nuestros padres, nuestros amigos, las diversas facetas de nuestro Yo. Nuestra identidad es dialéctica, una polifonía a veces armónica como un coro y otras veces caótica y violenta como un tumulto. Por eso nos cuesta tanto conocernos a nosotros mismos ― cosa que, como instaba el O ráculo de Delfos, es nuestra principal tarea ― , y de hecho nunca dejamos de hacerlo. Somos multitud, y además una multitud contradictoria y cambiante. Quizá lo que llamamos la identidad, esa imagen con la que nos identificamos, no exista en absoluto, y consista en una pauta que le atribuimos a un proceso, y que solo nuestra mente construya como algo consistente. Así lo han percibido desde antiguo el budismo y otras filosofías orientales, ...

Tristeza

Uno siente la vida más difícil y más triste al asistir a esta demolición de la convivencia y la sensatez que ha desatado la soberbia nacionalista en mi país, obligándonos a vivir en una tensión sin tregua, a tambalearnos como quien da torpes pasos al borde de precipicios insondables, abrumado de temor y temblor. Con tajante escoplo y brutal maza han arremetido contra los muros de la patria mía, ciegos de no sé qué delirio que urdieron a fuerza de rencores y avaricias. Han quebrado sin piedad todos los diques de la cordura, y por las aguas cargadas de ruido y furia de su río revuelto bajan pedazos de tejados de lo que fueron casas donde se podía habitar, anaqueles desvencijados donde se guardaban fotos de familia, sueños y esperanzas compartidos, y retorcidos harapos de lo que un día fueron hermosos lienzos de esperanza. Lo han demolido todo sin miramiento, eso que era tuyo y mío y que se apropiaron con nocturnidad y alevosía, obcecados en convertirlo en ruinas antes que devolvérno...