Solemos considerar virtud a una cualidad buena, escasa y difícil. Las tres características vienen entrelazadas, y, hasta un cierto punto, cada una incluye a las otras. Lo bueno es escaso porque es difícil, ya lo decía Spinoza: «arduo, ciertamente, debe ser lo que tan raramente se encuentra». Y, aunque lo difícil no es necesariamente bueno, su carácter excepcional y el hecho de ser fruto del esfuerzo lo hacen merecedor, al menos, de una cierta admiración.
Pero, ¿qué es lo bueno, en definitiva? Para Spinoza, es lo que aumenta nuestra perfección, entendida como potencia para que florezca nuestro ser: «llamamos bueno o malo a lo que ayuda o estorba, esto es, aumenta o disminuye, favorece o reprime nuestra potencia de obrar». Spinoza sostenía sin reticencias una autorreferencia elemental: consideraba que la ética tiene que edificarse partiendo de lo que conviene a cada cual; lo que afecta a los demás es importante, pero ambiguo e inestable: a veces surge la confluencia, otras el conflicto. Él justificaba ese egocentrismo, frente a la compasión cristiana, considerando que cada individuo es parte del todo, y que ese todo es Dios, por lo que no hay mejor manera de honrar a Dios que siguiendo el instinto de preservarnos a nosotros mismos.
La tajante tesis de Spinoza representó un radical desafío a los dogmas de su tiempo —que el filósofo tuvo que pagar con ostracismo y persecución—, y no deja de estremecernos todavía; quizá porque intuimos en ella una verdad incómoda. Casi todas las propuestas morales reniegan de un egoísmo tajante. El budismo, tan lúcido y sutil, opta por proponer un sugerente modo de armonizar el interés propio con el ajeno, postulando que este forma parte de aquel: estamos hechos de tal manera que necesitamos de los demás (de su apoyo, de su aprecio, de su amor) para dar satisfacción a nuestros anhelos, empezando por la propia supervivencia. Los científicos proponen interesantes avales a esta tesis: un egoísmo a ultranza acabaría en la mutua destrucción, el individuo solo se realiza satisfactoriamente si sabe enhebrar su interés personal dentro de una red de conductas altruistas y basarse en el intercambio. Nuestra especie ha perdurado y se ha consolidado en esa matriz de sociabilidad esencial, tan volátil como intensa.
Pero volvamos a lo que nos conviene a cada cual, a esa idea de Spinoza de que lo bueno es lo que aumenta nuestra potencia individual, nuestra perseverancia en el ser, eso que llamó conatus. Las consecuencias de tal afirmación, que podría parecer obvia, no resultan siempre tan claras. ¿La valentía favorece siempre nuestra potencia de obrar? ¿La honradez? ¿La solidaridad? A veces, estas actitudes nos ponen en desventaja o directamente nos perjudican. Es más: sus diversas consecuencias suelen ser contradictorias.
Avancemos por algún sitio y discutamos cada una de las tres virtudes consagradas que hemos mencionado: valentía, honradez, solidaridad. Comportarse con coraje nos hace fuertes ante los enemigos, pero puede exponernos más al peligro, o debilitar unas defensas que tal vez necesitemos en otro momento; hay ocasiones en que una conducta de repliegue, una actitud poco «valiente», es el modo más sabio y realista para preservarnos. En cuanto a la honradez, mantenerla despertará la confianza hacia nosotros, pero en un contexto tramposo puede dar pie al abuso. Lo mismo sucede con ayudar a los demás: promueve su aprecio y predispone a que nos ofrezcan su ayuda, pero habrá quien se aproveche sin miramientos o simplemente lo ignore.
Al hilo de estos contrastes, lo menos que se impone es la prudencia. No se trata de eludir el compromiso: hay actitudes que merecen nuestra preferencia. Pero sería ingenuo que las encarásemos sin matices. Las virtudes, aplicadas con un rigor absoluto, se petrifican con la rigidez del dogmatismo. Entonces pueden provocar nuestro daño, y también el de los demás. Ni una cosa ni la otra son deseables, ni tampoco moralmente justas; o sea: ni una cosa ni otra son buenas. Bien está, pues, que las cultivemos, que las defendamos, que nos aleccionemos con ellas y en ellas instruyamos a nuestros hijos; pero tiene que haber algún criterio que las modere, o al menos que las flexibilice.
Sin entrar muy a fondo, me permitiré proponer dos criterios que serían buenos compañeros en el campo de batalla de la virtud. Ambos son de sentido común, y por eso solemos aplicarlos de un modo natural y pragmático, aunque sea sin darnos cuenta. El primero nos lo señaló Aristóteles hace más de dos mil años: equilibrio. En todo conviene encontrar el punto medio, el grado adecuado en función de las circunstancias. Hasta las virtudes deben atenerse a un límite para ser realmente virtudes. La valentía, fuera de contexto, sin tener en cuenta nuestra medida y la del peligro que nos amenaza, se convierte en temeridad. La honradez y la solidaridad no deberían ir más allá de nuestras fuerzas, ni desde luego convertirnos en víctimas. Son solo dos ejemplos.
Y esto nos lleva al segundo criterio, que nos llega desde la sabiduría más antigua y elemental: la equidad. Do ut des: dar y recibir. El encuentro humano se basa en el intercambio, y a los que no lo respetan ateniéndose a una cierta proporcionalidad habrá que retirarles nuestro don, o al menos ofrecérselo con cautela y reclamando el cumplimiento de la reciprocidad. En un sistema de intercambio justo todos dan y todos reciben, dentro de unos márgenes razonables; incluso cuando se da sin esperar, uno se lleva la satisfacción consigo mismo, uno planta la semilla de la benevolencia. Cuando esto se entiende, y se acepta profundamente más allá de los prejuicios, y se aplica, las cosas empiezan a ir mejor para todos, y la virtud, a pesar de su dificultad intrínseca, se convierte en un beneficio mutuo y por tanto un motivo de felicidad en común. Seguro que era lo que perseguía Spinoza: una ética realista e inteligente.

Comentarios
Publicar un comentario